Alejandro entró a su despacho y levantó el teléfono con decisión.
—Quiero mi avión listo en una hora —ordenó con voz firme, mientras en su mente solo resonaba un nombre—. Nos vamos a Londres.
Al colgar, apretó los puños. Desde aquella noche, su mente había sido un torbellino constante. Ninguna otra mujer le había afectado así, ninguna le había dejado con esas ganas inexplicables de volver a tenerla entre sus brazos. Isabella era diferente, y estaba decidido a que ella le perteneciera, a toda costa.
Mientras tanto, en Londres, Isabella estaba en su pequeña sala, sentada en el borde del sofá, con la vista perdida. La noticia que le había dado el doctor aún la tenía en shock.
—Estoy embarazada… —murmuró, casi sin aliento.
Sentía que la vida entera se le venía encima. Sabía perfectamente quién era Alejandro y el peligro que él representaba. Si llegaba a enterarse de la existencia de ese bebé, la situación podría volverse un desastre.
—Si él llega a saberlo… —dijo en voz baja, con el miedo reflejado en sus ojos—. No solo me quitará a mi hijo… me destruirá.
Isabella sabía que su única opción era mantenerse oculta. Tendría que hacer todo lo posible para que Alejandro nunca descubriera la verdad, aunque en el fondo temía que esa tarea fuera casi imposible.
Isabella sabía que quedarse en Londres era una locura. Alejandro era poderoso y despiadado; si de verdad la estaba buscando, no tardaría en dar con ella. Aunque quería creer que esa noche entre ambos había sido solo una aventura pasajera para él, algo en su interior le decía que no era así. La conexión entre los dos había sido tan intensa, tan inesperada, que dudaba que él la hubiera olvidado con facilidad.
Suspiró profundamente y se levantó del sofá, decidida. Iba a hacer lo que mejor sabía: desaparecer. Ya lo había hecho antes gracias al programa de protección a testigos, y esta vez sería igual, pero más cuidadosa. No podía correr riesgos.
Con manos temblorosas, revisó los documentos que le habían dado en el programa: una nueva identidad y un boleto para salir de Londres hacia Roma, su nuevo refugio. Isabella empacó lo esencial, asegurándose de no dejar rastro.
Antes de salir, se permitió un último vistazo al pequeño departamento que había llamado hogar. Cerró los ojos un momento, intentando calmarse. Sabía que esta era la decisión correcta, pero la incertidumbre la abrumaba.
—No puedo quedarme —susurró para sí misma—. Si Alejandro me encuentra… no solo me quitará a mi hijo.
Con una última mirada de determinación, se ajustó el abrigo y salió rumbo al aeropuerto. Roma sería su nuevo escondite, y bajo su nueva identidad, esperaría que el tiempo y la distancia fueran suficientes para protegerla de aquel hombre que ahora parecía ser un peligro tan real como el amor imposible que había sentido por él.
Alejandro bajó del auto con paso decidido, sus ojos oscuros reflejaban una mezcla de ira y frustración. Apenas llegó al edificio donde vivía Isabella, se dirigió al portero.
—Quiero ver a la señorita Isabella Thompson —dijo, sin rodeos.
El portero lo miró con cautela, antes de responder con voz firme.
—Lo siento, señor, pero ella ya no vive aquí. Se fue hace apenas unas horas.
La noticia cayó como un balde de agua fría. Alejandro sintió cómo la furia se apoderaba de él, pero logró contenerse lo suficiente para sacar un fajo de billetes y mostrárselo al portero.
—Déjame entrar al departamento. Necesito revisarlo.
El hombre dudó por un momento, pero finalmente asintió y le permitió pasar. Alejandro subió rápidamente hasta el pequeño ático y comenzó a revisar cada rincón. No iba a dejar que ella desapareciera de su vida tan fácilmente.
Después de varios minutos buscando sin éxito, una pequeña imagen en el suelo llamó su atención. Se inclinó para recogerla, y su respiración se detuvo al comprender lo que estaba viendo: una ecografía.
La sorpresa lo paralizó por un instante, y de inmediato los recuerdos de aquella noche comenzaron a inundar su mente. Recordó la pasión desbordada, la conexión que ambos habían sentido, y cómo, en medio de esa intensidad, no habían usado protección. Un hijo… Podía ser suyo.
—¿Esto es lo que intentas ocultarme, Isabella? —murmuró, apretando los dientes mientras sostenía la ecografía con fuerza.
El hallazgo aumentó aún más su determinación. Ahora entendía por qué había huido: estaba intentando arrebatarle a su hijo. Eso no iba a permitirlo.
—Esto cambia todo —dijo con voz baja, pero llena de decisión—. Te encontraré, Isabella. A ti… y a nuestro hijo.
Isabella llegó a Roma al anochecer. Al bajar del taxi en un barrio desconocido y un tanto peligroso, comenzó a sentir el peso de su decisión. Miró a su alrededor con cautela, mientras cargaba la pequeña maleta con lo esencial que había podido traer.
Antes de dar unos cuantos pasos, unos hombres aparecieron de la nada, rodeándola rápidamente.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo uno de ellos con una sonrisa burlona.
—Déjenme pasar, no quiero problemas —respondió Isabella, manteniendo la voz firme, aunque el miedo le recorría el cuerpo.
Los tipos intercambiaron miradas y se acercaron aún más. Uno de ellos le arrebató la maleta, y cuando ella intentó resistirse, otro hombre la empujó, provocándole un fuerte dolor en el vientre.
Isabella cayó al suelo, sujetándose el abdomen y conteniendo las lágrimas mientras veía cómo los delincuentes escapaban con sus pertenencias
Con el poco aliento que le quedaba, comenzó a gritar. —¡Ayuda! ¡Por favor, alguien...! Sus palabras se perdieron en el silencio de la noche, hasta que un coche n***o, de vidrios oscuros, se detuvo de repente cerca de ella.
La puerta trasera se abrió, y una voz profunda y grave sonó desde el interior. —Entra. Rápido.
Isabella dudó por un momento, pero el dolor y la desesperación eran demasiado intensos. Con esfuerzo, se levantó y subió al coche, sin saber quién la estaba ayudando ni si estaba a salvo.
La puerta se cerró y el auto arrancó, dejando atrás la calle desierta. Sin embargo, mientras el coche se adentraba en la oscuridad de Roma, Isabella no podía quitarse de la mente una pregunta que le causaba un escalofrío: ¿en qué clase de peligro acababa de meterse?