AMÉRICA Termino de vestirme cuando Bryce vuelve a entrar en la habitación. Esta vez se nota pensativo; lleva el teléfono en la mano, pero luego lo deja sobre el tocador. Se le ve contrariado, y eso me preocupa. —¿Te sientes bien? —le pregunto. Él levanta la mirada, pero ya no brilla como hace quince minutos, cuando me miró. —¿Te sucede algo? ¿Es la empresa? —insisto. No deja de observarme con esa mirada muerta, lo que comienza a molestarme, aunque no lo demuestro. —Bryce… —No es nada; me voy —agrega. Sale de la habitación y frunzo el ceño. Me asomo por la ventana y veo que le ordena algo a sus hombres; luego se dirige a su auto, entra dando un portazo, pisa el acelerador y se marcha como alma que lleva el diablo. —Qué raro —susurro para mí misma. El llanto de mi

