POV Valencia
Entre todos los lugares de la ciudad, no esperé encontrarme aquí, pero luego de la sutil amenaza de Brendan, me encuentro ingresando al enorme edificio moderno donde vive Denver. Es uno de los mejores barrios y no esperaba menos de alguien como él. Aunque, por su forma tan reservada y taciturna, me lo imaginé viviendo en una casa en un lugar alejado, donde nadie lo molestara. A veces creo que es alérgico al ruido.
—Bienvenida, ¿se le ofrece algo, señorita Carlsen? —pregunta el recepcionista. Su reconocimiento me hace pestañear, confundida. Yo jamás había venido aquí; siempre envío a Arturo en mi nombre, pero no creo que él le haya mostrado una fotografía mía.
—Estoy buscando...
—Al señor Wright... —termina por mí.
—Sí. ¿Puede decirle que estoy esperando por él en recepción?
Antes de que el joven pueda responderme, suena el teléfono y él se adelanta a contestar la llamada. Observo mi reloj. Antes de venir aquí, pasé por mi obsequio para el bebé de Ginebra, y ahora solo tengo media hora para llegar a tiempo al descubrimiento.
Mi mirada se desvía hacia mi derecha, donde encuentro a un chico con traje de marinero dejando una caja con tres tarros de vidrio en el mostrador. Le hace señas al recepcionista, que sigue atendiendo la llamada. Luego el marinero se va. Dejo de verlo y presto atención al contenido de los tarros… El estómago se me revuelve, son...
—Insectos —dice el recepcionista—. Es alimento para serpientes.
Levanto las cejas, sorprendida.
—¿Son suyos? —inquiero.
—No. Los pidió una inquilina. —Toma la caja con los tarros y los guarda debajo del mostrador que nos separa—. Acabo de llamar al penthouse del señor Wright, la señorita que está con él me dice que el señor salió.
Señorita. Así que está acompañado. Debo agradecer que mi curiosidad no es tan desbordada porque si no estaría preguntándole a este hombre quién es la señorita. Eso no es algo que deba importarme en lo más mínimo.
—Agradezco si le dice que estuve aquí. ¿Puede entregarle una nota de mi parte, por favor?
—Claro, señorita Carlsen.
Él me presta una pluma y una hoja donde le escribo a Denver que estuve aquí buscándolo para que llegara a la reunión de Ginebra. Solo lo dejo para tener una prueba irrefutable de que estuve aquí tratando de cumplir mi tarea. Conozco a Brendan, y como el gran abogado que es, no cree en nada sin pruebas contundentes.
—Le daré el mensaje al señor. —El joven me sonríe amablemente, lo hace como si ya nos hubiéramos conocido.
—Una pregunta, ¿cómo supo que soy Valencia Carlsen?
—Por el cuadro... —dice, mirándome a detalle. Estoy por preguntarle de qué está hablando cuando él se adelanta—. Además, usted es la prima de la señorita Samara. Todos en el país saben que ella es la nueva señora Wright.
Eso tiene más sentido. Le doy las gracias, antes de que él vuelva a ocuparse con el teléfono. Me doy media vuelta para retirarme, pero lo único que logro es perder el aliento.
Retrocedo un paso ante el hombre delante de mí. Ojos verdes, cabello castaño y su aura de hombre perfecto.
—¿Qué haces aquí, ma rose?
Denver me mira atento, posiblemente deduciendo qué hago aquí, si es que su amigo ya no le dijo que me enviaría en su búsqueda.
—Vine por ti... —respondo.
Él baja la mirada hacia mis manos, en una sostengo mi cartera y en la otra el regalo de Ginebra.
—Vienes por mí... —susurra, pareciendo complacido.
—Pero no te emociones mucho. Solo he venido porque tengo que llevarte a la reunión de Ginebra. —Hasta ahora me fijo que lleva una bolsa con comida en la mano—. Deberías ir, sabes cómo se ponen los chicos con tus desplantes. En especial, Nicolás.
—Está bien. Iré.
—¿De verdad? —Su respuesta me toma desprevenida. Creí que debía chantajearlo con algo. Nunca es así de fácil, así que debe haber un truco en todo esto. No me puedo confiar con este hombre—. Perfecto, te veo allá. No llegues tarde.
—Solo iré contigo, Valencia. Así que espera aquí. —Por la seriedad en su rostro, sé que es una orden.
El desconcierto se dibuja en todo mi rostro y él debe notarlo, porque me dedica una mirada inquisitiva. No estoy acostumbrada a esta faceta tan amistosa, eso solo pasa cuando estamos fingiendo enfrente de los demás.
—Señor Wright —lo llama el recepcionista, que tiene el teléfono en la mano—, acaban de llamar de su piso y la señorita pregunta si usted ya está aquí. ¿Qué quiere que le diga?
Miro a Denver con disimulo, él parece molesto y no sé si se debe a que ahora sé que hay alguien esperando en su apartamento. Aunque a él no le importa lo que yo piense sobre su vida, mucho menos sobre sus asuntos amorosos. Y, siendo sincera, me resulta extraño; a lo largo de estos cinco años, no he visto a Denver en una relación seria, aunque la prensa siempre está esparciendo rumores de todas las mujeres que se acercan a dos metros de él. Supongo que después de lo que pasó con Gemma hace cinco años, él no quiere nada. Una vez me dijo que, gracias a mí, todas las mujeres le resultaban mentirosas.
Justo ahora hay alguien en su apartamento. Y no quiere que yo lo sepa porque se aleja de mí. Después de haber hecho de todo por traerme a su guarida, no me permite entrar.
____
POV Denver Wright
Las puertas del ascensor se abren delante de mí, salgo de él y camino por el pasillo del piso privado. Tan solo hay dos penthouses aquí, y uno de ellos es mío. Solo adquirí el lugar porque el barrio es silencioso y nadie sube aquí a menos que yo dé mi autorización.
Me gusta el silencio, el orden y las reglas estrictas; si algo de eso falla, todo se hace caótico, y no hay nada que perturbe más mi paz que las cosas fuera de lugar.
Abro la puerta con la mano libre. Salí por un poco de comida luego de pasar toda la noche hablando con un nuevo cliente que Brendan quiere que represente. A mi mejor amigo le gusta presentarme casos que sabe que yo no tomaría ni por todo el dinero del banco Carlsen. Una muestra es la clienta de anoche, la señorita Scott.
No trabajo con mujeres. Soy selectivo hasta los extremos, aunque la gente suele decir que soy un calculador. Quizá no se equivocan, pero prefiero la fachada de hombre tranquilo.
Solo es una fachada.
Escucho ruido al otro lado de la puerta y recuerdo lo que me dijo el recepcionista: que ella está aquí. Ninguna persona tiene llaves de mi apartamento, ni contraseña de mi clave digital, excepto esa pequeña demonia. Espero ocuparme de ella antes de que Valencia se canse de esperar y se vaya.
Valencia y yo no tenemos la mejor relación, parece odio, pero tengo que tratarla de esta forma para lograr lo que quiero.
La puerta de mi apartamento se abre y un tic me mueve el ojo al ver el desastre en la mesa de café; el ruido de música rock que suena como una mezcla de guitarras compitiendo por cuál suena peor. Es música que no debería estar permitida, es un daño a la audición humana y animal en cualquier caso.
Camino hacia la repisa debajo de la gran pantalla de televisión en la pared, entre medio de los dos grandes ventanales con vista a la ciudad.
Presiono el botón de suspender y la música se va, trayendo una ola de alivio para mis oídos. Sin embargo, el tic sigue molestándome en el ojo al ver el desastre que empieza en la mesa y termina en la alfombra india que mi madre me regaló luego de ver que mi apartamento era minimalista e impersonal.
—¡¿Quién se atreve a apagar la música?! —chilla una voz femenina en la cocina.
Los pasos de unas botas pesadas resuenan en el suelo de madera, vienen por el pasillo y cuando llegan a la sala me encuentro con el pequeño demonio de cabello morado con rayos negros. Morgan, mi prima adoptiva, como ella prefiere hacerse llamar, tiene una espátula en la mano, y al verme se cruza de brazos mientras frunce el ceño.
—¡Oye, tú, demonio sin corazón! —ahora me apunta, amenazante—. ¿Cómo te atreves a apagar mi música?
Veo que la espátula gotea una masa marrón que cae entre el suelo y la alfombra. El tic aumenta y el pulso de molestia en mi mandíbula también.
—¿No sabes que es un irrespeto bajar el volumen cuando Thomas Nash está cantando? —prosigue con su reclamo irracional. Sinceramente, me pregunto por qué no he convencido a mi hermano de que la envíe a un internado o a África. Serían lugares más adecuados para ella—. ¡Oye!
—¿Por qué sigues en mi apartamento?
Mi pregunta la toma por sorpresa, puesto que la hace abrir la boca en una enorme "O". Ella usualmente me incita para que responda a sus provocaciones, pero incluso para un abogado de la contraparte es difícil provocarme y llevarme al límite, lo cual es una tarea fácil para Valencia. Cualquiera que quiera hacer tambalear mi sensatez debería tomar clases personalizadas con esa pequeña mujercita.
Morgan solo me hace irritar porque intenta acercarse demasiado. Suficiente tengo con mis hermanos, que a pesar de saber mi aversión a la compañía, continúan invadiendo mi espacio personal.
—Deberías agradecer que alguien te visite.
—Me siento mejor cuando nadie viene a verme, en especial tú, niñita.
—No sé quién te ha hecho tanto daño para preferir la soledad por encima de mi maravillosa compañía.
La miro con ironía, lo que la hace mover la espátula y seguir manchando mi alfombra y piso.
—Limpia todo el desastre que has hecho y luego vete. Cambiaré la contraseña para que no vuelvas a entrar.
Ella se ríe burlona. Claro, es un genio informático, a quien no le costará nada acceder a mi contraseña. A ella es mejor no tenerla de enemiga, y el gran dilema es que yo no quiero tenerla ni siquiera a dos metros de distancia. Me recuerda a una época que no me apetece traer al presente.
—Sabes que eso no es un problema para mí.
—Pondré una alarma de seguridad para personas no deseadas.
—¿Y yo soy una de esas personas? —pregunta arrugando las cejas.
—¿Adivina qué? Estás en el top de la lista. —Paso junto a ella para tomar el camino a mi habitación—. Date prisa.
—Vine aquí para hablar contigo y no me iré hasta que me escuches.
—Ya te dije que no ayudaré con esas ideas desequilibradas.
—El hecho de que seas un genio no te da derecho a que hagas menos mis ideas. Y, para tu información...
—No necesito información innecesaria en mi cerebro, niña.
—¡No me llames niña, demonio! —exclama indignada—. ¡Soy tu prima adoptiva y debes respetarme porque soy una Wright!
Termina agitada y con la mirada firme.
—¿Ya terminaste? —pregunto.
—Eres imposible. No sé por qué la gente dice que eres perfecto.
—Porque ellos están en lo correcto y tú eres la equivocada —respondo, con mi rostro serio.
—Ni siquiera sabes cómo ser presumido. No pareces un Wright de verdad. Aidan y William sí tienen la esencia del apellido.
Me alejo más de ella, mientras escucho cómo le echa flores a mis hermanos. Por lo menos con ellos tiene mejor relación. Aidan es su primo favorito y yo el primo que no puede chantajear.
Dejo la bolsa de comida en una cómoda del pasillo, luego ingreso a mi habitación para ponerme un suéter gris, con pantalones negros a juego con mis zapatos. La celebración será en la casa Conelly, así que no hay necesidad de ir formal. Apuesto que Nicolas usará cualquier disfraz para satisfacer a su esposa.
No tenía planeado ir, ante todo, para evitar las fiestas y celebraciones. El ruido me molesta y me perturba, sin embargo, sé que este día es especial para Nicolas. Es uno de mis mejores amigos, y debido a que es él quien siempre nos saca de problemas a todos, no le iba a fallar. Pero ver que Valencia vino aquí es una oportunidad de oro. Sin embargo, no haré nada hoy, ya que con la inoportuna presencia de Morgan no es conveniente. Nadie sabe la verdad de mi pasado con Valencia.
Mi hermano Aidan, que estaba la noche en que ella me rechazó el anillo, tampoco sabe los verdaderos motivos de nuestra enemistad. Él y Brendan han tratado de sacarme la verdad, cosa que no han logrado, aún con todas sus jugarretas y sobornos. Llegaron a ofrecerme autos de colección, villas y sociedad en el club, pero cuando les mostré lo mucho que ganaba con mis casos personales, dejaron de ofrecer sobornos.
Solo hay una cosa en este mundo que me interesa intensamente, y nadie me la puede dar excepto yo. Y desde luego, lo conseguiré, incluso usando a Valencia en el proceso.
Cuando regreso a la sala, veo que el desorden ya ha sido levantado, aunque la alfombra sigue con manchas que estoy seguro serán difíciles de sacar. Mi madre sufriría un desmayo si viera el detrimento causado a su regalo.
Todo parece mejor, lo que me va llenando de alivio, hasta que el aire se va con un espantoso olor proveniente de la cocina.
—¡Niña!
No hay respuesta de ningún lado. Tomo las llaves de mi auto, y justo en el perchero encuentro una nota: Hice la limpieza. Fue imposible sacar la mancha de la alfombra, pero la repondré. Lamento no haber limpiado tu majestuosa cocina, pero tuve que salir de prisa. Con mucho disgusto, tu prima adoptiva.
—No entiendo cómo Aidan la tolera.
No tardo mucho en tomar el elevador y volver a la recepción del edificio. Esperaba que Valencia hubiera tenido uno de sus momentos de valentía y decidiera huir, como lo hace siempre que nos quedamos solos. Desde que le dije hace cinco años que las cosas no se quedarían así, después de que casi destruye mi vida pensando que yo destruí a su “mejor amiga”, Valencia me evita a toda costa. Pero ahora trabaja para mí, y aunque ella no lo quiera, así seguirá siendo.
La veo hablando con el recepcionista mientras observan un tarro de cristal que descansa sobre el mostrador. Ella se ríe de algo que él le dice, y la escena me parece absurda. No debería estar aquí riendo de esa manera.
Una vez me acerco, noto que el objeto de su interés es un tarro lleno de insectos.
—Pero son perfectos para las serpientes. ¿Entonces puedo comprarlos en cualquier lugar? —pregunta ella.
Él asiente a su pregunta, pero se endereza y adopta una postura más formal al verme.
—Señor Wright —me saluda con reverencia.
Cuando Valencia se gira hacia mí, me doy cuenta de la presencia de Morgan, quien ha estado a su lado observando el tarro con la comida para serpientes. ¿Por qué les interesaría algo así?
—Vamos —le digo a Valencia, caminando directamente hacia la salida.
Ella se despide del recepcionista. A veces me molesta que sea tan amable con todo el mundo. Morgan también le dice algo al chico sobre el tarro extraño, y al reconocer dos pares de pasos detrás de mí, me detengo justo en la salida, donde ya me espera mi auto.
—¿Y tú a dónde vas? —pregunto a mi prima.
—A la fiesta de Ginebra. También soy una invitada, y de honor, para tu mala suerte, demonio —responde con orgullo, moviendo su cabello morado.
La ignoro. Abro la puerta del Corvette para Valencia, pero es Morgan quien se acerca. La detengo a mitad de camino.
—Solo hay dos asientos, así que tendrás que irte en taxi, niña.
Ella parece indignada. Mi excusa perfecta para no llevarla es que mi coche solo tiene dos asientos. Es un Corvette n***o especial. No lo cambiaría por ningún otro vehículo, porque este tiene historia. Los demás son solo autos que se pueden comprar y vender.
—¿Y por qué yo? —se queja Morgan—. Vete tú en taxi.
—Este es mi auto. No te invité a mi casa, y no te subirás a mi coche porque no confío en ti, pequeño terremoto.
Valencia suelta una risa dulce que nunca me dedica a mí.
—Está bien. Llamaré a Arturo, está a la vuelta. Vendrá por mí, así que pueden irse juntos.
—Tú sí eres un sol, Vale —dice Morgan acercándose a su oído. Aunque soy capaz de escuchar todo lo que le susurra—: Gracias. Voy a molestarlo porque se niega a ayudarme como abogado. ¿No te parece indignante que rechace a su prima adoptiva?
—Muy indignante. Pero ya lo conoces —le responde Valencia, siguiéndole el juego de “ir en contra de Denver”.
Hoy, Valencia no está vestida completamente de rosado. Algunos dirían que es muy femenino o infantil de su parte seleccionar ese color para la mayor parte de su guardarropa, pero nadie sabe que la verdadera razón por la que lo ama es por su madre. Su madre de verdad.
—Vete con Arturo, niña. Yo llevaré a Valencia —ordeno.
—¿Por qué quieres estar a solas con Valencia? —pregunta ella, mirándonos a ambos. Por mi parte, permanezco tranquilo e imperturbable. No puedo decir lo mismo de Valencia, que se pone nerviosa—. ¿Pasa algo, Vale? Creo que tú sabes algo. Ah, los dejaré ir si me confiesas algo: ¿tú sabes quién es la mujer por la que Denver siempre usa ese anillo de casado?
Miro a Valencia, esperando su respuesta. Sé que no sabría cómo contestar, y tampoco se atrevería a revelar nada de nuestro pasado.
No es por Gemma Fane que llevo este anillo, mucho menos después de que esa mujer desapareció de nuestras vidas dejando tanto odio entre Valencia y yo. Aunque no todo pasó por Gemma, lo que sucederá de ahora en adelante será mi revancha, y no me detendré ante nada.
—Ah, supongo que Denver lo hace para que no lo molesten las mujeres —responde finalmente Valencia.
—Tonterías —exclama Morgan—. Sé que es por una mujer, y voy a descubrir de quién se trata.
La sonrisa de Valencia titubea.
—Creo que mejor me voy con Arturo. Nos vemos en la fiesta.
Bueno, supongo que la fiesta será más interesante de lo que imaginé.