El demonio perfecto

2648 Palabras
POV Valencia Carlsen —Y luego me dijo que debía ir a entregarle el dinero a ese demonio —exclamo soltando un resoplido mientras Arturo me escucha en silencio. El pobre ha de estar aburrido con la media hora que llevo relatando mi mañana, sin embargo, no es capaz de juzgarme o callarme. Por eso lo aprecio—. Ir a su apartamento. Es un dictador, ¿no lo crees? —Sí, señorita. Esas son las típicas respuestas de mi chofer y guardaespaldas, ya me he acostumbrado a su modo reservado. Su sola presencia y cuidado basta, como hoy. Llegó a la comisaría luego de enterarse de que yo estaba detenida, y sospecho que fue Jasper quien lo envió a ayudarme, pues se supone que hoy era el día libre de Arturo. Ahora se niega a dejarme sola por el resto del día. Ya que todas mis amigas están de vacaciones me viene bien una compañía. —Perdona que me desahogue contigo, Arturo. Pero sabes que no me puedo quejar con las chicas de esto. Me niego a mostrar mi odio por Denver frente a mis amigas, en especial frente a Samara, porque eso implicaría darles explicaciones y prefiero mantener en secreto mi historia de hace cinco años. Arturo al menos sabe un poco de esa historia, ya que conoció a Gemma y mi madre le indicó que me mantuviera lejos de Denver, semanas después de la ruptura. —No es ninguna molestia para mí escucharla —asegura, con su tono educado. Cuando llegamos a los tribunales, ya llevo una hora y media de retraso, y ese era el tiempo exacto de la duración del juicio. Habría llegado un poco antes, si el tráfico no hubiera sido otra variante que estuvo dispuesta a hacerme quedar mal hoy, ni siquiera con los atajos que tomó Arturo escapamos del embotellamiento. Definitivamente, no es mi día. Aun así, camino por el pasillo de los tribunales de familia, con él a mi lado. Arturo es un hombre que pasa de desapercibido, a pesar de que mide dos metros; siempre viste su traje n***o con blanco, su expresión suele ser seria como la de un soldado. Lo único fuera de lugar en él son los guantes rosados que le regalé en broma, pero que él de todos modos usa. —Puedes esperarme aquí —le indico, aunque él se niega enseguida—. Me da pena ponerte a trabajar en tu día libre. —No la dejaría sola cuando me necesita, señorita. Si tuviera que nombrar a alguien como mi héroe, sin duda sería este hombre. Agradezco que mamá lo haya traído a casa para cuidarme. —Por ahora no te atrevas a decirle a nadie más de la multa. —Lo señalo con el dedo a modo de advertencia—. Ni siquiera a Jasper, está bien que solo sepa lo de mi detención, pero no quien pagó la multa. En el camino, recibo el saludo de algunos conocidos y la mirada curiosa de otros. La gente aquí no me conoce por el prestigio de mi padre, sino porque trabajo en Connelly, Wilcox & Estrada , uno de los bufetes más prestigiosos. Justo este año acaba de ser nombrado como el mejor del país, aunque el ganador del año pasado siempre le da la pelea: Harper & Rossi. Sin duda tiene una reputación que parece inquebrantable. Estoy entre los leones, y Denver Wright es uno de esos depredadores que me sigue viendo como su presa. Ingreso a la sala en donde tenía acontecimiento mi juicio, mientras pienso en cómo devolverle el golpe a Denver. Por supuesto que no iré a su apartamento, no dejaré que me diga que hacer. Puede que sea un hombre poderoso, pero no permitiré que su poder me intimide, mucho menos que me aplaste. —Perdón, ¿el juicio de las 12:00? —pregunto a una chica con aspecto de secretaria recién ingresada, cuando veo la sala vacía. —Ya terminó. —¿Terminó? —Así es. El juez habló con las partes y llegaron a un acuerdo. Es inevitable fruncir el ceño. —¿Cómo que las partes llegaron a un acuerdo? Yo no estuve aquí. —Ah, usted era la abogada de la contraparte. Descuide, su cliente fue asistida por un abogado de su firma. —Ella esboza una sonrisa cargada de devoción—. Vino el abogado guapo, ya sabe, ese que tiene una sonrisa sexy y peligrosa. Dios, si yo fuera la jueza le daría la razón siempre. —Menos mal no lo es… —murmuro. —Lo siento. Es qué no puedo creer que sea un hombre real, es tan inteligente, guapo… —Ya entendí. —Claro que sí, también comprendo que todo lo que me pasó hoy fue un sabotaje. Pero no se quedará así—. Quiere un consejo, no admire a los demonios, terminará con el corazón roto. La mujer se sonroja, recordándome a mi yo en aquel tiempo de mujer inocente y enamorada, una versión que todavía estoy enterrando, pero que ya está muerta. Salgo de la sala y no veo a Arturo cerca, por lo que aprovecho para ir a buscar al juez en su oficina y enterarme del veredicto, no pienso ir a hablar con el intruso que decidió tomar mi caso y asistir a mi cliente. No sería justo que yo perdiera o quedara por fuera de este caso, he luchado con uñas y dientes por ganarlo y demostrar que soy una abogada competente y capaz. La mayoría me subestima por el trivial hecho de que el ochenta por ciento de mi guardarropa es rosa; ah, y claro, la patética sociedad piensa que una rubia de buena familia no tiene más de tres neuronas para aspirar a la abogacía. Se piensa que mi mayor aspiración es el matrimonio, por eso mi compromiso es el hecho que más destacan los medios sobre La princesa Carlsen. Por cierto, también detesto ese apodo. —Disculpe, estoy buscando al juez Dornan —pregunto a la secretaría, posándome en frente de su escritorio. —El juez está ocupado con un señor importante. ¿Usted tiene cita? —No, no tengo. Pero, necesito hablar con él. Seré muy breve. Ella escanea mi atuendo de arriba abajo, hoy no voy completamente de rosa, en cambio, uso un elegante mono blanco, con bordados rosas y mi blazer sí es un rosa pastel, mi estilo es la feminidad y la elegancia en todo su esplendor. —Tiene que esperar. —Ella entrecierra sus ojos saltones—. ¿Usted es…? —Valencia Carlsen, abogada. Sus ojos se abren de golpe, igual que su boca que se vuelve una O. —¡Oh, sí! La señorita Carlsen. —Ahora me sonríe y me llena de extrañeza. Debe ser nueva—. Creo que el juez pronto se desocupará. Lleva… —Consulta su reloj—, exactamente una hora en una reunión. ¿Se le ofrece algo mientras espera? Niego con una sonrisa. Me llena de desconcierto su cambio de actitud, que empezó con desinterés a atención azucarada. De por sí la gente suele tratarme bien por ser una Carlsen, pero son los amigos de mis padres y, las otras personas que me tratan como si yo pertenecía a la realeza generalmente es porque saben que mi cuñado es un Wright y todos quieren ser parte del séquito de seguidores de un apellido tan importante. Ah, y la tercera razón por la que me tratan bien es por… Jasper. Mi querido “prometido” es muy conocido, por tanto, todos quienes saben de nuestra relación prefieren tratar con la mayor de las atenciones. Hablando del rey de roma. Recibo un mensaje de su parte que me hace poner la atención en mi celular. Jasper: Tengo una sorpresa para ti. Te va a encantar tanto que querrás casarte conmigo lo antes posible. Casarme. La secuela de hace cinco años hace que el corazón se me baje a los pies cada vez que pienso en la magnífica idea de casarme. Pero mi relación con Jass es algo que solo él y yo entendemos. Puedo asegurar que es mi relación más estable. Mi respuesta se reduce a un “Seguro”, por lo que recibo otro mensaje. Estoy leyendo con una sonrisa, una de las pocas que he tenido en este día, una efímera, porque cuando levanto la mirada, mis labios se fruncen y mi teléfono cruje con mi fuerte agarre, todo al verlo a él. Pelo castaño, ojos verdes y un elegante porte de poder y misterio. Denver Wright está saliendo de la oficina del juez. Ambos se dan la mano e intercambian unas cuantas palabras mientras se acercan al escritorio de la secretaria, a un metro de donde estoy yo. —Es un gusto que viniera a aclarar este asunto usted mismo, mi estimado doctor Wright —le dice el juez. Ellos vuelven la mirada hacia la secretaria, quien observa al demonio de ojos verdes como si fuera su dios. La devoción por poco me hace rodar los ojos. —Señor, tiene una cita en Xielle en 15 minutos —dice la secretaria a su jefe. Me aclaro la garganta para atraer su atención, ya que la nueva fan del demonio se ha olvidado que yo existo—. Ah, sí. La señorita aquí quiere hablar con usted. Los dos hombres delante de nosotras posan su mirada en mí. Me pongo derecha y sujeto mi portafolio con fuerza al sentir esa pesada mirada verde. Dura, indescifrable e intensa. Denver me escanea de arriba hacia abajo, como si llevara mucho tiempo sin verme y no solo un mes. Ni siquiera le importa mostrarse obvio y atento ante mi presencia. Eso no es una sorpresa, él simplemente hace lo que quiere, sin importar que la gente se dé cuenta, además, nadie se atrevería a cuestionarlo. —Abogada Carlsen —me saluda el juez—, ¿se le ofrece algo? —Yo vengo a… —Déjenos solos, por favor —interrumpe Denver. Da unos cuantos pasos hacia mí y ya está invadiendo mi espacio y violando la distancia prudencial, pero no me toca. Él nunca me toca a menos que sea estrictamente necesario, y solo es necesario cuando nuestros amigos nos obligan a convivir y nosotros accedemos por aparentar. —Pensé que me necesitaba —dice el juez, detrás de él. —Yo me hago cargo, puede irse —responde este demonio. Ni siquiera mira hacia atrás y no parece afectarle el hecho de que está prácticamente echando al juez de su propio espacio. Intento pasar a su lado, pero él arquea una ceja y lo toma como si yo lo estuviera desafiando. Para mi mala suerte, el juez se va y me queda enfrentar al hombre que menos deseo ver y que está acaparando toda mi atención con su cuerpo alto, envuelto en un traje gris oscuro como su corazón. Si es que tiene uno. —Tiempo sin verlo señor Wright, lástima que no me alegre. —Eso es refutable —un tono grave. Por poco ruedo los ojos. Miro su rostro, la misma barba pequeña de siempre que lo hace ver más masculino. No hay rastro de bronceado, así que supongo pasó sus vacaciones en cualquier parte menos en una playa y, eso, no debería importarme. «Concéntrate, Valencia». —¿Qué haces aquí? —pregunta en un tono que exige una respuesta a cambio. —¿Qué hago aquí? —Suelto una risa airosa, sin gracia—. Esa pregunta debería hacértela yo a ti, ¿no crees, traidor? —Puedes hacerla, pero eso no significa que voy a responderte. —Baja la mirada a mi portafolio con pereza, luego se enfoca otra vez en mi rostro—. ¿Desde cuándo crees que tienes derecho a cuestionarme? —Eres mi jefe solo en la oficina. Se toca el cuello distraidamente, dándome la vista de la sortija en su dedo. Son sus gestos lo que le dan ese aire de misterio y poder. —No lo digo porque sea tu jefe, Valencia. Ahora responde, ¿por qué estás aquí a esta hora? —Tú lo sabes muy bien, ya que usurpaste mi caso. Cuidado, eso puede ser un delito. —¿Y piensas demandarme otra vez? —Su mirada se vuelve turbulenta. Ladeo la cabeza para no verlo—. No usurpé tu caso, pero deberías ser más atenta y responsable con tu trabajo. —¿Me estás llamando irresponsable? —Tú lo has demostrado con hechos. Vine a aquí por ser tu tutor. —Ah, entonces debo agradecerte. ¿Qué sacrificaste para estar aquí? ¿Tu alma gris? —¿Otra vez? La última vez afirmaste que se la di al diablo. —Supongo que por ser tu amigo te la devolvió. Su labio se curva en una sonrisa. Rara vez sonríe, a menos que sea una sátira en contra de alguien, y ese alguien usualmente soy yo. —Tienes una forma muy peculiar de agradecer mi asistencia, supongo que he de acostumbrarme a eso. —No te agradecí. —Deberías, porque estoy salvando tu caso. Y como tu tutor, te asistiré, así que presente a las 8:00, ya sabes donde —lo dice con un tinte de autoridad, que me hace apretar los dientes, llena de ira. Así es él, un dictador que siempre me está diciendo que hacer. —No voy a ir a ninguna parte contigo después de lo que me hiciste hoy. Él ojea su reloj como si estuviera revisando si merezco más de su valioso tiempo, es algo que suele hacer y me irrita. —No estoy enterado de lo que me acusa, abogada; sin embargo, no creo que sea peor que ese golpe tan bajo con el que arruinaste mi vida, ¿o no, ma rose? La circulación de mi sangre se relentiza y mi mente viaja cinco años atrás. Ahora mismo los ojos de Denver se nublan de un aire tormentoso, una advertencia de que debería callarme y no provocarlo más por el momento, porque si no sería yo quien saldría perdiendo. Pero aquí está la cosa, con todo este juego de odio he aprendido a no quedarme con la boa cerrada cuando hay rabia corriendo a través de mí. «Te detesto». Él asiente, como si supiera lo que estoy pensando. A fin de cuentas es un maldito genio y odio que me conozca tan bien. Ladeo mi rostro ante su mirada firme. Luego veo a Arturo que se acerca con una botella de agua y un paquete rosa. —Señorita, hora de su medicina —me dice Arturo. —¿Contra la rabia? La necesitas, ma rose. —Para tu mala suerte no hay ningún medicamento que pueda deshacer la rabia que siento contra ti, solo tú. Sus ojos desprenden un brillo engreído y es cuando me doy cuenta de que mi insulto no sonó como insulto sino… ¡Mierda! Odio a este hombre y las tonterías que me hace decir. —Entonces soy la cura de tu mal, ¿eh? —Vamos, Arturo. —Me alejo con mi chofer. —No llegues tarde —me recuerda. —Vete al infierno. —Acabo de regresar de allá y fueron las vacaciones más soleadas de mi vida. Señoras y señores, este es Denver Alexander Wright, perfecto para todos los demás, pero un demonio que reserva su maldad solo para mí. —Por cierto, ma rose. Me enteré de que se arruinó tu compromiso. —Su tono no demuestra ninguna pena. Me detengo, mirándolo a la cara. —No sé de qué hablas. —Parece que me estoy adelantando a los hechos. Sabes dónde está tu prometido, pero, ¿sabes con quién? Dicho eso solo asiente, se da media vuelta y se va como si no acabara de dejar un desastre detrás de él. Lo odio.
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