Seguía sin comprender que mi abuela estaba allí, viva. Frente a mí, después de tantos años pensando que nunca la vería de nuevo. No quería soltarla por miedo a que desaparezca, que se esfume si cerraba los ojos. Volví a apretarla en un abrazo de oso, llenándome la mente de toda clase de recuerdos con ella, todas las veces que se quedo conmigo cuando no podía dormir y mis padres estaban fuera del país. Sus cuentos a la hora de dormir, todas las veces que me defendió y me dio todo lo que quería. –Vamos un momento afuera– me susurro en el oído, asentí y me alejé, Gabriel seguía detrás de mí, con su mano en mi espalda baja, dudo un segundo antes de alejarla, dándome el espacio que necesitaba con ella. Me alejé sin mirar en su dirección, siguiendo a mi abuela fuera de la casa, nos alejamos u

