Elena sintió un cambio en el ambiente de la mansión apenas cruzó el umbral. No fue por causa de un sonido o alguna palabra, sino por una tensión invisible que se sentía en el aire, como si fuese la humedad antes de una tormenta. Charles la esperaba en el vestíbulo con el gesto rígido. —Señorita Reed, el señor McGrath está en su despacho. Quiere verla. —¿Adrian regresó? —preguntó alarmada. Se suponía que él no llegaría a casa sino hasta la noche. El mayordomo no respondió, solo hizo una venia y se marchó a la cocina. Elena respiró hondo y dejó en el suelo junto a la escalera la mochila con sus cosas adicionales que había buscado en su casa antes de avanzar por el corredor alfombrado. El despacho de Adrian tenía la puerta entreabierta, así que empujó la madera despacio para asomarse al

