Gala El aire helado me cortó la cara en cuanto crucé el portón de la prisión. Caminé hasta el auto con los tacones repicando sobre el suelo como martillazos que me recordaban cada palabra que le escupí a Guille. «Nunca te amé. Lo fingí bien.» Seguí caminando como si nada, erguida, con la misma máscara de hielo que había usado frente a él. Ni los guardias, ni los funcionarios que merodeaban por allí iban a ver mi ruina. Tenía que parecer fuerte, intocable. Pero cuando por fin cerré la puerta del coche, la máscara se resquebrajó. Apreté la frente contra el volante y las lágrimas me desbordaron, desgarrándome en un torrente incontenible. —Lo siento mucho, bebé… —susurré, llevándome una mano temblorosa al vientre apenas redondeado—. Tu padre me va a odiar por siempre. Me acaricié con su

