Elena regresó el lunes a la mansión McGrath con el estómago tenso y la mente encendida. La llamada que recibió el día anterior seguía resonándole en la cabeza como un eco persistente. «Tu padre no quería vender, pero lo obligaron». Esa frase reconfiguró todo en su interior. Ya no era solo venganza lo que la impulsaba, sino una necesidad urgente por entender quién había movido los hilos para que esa venta se llevara a cabo y por qué. Apenas cruzó la puerta principal, los niños aparecieron. Leo fue el primero en recibirla. Soltó lo que tenía en las manos y corrió hacia ella sin pensar, abrazándola por la cintura. —¡Isabella! Pensé que no volverías. Elena se inclinó para corresponderle el abrazo. —Te dije que lo haría. Firmé un contrato con tu padre por un año. —Siempre dicen eso —mu

