Tres días más tarde y a dos mil quinientos kilómetros de distancia, una mujer de rostro dulce, mediana edad y aspecto anodino estaba sentada al sol, echando semillas a una bandada de loros azules y carmesíes que se pavoneaban a su alrededor en el césped. Se rio cuando dos de ellos se lanzaron por el mismo grano de maíz y, mientras graznaban el uno al otro, un tercer loro les arrebató la semilla de debajo del pico. Oyó pasos por el césped detrás de ella y, al segundo siguiente, los loros chillaron y echaron a volar en un torbellino de colores. Ella estaba sentada con el sol naciente a sus espaldas, por lo que su rostro estaba a la sombra, pero al girarse, el recién llegado vio un destello de irritación en sus grandes ojos oscuros, comprensible, pensó, ya que había echado a volar a sus pája

