El sol ya se estaba poniendo cuando decidieron volver. Evan recogió todo con calma: dobló la manta, guardó los restos del picnic en la canasta, y le tendió la camisa blanca de lino a Abby para que se la pusiera. Caminaron de regreso de la mano, en silencio la mayor parte del trayecto, pero un silencio cómodo, lleno de roces sutiles: sus dedos entrelazados, su pulgar acariciándole el dorso de la mano, un beso ocasional en la sien cuando pasaban por un tramo más sombrío del sendero. Llegaron a la casa principal justo cuando el cielo se teñía de naranja y rosa. Evan la besó en la puerta de la habitación, un beso lento y profundo. —Esta noche quiero que sea diferente —le dijo mirándola a los ojos—. Vístete. Tenemos una cita. Abby parpadeó, confundida. —¿Vestirme? Pero… no tengo ropa aquí.

