Capítulo 37: Mentiras

1649 Palabras
Gala Llevaba cuatro días encerrada. Cuatro amaneceres sin ver otra cosa que el mismo pedazo de cielo de entre las cortinas de la ventana. El reloj de la pared se había vuelto una tortura: marcaba las horas como si quisiera recordarme que afuera la vida seguía, y yo ya no formaba parte de ella. Mario y Margarita se habían ido. No me dejaron despedirlos. Lloré por ellos. Por su ternura, por el silencio con el que siempre me cuidaron. Pero también lloré por mí, porque cada día que pasaba aquí dentro, me parecía más a mi padre. El eco de las conversaciones lejanas me sacó de mis pensamientos. Reconocí una voz que me heló la sangre: la de su abogado. Sin pensarlo, salí de la habitación. El pasillo estaba vacío, impregnado de fragancias costosas que no ocultaban su verdadero aroma: el del poder… el de la manipulación. Caminé despacio, cada paso acompañado por el martilleo feroz de mi corazón en el pecho. —…quedó detenido por coacción, privación ilegítima de la libertad y amenazas —escuché al llegar a la puerta del despacho. Me quedé quieta. No necesitaba que dijeran el nombre. Sabía que hablaban de Guille. —Cruz no saldrá fácil —añadió otra voz, tal vez su abogado—. Con un poco de suerte, pasará varios años adentro. El aire se me volvió espeso. Empujé la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared. —¡MALDITOS HIJOS DE PUTA! —grité. Mi padre levantó la vista del escritorio, tranquilo, como si me hubiera estado esperando. Héctor estaba de pie a su lado, con esa sonrisa podrida que tanto me enfermaba. Corrí hacia él. Mi cuerpo actuó solo, movido por el odio y la desesperación. —¡ERES UNA BASURA! —le grité, y mi puño, débil pero rabioso, chocó contra su mandíbula. Héctor se tambaleó hacia atrás, sorprendido. —¡Galardiel! —gruñó Arturo, poniéndose de pie. —¡LO METIERON PRESO! ¡LE ARRUINARON LA VIDA! —tiré todo lo que encontré sobre el escritorio, los papeles, el whisky, las fotos—. ¡QUÉ MIERDA SON USTEDES! —Cálmate, hija —dijo Arturo, con voz seca. —¡NO ME LLAMES ASÍ! —grité, temblando de impotencia—. ¡NO SOY NADA TUYO! Él se acercó en dos pasos. En un segundo me sujetó de los hombros, con fuerza brutal. Me sacudió hasta que me dolieron los huesos. —¡BASTA! —¡NO! —rugí, y lo escupí en la cara—. ¡HIJO DE PUTA! Su mano se movió tan rápido que apenas me percaté del golpe brutal. El impacto me dio vuelta la cabeza con un ardor que me nubló la vista mientras el mundo se giraba debajo de mis pies. —No vuelvas a faltarme el respeto —dijo despacio, limpiándose la mano con un pañuelo. Su mirada era un pozo n***o sin fondo que, si lo miraba por más tiempo, acabaría perdida en él. Logré alejarme lo suficiente su agarre, pero mis piernas no dejaban de temblar, casi no podían sostenerme. —¡Odio todo lo que eres! —alcancé a decir. Arturo chasqueó los dedos. Uno de sus hombres apareció en la puerta. —Enciérrenla en su habitación y que no vuelva a salir hasta que yo lo diga. —Su voz no admitía réplica. Me arrastraron, y aunque pataleé, grité, arañé, los tipos ni se inmutaron. Golpeé cada marco de puerta que pasamos. Cuando me tiraron adentro, la furia me devoró. Golpeé la pared, la puerta, lancé la lámpara contra el suelo. Las astillas volaron como mis pensamientos. Tiré los libros, rompí el espejo, pateé la mesa. Todo lo que estaba a mi alcance lo destruí. Y aun así, nada acallaba el dolor. Golpeé hasta que me dolieron las manos y el alma pesó un poco menos... Cuando caí rendida en la cama, era apenas un ovillo entre los restos, las lágrimas seguían corriendo, calientes, inagotables. (...) No supe cuánto tiempo pasó. El sol ya se había ido cuando la puerta se abrió. Uno de los gorilas de Arturo entró, empujando un carrito con una televisión pequeña encima. —Tu padre quiere que veas algo —dijo sin mirarme. El zumbido del aparato llenó la habitación. La pantalla parpadeó hasta que la imagen se aclaró. Era un hospital. Un aparato pitaba con regularidad. En la cama, inmóvil, estaba Juana. Tenía la piel pálida, un vendaje en el brazo para fijar la vía y los labios resecos. Alguien, fuera de cámara, sostenía una jeringa cargada con un líquido oscuro. —Todo depende de ti, Gala —dijo una voz masculina que no reconocí—. Si haces lo que él pide, Juana vivirá. Si no… bueno, ya sabes cómo terminan las cosas cuando desobedeces... —¡No! —grité, intentando apagar la televisión. Pero el gorila me sujetó la muñeca. —No lo apagues. Tu padre quiere que lo mires cada segundo. —¡Déjame! —Dice que lo recuerdes cuando te pregunten qué vas a declarar. El nudo en mi garganta me ahogó. La imagen de Juana seguía ahí, tan vulnerable, tan rota, y entendí que Arturo me había dejado sin salida. Si quería salvarla, tenía que mentir... tenía que lastimar a alguien a quien amaba más que a mí misma. O dejar morir a Juana... No. No podía dejar que eso pasara. Cuando el hombre se fue, la habitación quedó en silencio. Me dejé caer al suelo y lloré hasta que no quedaban lágrimas. Cuando escuché la cerradura girar otra vez, ya no tenía fuerzas para levantarme. Entraron dos mujeres que no conocía, vestidas de n***o, discretas como sombras. Una de ellas llevaba un vestido color marfil colgado del brazo; la otra, un maletín con maquillaje. —Señorita, debe prepararse —dijo la más alta, sin mirarme. No pregunté para qué. Ya lo sabía. Me dejaron sentada frente al pedazo de espejo roto mientras una me recogía el cabello y la otra tapaba con base las marcas del golpe. El reflejo me devolvía una imagen que no reconocía: una mujer pálida, con los ojos vacíos y la boca pintada como si la vida aún corriera por sus venas. Una muerta en vida. Eso era lo que Arturo quería que subiera al estrado. Cuando terminaron, me ayudaron a ponerme el vestido. Era elegante, de tela liviana, el tipo de prenda que usaba en los eventos de mi padre. Me apretaba el pecho y los brazos, como si la ropa misma intentara contener la culpa que me ahogaba. —El coche la espera —murmuró una de ellas, bajando la mirada. Caminé por el pasillo en silencio, escoltada por dos guardias. El ruido de mis propios tacones me parecía ajeno. Afuera, el invierno aguardaba con su aire helado, impregnado de desolación. Arturo ya estaba en el automóvil. Me esperó con una sonrisa sarcástica, la de un hombre que cree tener el mundo bajo control. —Sube, hija —dijo con voz tranquila. Obedecí. El interior del vehículo olía a cuero y poder. En el asiento de adelante, Román sostenía una tableta. Cuando la pantalla se encendió, sentí el estómago encogerse. Juana. Otra vez esa cama blanca, los tubos, las máquinas. Un hombre con guantes ajustaba el suero con lentitud, como si disfrutara del efecto. —Solo debes decir las palabras —dijo Arturo, sin apartar la vista del camino—. “Me obligó”. Eso es todo. No respondí. —Di que te forzó a firmar, que te amenazó, que te retuvo contra tu voluntad —continuó, cada frase más fría—. Después de eso, todo habrá terminado. Mis dedos se crisparon sobre el regazo. —¿Y Juana? —pregunté apenas, con un hilo de voz. Él me miró por el espejo retrovisor. —Viviría. —Hizo una pausa antes de añadir—: Siempre cumplo mis tratos. La imagen en la pantalla cambió. El hombre del hospital acercó la jeringa a la vía de Juana, la aguja rozando el plástico transparente. No inyectó nada. Solo esperó. —¿Ves? —susurró Arturo—. Todo depende de ti. Las lágrimas me ardieron, pero no las dejé salir. Si lloraba delante de él, le daba más poder sobre mí. Así que respiré, conté hasta tres y asentí. Arturo apagó la tableta y apoyó una mano en mi rodilla, con gesto paternal. —Haz que me sienta orgulloso de ti, hija —dijo, y esas palabras me hicieron sentir náuseas. El coche se detuvo frente al tribunal. Afuera, los flashes de las cámaras se reflejaban en los ventanales. Los guardias me abrieron la puerta. Salí. El murmullo de la prensa me envolvió como un enjambre. Cada paso que di hacia la entrada fue un entierro silencioso. No de Guille. De mí. Respiré hondo. Sentía la garganta cerrada y las manos frías, rigidas, pero igual subí los escalones. Cada paso era una traición que estaba por cometer contra el amor de mi vida… contra mi misma. El fiscal me hizo jurar decir la verdad. Asentí, aunque ya no sabía qué significaba esa palabra y que lo que saliera de mi boca, no lo sería. El juez me miró. —Señorita Castillo —dijo con tono grave—, ¿puede relatar ante este tribunal lo ocurrido con el acusado Guillermo Cruz? Mis labios temblaron. Vi a Guille sentado entre los guardias, con los ojos cargados de algo que me dolía más que cualquier golpe: esperanza… fe… confianza. Pensé en Juana, conectada a esas máquinas y en el líquido oscuro de la jeringa. Y entonces hablé. —Sí, señoría —dije, sintiendo cómo se me quebraba el alma—. Guillermo Cruz… me obligó a casarme con él. El murmullo de la sala se desató como una tormenta. Yo mantuve la mirada baja. Y supe que, en ese instante, acababa de firmar nuestra condena…
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