El cursor parpadeaba sobre la última línea del informe como un latido agónico. Eran las siete de la mañana cuando Lena Velasco finalmente presiona la tecla de "Enviar". Había pasado la noche entera desenterrando fantasmas ptolemaicos, conectando las mediciones de Ian con las crónicas de Estrabón, construyendo un puente de palabras tan sólido que ni el burócrata más escéptico de El Cairo podría ignorar.
Con la satisfacción del deber cumplido, pero el cerebro funcionando en modo de reserva, se desplomó en la cama. No se quitó la ropa con la que había llegado del restaurante, ni se había hecho su rutina de “skin care”, dejó que el sueño la reclamara como un naufragio lento.
El Despertar del Abandono
Cuando Lena abrió los ojos, estiró su cuerpo, se incorporó con un gemido, sintiendo la rigidez en su cuello. Salió de la cama y fue al baño, al mirar su rostro en el espejo, hizo un gesto de desagrado, su rostro tenía el maquillaje de ayer. Lo limpió cuidadosamente, lavo sus dientes y tomó una ducha.
Se vistió y cuando termino de arreglarse buscó su móvil
Al revisar su teléfono, vio un mensaje de texto de Thorne enviado tres horas atrás.
"Lena, no quisimos despertarte después de llamar varias veces a tu puerta. Supongo que el informe te consumió. Nos vamos todos de recorrido por la Columna de Pompeyo y las Catacumbas de Kom el Shoqafa para matar el tiempo mientras esperamos noticias de El Cairo. Ian se ha quedado para resolver unos asuntos de su empresa en Granada; dijo que él te llevaría cuando despertaras. ¡Los esperamos!"
Lena dejó caer el teléfono sobre el colchón. Una punzada de ansiedad, antigua y afilada, le atravesó el pecho. En su matrimonio con Tom, ser "dejada atrás" era una forma sutil de castigo. Tom solía irse a eventos, cenas o viajes sin avisarle, dejándola con la sensación de que su presencia era opcional, un accesorio que se podía olvidar en un cajón. El hecho de que todo el equipo se hubiera marchado mientras ella dormía disparó sus mecanismos de defensa.
Bajó a la recepción. El vestíbulo estaba desierto de rostros conocidos. No había rastro de Mike, ni de Ian, ni de los buceadores ruidosos. Se sintió pequeña, una extraña en una ciudad milenaria que no hablaba su idioma.
—¿Se han ido todos? —preguntó al recepcionista, con la voz ligeramente quebrada.
—Sí, doctora. El grupo salió hace horas en dos furgonetas.
Lena asintió, sintiendo el nudo en la garganta. La soledad en una expedición de este calibre se sentía como un fracaso. Subió de nuevo al tercer piso, pero no fue a su habitación. Se detuvo frente a la de Ian. Necesitaba saber si él también la había abandonado, si el "asunto de Granada" era solo una excusa elegante para no lidiar con ella después de su encuentro s****l.
Tocó la puerta con los nudillos temblorosos. Toc, toc.
La Puerta del Deseo
Para su sorpresa, la puerta se abrió casi de inmediato. Ian estaba allí, pero no era el Ian profesional que ella esperaba. Estaba recién salido de la ducha. Ian solo llevaba una toalla blanca anudada a la cintura, peligrosamente baja. Su pecho estaba mojado, sobre el vello oscuro de su pecho había gotas de agua que se deslizaban por sus abdominales tensos hasta perderse bajo el algodón de la toalla.
Lena se quedó sin palabras, su mirada descendiendo involuntariamente por ese torso que ya conocía, pero que bajo la luz del día parecía aún más imponente.
—Vaya... —logró decir ella, aclarándose la garganta—. Pensé que te habías ido con los demás.
Ian la observó con esa mirada intensa y analítica. Sus hermosos ojos verdes brillaban — Le dije al grupo que te esperaría, Lena. No solo cumplo mis promesas bajo el agua.
Ballard me llamó hace un rato: la reunión en El Cairo se ha complicado. Estarán allí al menos tres días más.
Él dio un paso atrás, abriendo más la puerta. —Pasa. Me visto y nos vamos.
—No... yo, puedo esperarte en la recepción —dijo ella, retrocediendo un paso, sintiendo que la proximidad de su piel desnuda estaba socavando su determinación de mantenerse profesional.
Ian soltó una risa corta, desafiante. Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho mojado, lo que hizo que sus bíceps se marcaran con una fuerza brutal. —¿A qué le tienes miedo, doctora? Entra. No voy a morderte... a menos que tú me lo pidas.
El reto en sus ojos fue suficiente. Lena entró en la habitación y escuchó el clic del cierre tras ella. El ambiente olía a jabón de sándalo y a ese aroma cítrico, fresco, vibrante en la piel de Ian que tanto la perturbaba.
La Mesa de Granito: Un Encuentro Salvaje
Ian no se dirigió al armario para buscar ropa. Se quedó de pie, observándola mientras ella intentaba mirar las fotos de satélite sobre la mesa de trabajo que ocupaba el centro de la habitación. Era una mesa sólida, de madera oscura y pesada, llena de mapas y compases.
—El informe es excelente —dijo él, acercándose por detrás—. Lo leí antes de que Sarah se fuera. Tienes una mente brillante, Lena.
—Gracias —respondió ella, sintiendo el calor de su cuerpo a pocos centímetros de su espalda.
—Pero estás tensa —susurró él. Su mano, todavía húmeda, se posó en la curva de su cuello, apartando el cabello hacia un lado. Su pulgar acarició la base de su oreja—. Estás preocupada porque te dejaron atrás el equipo. Relájate…
—No es eso... —mintió ella, aunque su respiración se volvió errática. Quería voltearse y enfrentar a Ian cara a cara, pero el hombre se lo impidió.
—Es exactamente eso.
Ian se abalanzó sobre ella, atrapándola entre él y el borde de la mesa. No hubo preámbulos románticos. Ian acariciaba su espalda, sus caderas y sobre todo su trasero. Su instinto de poseerla regresó y no quería aprovechar lo sugerente que fue verla doblada sobre la mesa dándole la espalda.
—¡Mmm!... —Lena exclamó al sentir las manos del hombre sobre su espalda mientras apartaba los mapas con un brazo—. Ian, los planos...
—Que se jodan los planos —gruñó él, mientras presionaba el pecho contra la mesa.
—Mmm... —Ian soltó un sonido gutural mientras sus manos acariciaban el trasero de Lena, apretándola contra el borde de la mesa de madera.
Le quitó rápidamente lo que ella llevaba puesto e impedía ver aquel trasero. Empezó a darle nalgadas a Lena. La mujer sostenía las manos sobre la mesa, mientras aquel castigo humedece su genital.
—¿Te gusta Lena?...¿Te gusta que tu papi te someta?.
—¡Siii!...¡Me gusta!... ¡Ay que rico!...
Ian se deshizo de la toalla con un movimiento brusco, su polla estaba erecta y la movía de arriba hacia abajo entre el ano y la v****a de Lena. Humedece sus dedos con su saliva y los introduce en el genital de la mujer, haciendo movimientos rápidos dentro de su v****a. Hizo ese movimiento varias veces y luego la penetró. Puso sus manos sobre las caderas de la mujer y empezó a embestirla con fuerza.
—¡Aaah!...¡Aaah!...¡Aaah! —exclamó Lena ante la fuerza del hombre—. ¡Ian!
—Sss... cállate y siente —murmuró él, sujetándola por las caderas con una fuerza que dejaría marcas.
El ritmo fue frenético, casi animal. Thud, thud, thud. El sonido de la carne chocando contra la madera y sus cuerpos fundiéndose era el único ruido en la habitación, aparte de sus respiraciones entrecortadas.
—Ah... ah... ah... ah…ah…—los gemidos de Lena se volvieron rítmicos, sus manos aferrándose al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Sientes esto? —susurró Ian en su oído, su voz rompiéndose por el esfuerzo—. Esto es lo único real. Solo tú y yo aquí follando bien rico.
La intensidad aumentó. Ian la tomó por el cabello, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y elevar un poco el tronco de su cuerpo, así podía alcanzar sus senos y lamer el lóbulo de su oreja. Mantuvo esa posición por unos instantes para soltarla y ella descansar sobre la mesa nuevamente. Volvió a propiciar las suaves nalgadas que dejaban un hermoso color rosado en sus glúteos.
—¡Sí! ¡Así papi!...¡Dame más! —gritó Lena cuando sintió que el orgasmo empezaba a subir desde la base de su columna.
—Mmm... ¿Te gusta que papi te castigue?—preguntó Ian mientras aceleraba, llevándolos a ambos al borde del abismo.
—¡Si papi!...¡Aaah, aaah, aaah!—respondió una excitada Lena.
En un último esfuerzo, Ian la apretó contra la mesa y se entregó a ella con un espasmo violento que los dejó a ambos colapsados, jadeando sobre los mapas que ahora estaban arrugados bajo el peso de su deseo.
La Calma Tras la Tormenta
Pasaron varios minutos antes de que alguno de los dos se moviera. El silencio regresó a la habitación, pero ya no era un silencio de soledad, sino de agotamiento compartido. Ian se apartó lentamente, recuperando el aliento, y le ofreció la mano para ayudarla a incorporarse.
Lena se arregló la ropa con manos temblorosas, sintiendo todavía el eco de la vibración en su cuerpo. Se miró en el espejo de la habitación; su cabello era un desastre y sus labios estaban hinchados, pero la mirada de gárgola de piedra había desaparecido. Se sentía humana. Fue al baño a asearse un poco y arreglar el desastre que llevaba puesto.
Ian se puso unos pantalones vaqueros y una camisa de lino azul, recuperando en segundos su apariencia de líder de expedición.
—Tenemos tres días antes de que Ballard regrese —dijo él, abrochándose los botones sin mirarla, aunque había una suavidad inusual en sus movimientos—. Mi empresa en Granada puede esperar un par de horas más. No te voy a dejar aquí encerrada pensando tonterías.
Se acercó a ella y, por primera vez, le acarició la mejilla con un gesto que rozaba en ternura, aunque él nunca lo admitiría.
—Vámonos. Vamos a ver la Ciudadela de Qaitbay. Es impresionante, se construyó sobre las ruinas del Faro de Alejandría. Después podemos buscar al resto del equipo en los jardines de Shallalat. Seguramente Mike ya estará borracho de té y Thorne estará intentando ligar con alguna guía turística. Ni hablar del resto del equipo, casi todos están solos o tienen algún amor en un puerto.
Lena sonrió, sintiendo que el peso en su estómago se había disuelto por completo. —Me parece un plan excelente, señor Aslán.
—Y Lena... —él la detuvo antes de salir—. Ese informe que hiciste... es la razón por la que todavía tenemos un proyecto. No vuelvas a dudar de tu lugar aquí.
Salieron de la habitación juntos, manteniendo la distancia profesional mientras caminaban hacia el ascensor. Para cualquier observador casual, eran simplemente dos científicos preparándose para un recorrido cultural. Nadie sospecharía que sobre una mesa de madera oscura, entre mapas de sonar y textos antiguos, habían librado una batalla contra sus propios demonios y que, por un momento, habían encontrado la paz en el caos del otro.
Mientras el coche de Ian se alejaba del hotel, Lena miraba por la ventana. El tráfico de Alejandría era una danza de colores y ruidos. Ya no se sentía abandonada. Sabía que en algún lugar bajo el mar, Cleopatra esperaba ser encontrada, pero por ahora, el hallazgo más importante estaba sentado al volante, conduciendo a través del desierto hacia un destino que ninguno de los dos se atrevía aún a nombrar.