Capítulo 4. Suya

754 Palabras
El silencio tras la tormenta de sus cuerpos se sentía espeso en la oficina. Abby aún estaba sentada sobre el escritorio, con la respiración descontrolada y el corazón golpeándole en el pecho. Evan, en cambio, parecía en perfecto dominio de sí mismo. Se acomodó la camisa, abotonándola con calma, como si lo que acababa de ocurrir hubiera sido apenas una extensión natural de su jornada laboral. Alzando la mirada hacia ella, dejó que la tensión regresara con un simple gesto: —Dime, Abby… ¿tomas pastillas? —preguntó con voz ronca, como quien pide un dato administrativo, aunque la intención era otra. Ella parpadeó, todavía aturdida, las mejillas encendidas. —Y-yo… sí —tartamudeó, bajando la mirada. Evan asintió, satisfecho. —Perfecto. —Su sonrisa se curvó en un gesto peligroso—. Y sé que estás limpia, por los chequeos médicos anuales de la empresa. Yo también lo estoy. Las palabras la hicieron ruborizar aún más. No había resquicio de intimidad que no dominara, ningún detalle que escapara a su control. Él se acercó un paso, su sombra cubriéndola mientras ella trataba de recomponer su blusa arrugada. —Quiero que te mudes conmigo. El aire se le detuvo en los pulmones. Lo miró incrédula, como si no hubiera escuchado bien. —¿M-mudarme…? No puedo… —balbuceó, la voz temblorosa. Evan arqueó una ceja, ladeando la cabeza con sarcasmo. —¿No puedes? ¿Acaso alguien te espera en casa? —La pregunta fue una daga disfrazada de ironía. Ella sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Él lo sabía. Sabía todo. Su madre llevaba años muerta, su padre había huido con una amante, sus hermanos gemelos estudiaban en la universidad, y su novio… ese que juró amarla… la había dejado hacía poco, sin más explicación que el hecho de que ella no era suficiente para él. De hecho la había dejado cuando el estado de las cuentas de su padre se hizo público, lo que le dolía aún más, el pensar que él había estado con ella solo por su dinero. El dolor la golpeó con la fuerza de un recuerdo demasiado vivo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, que se resistían a caer. Evan alzó su mano y, con firmeza, la tomó de la barbilla obligándola a mirarlo. Su toque fue a la vez áspero y cuidadoso. —No quiero nada de eso —dijo con calma, como quien corta de raíz una objeción—. Vas a venir conmigo. Esta noche. Buscas lo que necesites, y avisas a los sirvientes que te vas a ausentar. Abby tragó saliva. La angustia se mezclaba con la confusión y… algo más. Algo que no quería reconocer, un cosquilleo ardiente en el estómago. —¿Por qué yo? —logró articular, casi en un susurro. Él entrecerró los ojos. —Eso no te incumbe. —Pero… —insistió con valentía temblorosa—. Podrías tener a cualquier chica. Yo… yo no soy como ellas. Soy gorda, fea… El silencio se hizo pesado de nuevo, hasta que la voz de Evan lo desgarró con furia contenida. —Te prohíbo —dijo, apretando con más fuerza su barbilla— que hables así de lo que me pertenece. Abby lo miró con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo. —¿L-lo que le pertenece? La sonrisa de Evan se torció, oscura y peligrosa. —Tú eres mía, Abby. Solo mía. Y con lo que me pertenece puedo hacer lo que quiera. —Su voz descendió hasta un gruñido cargado de deseo—. Y saberlo, saber que eres mía… me excita sobremanera. Eso es lo único que debes saber en este momento. Las lágrimas quedaron suspendidas en los ojos de Abby, atrapada entre la humillación y un calor inconfesable que le recorría las venas. Estaba perdida, envuelta en esa red invisible de poder, resentimiento y atracción que Evan tejía con cada palabra. —Está bien… —murmuró, vencida, sin mirarlo. Evan inclinó la cabeza, disfrutando del momento. —¿Está bien qué? Ella tragó saliva, obligada a encontrar las palabras que él esperaba. —Está bien, señor. Evan sonrió, satisfecho, y la soltó lentamente, como si acabara de marcar su victoria. —Así me gusta. —Sus dedos rozaron su mejilla antes de apartarse—. Prepara tus cosas, Abby. Esta noche te vienes conmigo. El silencio posterior fue ensordecedor. Abby bajó la mirada al suelo, sabiendo que, con esas dos palabras, había sellado un destino del que ya no habría vuelta atrás.
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