Abby pasó dos días encerrada en esa habitación de hotel impersonal, con las cortinas corridas y la bandeja de room service intacta en la mesita. Lloraba hasta dormirse, se despertaba con los ojos hinchados y el pecho apretado. Pero al tercer día, mirando el saldo de su tarjeta en el celular, se dio cuenta de lo ridículo que era: gastar dinero que no le sobraba en un lugar donde no estaba viviendo, solo escondiéndose. Su casa seguía vacía, su padre seguía de viaje —afortunadamente—, y nadie la esperaba allí más que el silencio. Tomó un taxi esa misma tarde. La llave giró en la cerradura con un sonido familiar y triste. La casa la recibió como siempre: silenciosa, ordenada, con ese olor a madera pulida y lavanda que la empleada de confianza, Rosa, mantenía impecable. Rosa la vio entrar con

