La Puerta Equivocada

726 Palabras
Faltaban veinte minutos para terminar mi turno de noche. Mis músculos ardían y mis manos, resecas por los productos químicos, solo querían meterse en los bolsillos de mi abrigo desgastado y desaparecer de Blackwood. Empujé el pesado carrito de la limpieza hacia el sótano del edificio de Humanidades, el lugar donde guardábamos los suministros. Era una zona vieja, un laberinto de piedra expuesta y tuberías ruidosas. Normalmente, el recorrido era automático: dejar el carro, fichar la salida y caminar rápido hacia mi residencia. Pero esa noche, cometí un error fatal. Al girar la última esquina, me di cuenta de que el pasillo estaba a oscuras. La bombilla parpadeante de siempre estaba fundida. Avancé a tientas, guiándome por la memoria, y empujé la pesada puerta de madera al final del corredor. Esperaba oler a lejía y a fregonas húmedas, pero en su lugar, me golpeó una ráfaga de aire acondicionado mezclado con el aroma de puros caros, sudor y un perfume tan exclusivo que casi mareaba. Ese no era el cuarto de la limpieza. Era la puerta equivocada. El pánico me apretó el pecho de inmediato. En Blackwood, ver algo que no debías podía costarte la expulsión, o cosas mucho peores. Mi primer instinto fue retroceder y huir, pero entonces escuché un gemido ahogado. Un sonido de puro terror. Me quedé paralizada. Mi respiración se volvió superficial. En lugar de correr, mi instinto de supervivencia me obligó a asomarme por la rendija que dejaba la puerta, buscando evaluar el peligro antes de moverme. Lo que vi me heló la sangre en las venas. No era una de las típicas fiestas de niños ricos divirtiéndose. Había bajado sin darme cuenta a un club clandestino subterráneo. La sala estaba tenuemente iluminada por luces rojas. Había sofás de terciopelo y, estratégicamente ocultas en las esquinas, pequeñas luces rojas parpadeantes: cámaras. Estaban grabando. En el centro de la sala, un hombre mayor y con sobrepeso estaba de rodillas en el suelo. Lo reconocí al instante. Era un alto cargo del gobierno que solía salir en las noticias de las ocho. Estaba temblando, con la camisa del traje desabrochada y el rostro pálido, cubierto de sudor. Frente a él, de pie, estaba la sombra que me había estado vigilando desde la galería superior horas antes. Silas. Si arriba, en los pasillos de mármol, parecía un intocable arrogante, aquí abajo era el puto diablo. Estaba orquestando todo. Su postura era relajada, con las manos en los bolsillos de su pantalón a medida, mientras miraba al político con una frialdad sádica que me revolvió el estómago. —Usted se ha divertido mucho esta noche, Senador —dijo Silas. Su voz era grave, calmada, desprovista de cualquier empatía—. Y nosotros nos hemos asegurado de capturar cada uno de sus vicios en alta definición. —Por favor... —rogó el hombre, con la voz rota—. Si eso sale a la luz, mi familia... mi carrera... destrozaréis el país entero. —Ese es exactamente el punto —respondió Silas, esbozando una sonrisa afilada que no llegó a sus ojos oscuros—. Ahora usted trabaja para "El Círculo". Hará exactamente lo que le digamos, cuando se lo digamos. Y a cambio, este pequeño y sucio secreto suyo permanecerá a salvo. Me tapé la boca con ambas manos para ahogar el jadeo que pugnaba por salir de mi garganta. Mi mente trabajaba a mil por hora. Esto era una red criminal gigantesca que chantajeaba a los hombres más poderosos. De repente, comprendí la magnitud de lo que tenía frente a mis ojos: poseían secretos capaces de hundir al país entero. Yo era solo una estudiante becada, una chica que limpiaba suelos para no morir de hambre. Acababa de presenciar lo impensable. Tenía que irme. Ya. Di un paso cauteloso hacia atrás. Pero mis botas de trabajo, mojadas por el agua de fregar, resbalaron ligeramente contra el suelo de piedra. Mi hombro golpeó el marco de la puerta, produciendo un golpe seco, apenas un murmullo, pero en aquella sala silenciosa y tensa, sonó como un disparo. El político se sobresaltó. Y Silas... Silas dejó de mirar al Senador. Su cabeza giró lentamente hacia la puerta entreabierta. Hacia la oscuridad donde yo estaba escondida. Nuestras miradas se cruzaron a través de la rendija. Sus ojos eran dos abismos de ónix, depredadores e implacables. Me había visto.
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