Verdades ocultas

1561 Palabras
Isabella abrió los ojos lentamente, sintiendo la suavidad de las sábanas y el aroma a jazmín que impregnaba la habitación. La luz del sol se filtraba por las grandes ventanas, creando un ambiente cálido y apacible. Al girar la cabeza, vio a Bianca de Luca, quien revisaba unos documentos sentada en un elegante sillón cercano. —Parece que al fin descansaste bien —comentó Bianca, dejando los papeles sobre una mesa de mármol y dirigiéndose hacia la cama con una sonrisa tranquila. Isabella asintió mientras intentaba incorporarse, pero Bianca la detuvo con suavidad. —Todavía necesitas reposo. No te esfuerces demasiado. —Gracias, Bianca —murmuró Isabella, con una mezcla de gratitud y timidez—. No sé qué habría hecho sin ti. Bianca se sentó a su lado, sus ojos reflejando una inesperada calidez. —Te estás recuperando rápido, y eso es lo único que importa. Aquí no tienes nada de qué preocuparte. Isabella se quedó en silencio por un momento, reflexionando. Luego levantó la vista hacia Bianca, con una sonrisa tenue. —Es curioso, pero no recuerdo la última vez que me sentí tan tranquila. Este lugar… tú… haces que sea más fácil olvidar todo lo que pasó. Bianca arqueó una ceja, intrigada, y luego le acarició el dorso de la mano. —Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, estás donde alguien realmente se preocupa por ti. Isabella sintió un nudo en la garganta, pero no respondió. Había algo en las palabras de Bianca que despertaba en su interior una mezcla de gratitud y vulnerabilidad que no podía describir. En el otro extremo de la ciudad, Alejandro Moretti se encontraba en su despacho, caminando de un lado a otro con un cigarro entre los dedos. La tensión en su rostro era evidente, pero se detuvo en seco cuando la puerta se abrió de golpe. —Supuse que terminarías apareciendo tarde o temprano —dijo Alejandro, sin molestarse en mirar hacia la entrada. Dante Moretti cruzó el umbral con la misma autoridad que había caracterizado su reinado al frente de las Serpientes. Sus ojos fríos y su postura imponente no dejaban lugar a dudas: su visita no era una cortesía. —¿En qué estabas pensando, Alejandro? —espetó Dante, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco. —Tendrás que ser más específico. No soy adivino —respondió Alejandro con una calma calculada, apagando el cigarro en el cenicero. Dante se acercó hasta quedar frente a su hijo, sus ojos como dagas. —Estoy hablando de los Dragones Negros entrando a nuestro territorio. Fue un error permitirles siquiera cruzar la frontera. ¿Acaso quieres que piensen que pueden caminar sobre nosotros sin consecuencias? —Tenía mis razones —replicó Alejandro, cruzándose de brazos, su expresión imperturbable. Dante dejó escapar una risa amarga. —¿Razones? ¿Desde cuándo necesitas justificarte con ellos? Esto es una guerra, hijo, y en la guerra no se negocia con debilidades. Cada decisión que tomas pone en juego el respeto que hemos construido. Alejandro tensó la mandíbula, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y cansancio. —Ya he lidiado con ellos. No necesitas venir aquí a decirme cómo manejarlo. —¿Lidiado? —Dante dio un paso más cerca, su voz baja pero cargada de autoridad—. No te equivoques, Alejandro. Esto no se trata solo de ellos, sino de nosotros. Las Serpientes no pueden permitirse dudas, y menos con su líder. Si dejas que te vean flaquear, todos querrán probar suerte. —No he flaqueado —respondió Alejandro, con un tono firme. Dante entornó los ojos, evaluando a su hijo. —¿No? Porque he escuchado rumores de que has estado entretenido con una mujer. Como si no pudieras conseguirte a todas las que quieras para llevártelas a la cama. Alejandro esbozó una sonrisa amarga y cruzó los brazos. —No es asunto tuyo. —Claro que lo es —dijo Dante, su voz cortante—. Tu obsesión por alguien que no vale la pena te hace débil, y las debilidades son el principio del fin. Alejandro sostuvo la mirada de su padre, con una furia contenida. —Ella no es una debilidad. Y si piensas que puedes venir aquí a cuestionarme como si todavía fueras el líder, estás equivocado. Dante sonrió con frialdad, pero en sus ojos había un destello peligroso. —Escúchame bien, Alejandro. No me desafíes, porque aunque tú seas el líder de las Serpientes, yo sigo siendo el pilar que mantiene todo esto en pie. Haz tu trabajo, o lo haré yo por ti. Sin más palabras, Dante dio media vuelta y salió del despacho, dejando a Alejandro con el eco de su amenaza resonando en el aire. Isabella había recuperado fuerzas después de semanas de reposo en la mansión De Luca. Aunque su cuerpo estaba más fuerte, su mente seguía plagada de preguntas. Sabía que había algo extraño en Bianca y sus hombres, pero no se atrevía a indagar demasiado. Ella solo quería mantenerse al margen de todo lo que tuviera que ver con la mafia, un mundo que le había quitado la paz desde niña. Esa tarde, mientras tomaba un libro en la biblioteca, escuchó pasos apresurados en el pasillo. Dejó el libro sobre la mesa y salió justo a tiempo para ver a Marco, el hombre de confianza de Bianca, murmurándole algo urgente al oído. Bianca asintió, con el rostro pétreo. Cuando Bianca notó su presencia, intentó suavizar su expresión. —Isabella, ven conmigo, querida. —¿Qué está pasando? —preguntó Isabella, mirando a Marco y a los otros hombres armados que comenzaban a moverse por la casa. —Nada de lo que debas preocuparte. Pero necesito que vengas conmigo. Bianca no dio tiempo para más preguntas. Con un gesto, le indicó a Marco que la escoltara hacia el sótano. Isabella trató de resistirse, pero Marco fue firme al conducirla hacia el ascensor oculto que conducía al búnker subterráneo. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Isabella alzó la voz: —¡Bianca, dime la verdad! ¡No soy una niña, merezco saber qué está pasando! Bianca la miró con seriedad, pero no respondió hasta que llegaron al búnker. Una vez dentro, activó los sistemas de seguridad y se sentó frente a su nieta. —Estás aquí porque no quiero que te pase nada. —¿Nada de qué? —Isabella cruzó los brazos, exigiendo respuestas—. Bianca, sé que esto tiene que ver con la mafia. No puedes seguir escondiéndomelo. Bianca respiró hondo. Sabía que no podía seguir evitando la verdad. —Isabella, hay una organización llamada los Cuervos Negros. Son una célula rival, despiadada y peligrosa. Están atacando nuestras posiciones. Isabella abrió los ojos con incredulidad. —¿Nuestras posiciones? ¿Qué significa eso? Bianca la miró fijamente, sus ojos reflejando años de secretos guardados. —Significa que soy la líder de una organización conocida como los Scorpiones de Plata. Isabella dio un paso atrás, como si las palabras la hubieran golpeado físicamente. —¡No! Esto no puede ser verdad. ¡Sabías que huía de todo esto! —Lo sé, y nunca quise que te involucraras, pero estás aquí ahora. Y los Cuervos están demasiado cerca. No podía correr el riesgo de que te encontraran. Isabella comenzó a caminar de un lado a otro, tratando de procesar lo que escuchaba. Finalmente, se detuvo y señaló a Bianca. —Tú sabías todo el tiempo que yo venía de una familia de mafiosos, ¿verdad? ¿Sabías que mi padre se acogió al programa de testigos protegidos? Bianca asintió lentamente. —Lo sabía. Porque tu madre era mi hija. El silencio llenó el búnker. Isabella sintió cómo el suelo parecía desaparecer bajo sus pies. —¿Qué…? ¿Qué dijiste? —Soy tu abuela, Isabella. Tu madre era mi hija. Ella me dejó cuando decidió alejarte de este mundo. Quería darte una vida normal. Isabella negó con la cabeza, las lágrimas llenándole los ojos. —No puede ser. Si eso es verdad, ¿por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué ahora? —Porque no podía arriesgarme a que me rechazaras. —Bianca se acercó lentamente, con una mezcla de dolor y arrepentimiento en su mirada—. Pero ahora los Cuervos saben que estás aquí. Y no dudarán en usarte para llegar a mí. Un golpe fuerte en la superficie de la mansión interrumpió el momento. Una explosión resonó en la distancia, haciendo vibrar las paredes del búnker. Marco irrumpió en la sala. —Signora, los Cuervos han llegado. Han atacado la entrada principal. Bianca se puso de pie, su rostro endurecido por la determinación. —Refuercen las defensas y asegúrense de que nadie entre al búnker. Isabella la observó con el corazón acelerado. —No pienso quedarme aquí mientras tú te arriesgas. —No tienes opción, Isabella. —Bianca la miró fijamente—. Si algo te pasa, nunca podré perdonármelo. Marco cerró la puerta tras de sí, dejando a ambas solas mientras el sonido del conflicto se intensificaba en la distancia. Isabella se dejó caer en una silla, tratando de controlar el temblor en sus manos. —Todo esto… es demasiado. Bianca se acercó y colocó una mano en su hombro. —Lo sé, querida. Pero haré todo lo necesario para protegerte. Incluso si eso significa enfrentar al mundo entero.
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