Iba a perder la cabeza. Miró la notificación de llamada final en su teléfono y sintió su furia aumentar. —¿Estás bien? —preguntó Enia mientras se acercaba por detrás de él—. Ya casi te toca dar tu discurso. —No. La cagué. —¿Te refieres al extraño trato frío que le hiciste a Liesl por una situación que ni siquiera fue culpa suya? Sí, la cagaste. —Enia, no ahora. —Entonces, ¿cuándo, Isaías? Sabes, te conozco toda mi vida. Nunca, ni una vez te he visto así por una mujer. Nunca has estado tan obsesionado. —No estoy obsesionado. —¿No? —No. —Entonces, ¿qué es? ¿Es la conexión con McGrath? —Mierda, no. —Sacudió la cabeza y respiró hondo—. Estoy locamente enamorado de ella, Enia. Desde el momento en que se sentó frente a mí en el restaurante y me pasó una memoria USB, quedé cautivado, y

