UN MONSTRUO QUE QUERÍA DARLA POR LOCA

1608 Palabras
Pamela salió al exterior y encontró a su hermana sentada bajo la pérgola del jardín frontal. El sol se había ocultado tras unas nubes grises, y una brisa fresca corría entre los setos de rosas y agitaba las copas de los fresnos. Emily había escapado del comedor, presa de un llanto desconsolado, sin detenerse siquiera a coger su chal. A pesar del descenso de la temperatura y el temblor de sus hombros desnudos, su rostro tenía el mismo tono encendido de los capullos apenas abiertos. La imagen conmovió a Pamela. Emily era como uno de esos brotes nuevos, hermosa y delicada, pero a merced de las sacudidas del viento y de ser cortada antes de florecer. —Vas a resfriarte —le dijo Pamela mientras la cubría con su chal—. Por favor, ven conmigo adentro. Emily la miró con los ojos enrojecidos. —No puedes dejar que lo haga, te lo ruego, tienes que impedirlo —le dijo cogiéndole las manos. Pamela sintió una opresión en el pecho ante la fuerza de su súplica. Emily sabía que Trenton era un monstruo desde que este usó el pretexto de aquellas cartas falsas para romper su compromiso. Ella la había defendido, negando con fervor su autenticidad ante sus tíos, aunque no sirvió de nada, pues estos decidieron imponer sobre Pamela una férrea vigilancia y una indiferencia de hielo, con la vana esperanza de que la deshonra no transcendiera y solo la tocara a ella. Aun así, Emily parecía demasiado afectada. —Te prometo que tío Theodor no se saldrá con la suya. No debes tener miedo, ni a él, ni a Trenton —afirmó Pamela para alentarla a hablar. Emily, lejos de tranquilizarse, comenzó a llorar. —Oh, Pamela, tengo que confesarte algo, tienes que perdonarme… ¡Estaba tan asustada! Pamela se contagió de la angustia de su hermana, pero trató de conservar la calma. —No hay nada en el mundo que me importe más que tú. Cuéntamelo, sea lo que sea, quizá no es tan grave como crees… —¡Lo es! —clamó Emily—. ¡Lo vi todo! ¡Y ahora no soporto la sola idea de que pueda tocarme! —¿A qué te refieres? —preguntó Pamela con un nudo en la garganta, aunque ya sabía la respuesta. —Al día en que él vino de improviso. Cuando me sentí mejor de mi jaqueca, decidí bajar al salón, pero me quedé paralizada en las escaleras. Quise gritar, Pamela, ¡y ningún sonido salió de mi boca! —¿Cuánto tiempo permaneciste allí? —dijo esta con un hilo de voz. —El suficiente para saber que es un canalla y que no consiguió lo que pretendía. Entonces mis pies me obedecieron y salí tras él. Tuve que elegir entre quedarme a consolarte y abofetearlo, como él te había hecho. Pero cuando te vi arrodillada en el suelo, venció el odio que sentía en ese instante y no me detuve. Ese fue mi error, querida Pamela. Si hubiese puesto en primer lugar tus sentimientos, él no habría podido vengarse de ti como lo ha hecho. ¿Podrás perdonarme, por favor? Pamela acarició su mejilla húmeda. —William es el único responsable de lo que ocurrió, y nada de lo que tú hicieras podía influir en su venganza —le aseguró. —Sí que lo hice —se lamentó la muchacha—, lo amenacé con denunciarlo a la justicia, y entonces él se inventó la existencia de aquellas infames cartas. ¡Todo ha sido culpa mía! —Has llevado una carga muy pesada, querida Emily —dijo Pamela—. Me guardé mi secreto para ahorrarte un sufrimiento gratuito, y ahora me duele el corazón al comprobar que no lo he conseguido. ¿Por qué no acudiste a mí? —Me dijo que haría que te internasen en Bedlam si hablaba de lo ocurrido, incluso contigo, ¿lo entiendes ahora? —dijo Emily secándose las lágrimas. Bedlam. El asilo para dementes del Hospital de Saint Mary de Bethlehem en Londres. Emily sintió que un escalofrío recorría su columna vertebral. Un lugar espantoso, donde cada martes, los curiosos podían presenciar las miserias de los lunáticos de la sala de incurables previo pago de un penique. Pamela no tuvo duda de que Trenton la habría recluido allí sin ningún esfuerzo ni remordimiento y luego habría tirado la llave. Quizá su tía Agatha tenía razón. Era afortunada, después de todo. Las murmuraciones que levantaba a su paso y la posibilidad de convertirse en una solterona, le parecían ahora un paraíso, comparado con las horribles consecuencias que la venganza de Trenton le podría haber acarreado. —Y sé que era capaz de hacerlo, Pamela —dijo Emily, como si hubiese leído sus pensamientos—. Se jactó de que nadie daría crédito a las acusaciones de una jovencita sin fortuna contra el conde de Trenton, y no solo por sus influencias y posición, sino porque esas cartas despejarían cualquier sospecha sobre su inmoralidad, de surgir alguna, y probarían la tuya. Pamela asintió en silencio. Ambas habían quedado atrapadas en la telaraña de William, pero ella ya había decidido que él no iba a devorar a su hermana. Durante horas, había pensado qué hacer para impedir la boda y por fin había encontrado la forma de cortar los siniestros hilos. De hecho, la solución era demasiado simple y a la vez representaba un desafío casi imposible. Si quería impedir que su hermana cayera en las garras de William, debía encontrar un marido para sí misma. Si se casaba, su esposo podría tomar a Emily como ahijada, en lugar de su tío, y estaría a salvo. Aunque Pamela tuviera que someterse al yugo de un matrimonio no deseado, sería un bajo precio por la libertad de su hermana. El problema residía en que debía encontrar a un marido pronto o todo estaría perdido. Por desgracia, hacía tiempo que Pamela no tenía pretendientes, por lo que tendría que buscar a alguien tan necesitado de una esposa como ella de un marido. —Lo siento muchísimo, cariño —le dijo dejando atrás sus pensamientos—, pero te prometo que haré lo imposible para arreglarlo. Ahora, vayamos dentro, estás helada. Emily le devolvió el chal a su hermana y le sonrió. —Las dos lo estamos. Creo que nos vendría bien un té —dijo mientras se ponía en pie y le tiraba del brazo para que se levantara. Salieron de la pérgola y comenzaron a caminar por el sendero enlosado que atravesaba el jardín y conducía a la casa, pero el sonido de unos cascos cerca de la verja las hizo girarse. Cuando el jinete llegó hasta ellas, desmontó y luego se descubrió la cabeza, inclinándola con cortesía. —Les ruego disculpen mi intromisión —dijo el recién llegado—. Mi nombre es Carlton, ayuda de cámara del conde deWarlet. ¿Es usted la señorita Pamela Darlen? —preguntó, dirigiéndose a la morena de brillantes tirabuzones. —Sí, soy yo —respondió Pamela, sin entender—. No tengo el placer de conocer a lordWarlet. ¿Cuál es el motivo de su visita, señor? —Milord acaba de llegar a Kingston después de un cansado viaje en compañía de un amigo. Vengo en nombre de este —explicó el hombre de pelo castaño—. Al parecer, hubo un desafortunado malentendido con usted esta mañana en el establecimiento de la señora Parker. Pamela lo miró, perpleja. Sin duda, se refería al desconocido de hermosos ojos azules que la había ayudado a recoger sus monedas y que luego la ignoró de la forma más grosera cuando ella quiso darle las gracias. Ahora tenía la oportunidad de resarcirse de su insulto y de su propio error al intentar llamar su atención. Porque eso era justo lo que había hecho, pensó mortificada, disfrazando su interés con el orgullo herido y el agradecimiento, y él lo había identificado y rechazado en el acto. —No había necesidad de una disculpa formal —dijo Pamela con sequedad—, pues no le concedo a tal malentendido la más mínima importancia. El ayuda de cámara inclinó de nuevo la cabeza. —Celebro oírlo —dijo este—, sin embargo, el causante del mismo lo lamenta con sinceridad, y me ha rogado que le transmita el motivo, que no es otro que un mal de garganta que le ha privado del habla durante una semana y del que apenas ha comenzado a recuperarse. —Está bien —contestó Pamela, aunque algo le decía que le estaba mintiendo—. Transmita mis deseos de mejoría al señor… creo que no ha mencionado su apellido. —Lowell —respondió el ayuda de cámara al instante—. También me rogó que le entregase esto —dijo mientras sacaba del bolsillo de su gabán un paquetito envuelto en papel de seda. Pamela observó el objeto con estupor y después miró de reojo a su hermana, que hacía un visible esfuerzo por no intervenir. —No considero apropiado recibir ningún regalo del señor Lowell —repuso ella, envarada. —No se trata de un regalo. Lo olvidó usted sobre el mostrador de la tienda. Por favor, le ruego humildemente que lo tome, o mi viaje habrá sido en vano —dijo él con el brazo extendido. Pamela estudió el envoltorio más de cerca. Adherida al papel, había una nota sellada con lacre, y en la que figuraban las siglas M.L. escritas en una elegante grafía. Ni siquiera cuando el jinete atravesaba ya la verja de Hammond Hall, de regreso al camino, Pamela supo por qué lo había aceptado.
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