Arturo
El whisky tenía mejor sabor cuando lo acompañaba el silencio de la derrota ajena.
El mundo allá afuera era un caos, pero aquí dentro reinaba el orden. Mis normas. Mi ley.
Me acomodé en el sillón de cuero, con el vaso en la mano y una sonrisa en el rostro. No había mayor placer que ver cómo un simple movimiento de mis dedos bastaba para derrumbar vidas enteras.
La puerta se abrió y entraron. Héctor, erguido como si hubiera ganado un título, y mi hija… mi desobediente hija... tenía los ojos hinchados, las mejillas rojas de tanto llorar, los labios partidos de apretarlos contra la rabia o el miedo. No me importaba.
Me puse de pie, despacio. Caminé hacia ella, y sin dar aviso levanté la mano, estampando la palma contra su adorable rostro. El golpe resonó en la oficina como un látigo. Ella se encogió, apretando los brazos contra el pecho, pero no lloró esta vez. Solo bajó la cabeza.
—¿Creías que podías hacerte la lista conmigo? —le gruñí, sujetándole la barbilla para obligarla a mirarme—. ¿Acaso te olvidas de quién eres? Eres mi hija, mi sangre, mi propiedad.
La solté con un empujón. Caminé hasta el escritorio y encendí el televisor colgado en la pared. La pantalla mostró una imagen en vivo: Juana, en la escuela, sentada en un banco del aula, repasando sus cuadernos.
El aire se le escapó a Gala en un jadeo.
—Por favor… —dijo, su voz hecha pedazos—. Por favor, no le hagas nada a ella.
Tomé un sorbo de whisky, disfrutando cada segundo de su angustia.
—No soy un monstruo. —Sonreí con ironía—. Bueno… la verdad es que sí lo soy. Pero todo es tu culpa. Tú me obligaste a hacer esto.
Ella temblaba de pies a cabeza.
—Dime qué quieres —sollozó—. Dímelo y lo haré.
Apunté con el vaso hacia la pantalla.
—Quiero que anules tu matrimonio. Quiero que confirmes que ese tal Cruz te obligó a firmar los papeles.
—Pero eso no fue así… —balbuceó, horrorizada.
En la pantalla, un punto rojo apuntó la cabeza de la mocosa. Un hombre vestido de n***o se veía más allá de la ventana, arma en mano. Gala gritó, pero el sonido se quebró en su garganta.
—Solo debo enviar un mensaje —dije, sacando el teléfono—. Y esa niña desaparece para siempre.
El hombre saludo con el teléfono en la mano que no tenía el arma. La chiquilla levantó la cabeza, inocente, sin imaginar nada. Gala rompió en un grito desesperado.
—¡Sí! ¡Está bien! ¡Lo haré! ¡Lo haré! ¡Déjala en paz!
Me incliné hacia ella, complacido.
—Sabía que harías lo correcto.
Escribí un mensaje breve y lo envié. En la pantalla, el hombre miró su teléfono, asintió y guardó el arma. Se fue sin mirar atrás. La niña continuó con sus cuadernos ajena a lo que estuvo a punto de pasar.
Gala cayó de rodillas, tapándose la cara con las manos, llorando en silencio.
—Por suerte hiciste todo a escondidas —continué, apagando el televisor—. La prensa no se enteró de nada. Y ahora, mi querida hija, iremos a la policía.
Ella levantó la vista, con las lágrimas todavía colgando en sus pestañas.
—¿Tendrá muchos problemas? —preguntó, apenas en un hilo de voz.
—Nah —terminé mi trago—. Solo la anulación por coacción. Nada más que romper un papel.
Ella asintió, resignada, y dolida hasta el fondo.
La tomé del brazo y la obligué a ponerse de pie. No la solté mientras la arrastraba por el pasillo, cruzando las puertas. Era otra de mis pertenencias, una que debía devolver al estante correcto.
—Vamos, Galardiel —le murmuré al oído—. A reparar el error más grande de tu insignificante vida.
La llevé hasta la camioneta. El chofer abrió la puerta sin preguntar nada. Ella subió en silencio, con la mirada clavada en sus rodillas. Héctor nos siguió, con una sonrisa que me dio ganas de romperle los dientes, pero me contuve. Todo a su tiempo.
El motor rugió y salimos hacia la comisaría. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Por dentro, yo saboreaba la victoria.
Mi hija volvería a estar bajo mi control. Y ese pobre infeliz de Cruz… pronto aprendería que nadie, absolutamente nadie, le roba algo a Arturo Castillo.
(...)
La comisaría olía a café quemado y recalentado. El pasillo vibraba con teléfonos que no dejaban de sonar y la luz fría de los fluorescentes volvía todo más pálido, más cansado.
Desde la silla de plástico donde esperé, escuché el tecleo mecánico del oficial que tomaba la declaración de Gala. Héctor se paseaba con los pulgares enganchados en el cinturón, ansioso como cachorro con correa corta.
La puerta de interrogatorios se abrió al fin. Gala salió con los ojos enrojecidos, la mirada perdida en un punto que no existía. Sostenía entre los dedos un pañuelo húmedo. No me miró.
—Llévala a casa —le dije a Héctor, sin dejar lugar a discusión—. Directo. Nada de desvíos.
—¿Y tú? —preguntó, demasiado cerca de un tono que no acepto.
—Tengo que asegurarme de que el sistema funcione —respondí, sonriendo con cortesía—. Ve.
Héctor asintió. Tomó el brazo de Gala con una posesión que me irritó y se la llevó por el pasillo. Ella caminó como se caminan las orillas de un sueño: sin ver.
Me puse de pie y avancé hacia el box de atención. Detrás del mostrador había un sargento robusto, bigote prolijo, dedos gruesos sobre el teclado.
Al levantar la vista y verme, se mostró nervioso. Los ojos le brillaron como a un niño al que le acaban de regalar lo que había pedido para navidad.
—¿Usted es…? —bajó la voz—. Disculpe, señor Castillo, ¿verdad? El agente… He ido a dos veladas suyas. La del Luna… inolvidable.
Extendí la mano con fingida cordialidad.
—Me halaga que lo recuerde. Aunque hoy no vengo por trabajo, sargento. Vengo como padre.
El hombre enderezó la espalda, mostrándose solidario.
—Por supuesto, señor. ¿Su hija es la señorita Galardiel? Recién terminamos su declaración. Qué situación tan… penosa.
Suspiré, como si la situación realmente me pesara.
—Penosa es un adjetivo amable. —Deslicé un sobre fino por el mostrador—. A veces la palabra justa es “atroz”. Mi hija ha sido manip... —Me contuve—. No quiero decir más de lo debido. Solo… —toqué el sobre con dos dedos—… quería agradecer el profesionalismo. Dos cortesías para la velada del mes que viene. Estaba agotada, pero siempre hay sillas para quien cuida el orden.
El bigote del sargento se erizó de felicidad. El pulgar tembló sobre el borde del sobre.
—Señor, no es necesario…
—Jamás es necesario lo que es justo —dije, y dejé que la frase hiciera su trabajo—. Y ya que hablamos de justicia, hay un punto que me preocupa. He leído la minuta preliminar. Se tramita la anulación por coacción. Correcto. Pero hay hechos que… —incliné la cabeza, fingiendo confidencial—… deben asentarse para evitar que el agresor se escurra por tecnicismos.
La palabra “agresor” le dio forma al aire y el sargento se aclaró la garganta.
—Estoy a su entera disposición, señor Castillo. ¿Qué considera que falta?
Me incliné sobre el mostrador, sin importarme que los demás me miraran.
—Privación ilegítima de la libertad. —Articulé despacio—. El muchacho… Cruz, llevó a mi hija a un sitio que no era su domicilio, la retuvo, y en ese contexto la obligó a firmar. Usted sabe cómo se arma el cuadro: coacción, intimidación, aprovechamiento de vulnerabilidad —Hice una pausa breve—. No quiero enseñarle su oficio. Solo… temo por la seguridad de mi princesa y su entorno si ese individuo sale caminando por la calle como si nada.
El sargento asintió con un fervor inocente que casi daba ternura.
—Tiene razón. Debemos ampliar —dijo con seguridad, moviendo el teclado hacia él—. ¿Me autoriza a dejar constancia de su manifestación como padre? Puedo redactar un acta complementaria que se anexe a la denuncia de la señorita Galardiel.
—Por supuesto —dije, con una expresión de agradecimiento y sorpresa—. Y déjeme corregirle un detalle: no es mi manifestación. Es mi horror. —Apoyé los nudillos sobre el mármol—. Mi hija es una estudiante. No sabe defenderse de depredadores de ese tipo. Yo sí. Pero no quiero hacerlo con mis manos. Para eso están ustedes.
La última frase le dejó los hombros cuadrados de orgullo.
—Quiero pedirle por mi pequeña absoluta reserva y que el caso sea manejado con discreción—. No quería un gran escándalo. No ahora.
El sargento asistió. Tecleó rápido, murmurando lo que escribía:
—“El padre de la denunciante refiere que el ciudadano Guillermo Cruz, alias ‘Cruz’, habría sustraído a la víctima de su ámbito habitual, trasladándola a lugar desconocido, reteniéndola contra su voluntad y forzándola a contraer matrimonio mediante amenazas.” —Levantó la vista—. ¿Es correcto?
—Añada —dije, con suavidad— que teme represalias en contra de la menor Juana C., hermana del prevenido, y solicita medidas urgentes de protección. Si me permite, he gestionado por mi cuenta vigilancia privada, no pienso dejar a esa hermosa niña vivir bajo el yugo de ese sujeto.
—Claro que sí. —Siguió tipeando—. Medida de restricción de acercamiento, custodia preventiva del domicilio de la menor y de la denunciante. Y… —vaciló— ¿solicitamos detención?
Sonreí sin dientes.
—Yo no sé de estos procedimientos, sargento. Pero si mi hija fuera su hija… ¿no querría usted que quien la dañó responda de inmediato?
La idea hizo lo suyo. Tomó el teléfono de línea con la urgencia del que se despierta.
—Comisario, el sargento Salvatierra. Amplío: tenemos anulación por coacción y acta complementaria del padre. Sumo: privación ilegítima de la libertad y amenazas. Solicito orden de detención para el sujeto Guillermo Cruz, masculino, de descendencia latina, alias “Cruz”, boxeador. Domicilio probable en barrio Sur, y paradero alternativo: gimnasio de la zona. —Silencio. Luego asintió—. Sí, señor. Ya mismo. —Colgó. Sus ojos, brillantes—. Procedemos.
Bajó la voz, conspirativa.
—Señor Castillo… ¿podría…? —tocó el sobre—. Mi hijo es fanático. ¿Sería muy abusivo pedirle… una foto, más tarde igual, cuando usted no esté tan…?
Reí con la calidez justa para meterlo en mi bolsillo.
—Será un placer. Y si es diestro, tráigalo al gimnasio. Le presento a un entrenador como los de antes. —Deslicé otra tarjeta, esta vez con un número que no aparece en ninguna guía—. Si necesita algo, llámeme.
El sargento acarició el papel como si fuera una reliquia. Luego se recompuso.
—Voy a comunicar a móviles. Orden de arresto inmediata. —Tecleó un código en un intercomunicador—. Atenea, priorice alerta: detenido masculino, alias Cruz. Si lo ubican, esperen apoyo. El sujeto es profesional. No se confíen.
Mientras daba instrucciones, yo observé el tablero de corcho con recortes amarillentos. Las caras de los que creyeron estar por encima del sistema me miraban desde allí. Todos tienen algo en común: terminaron entendiendo de quién son las reglas.
El sargento colgó, orgulloso del deber cumplido.
—Todo listo.
Asentí, mostrándome más paternal de lo que jamás fui.
—Gracias. No imagina lo que significa para un padre escuchar esas palabras.
Perfecto. Todo quedó lo bastante rudo para quebrarle el orgullo; y lo bastante técnico para que tarde en salir.
—Yo, mientras tanto, debo ver a mi hija. Está… —busqué la palabra con un gesto—… frágil. Y no quiero que ese estado se interprete como debilidad. —Le apreté el antebrazo, un segundo—. Gracias por cuidar a los nuestros.
Me despedí con una sonrisa para ser recordado como un hombre correcto en un día incorrecto. Crucé el pasillo sin prisa.
El aire de la calle me recibió con su humedad que anunciaba una tormenta. Subí a la camioneta y el chofer arrancó sin que yo lo ordenara.
No me considero sádico, sino eficiente.
El pánico que sembré hoy rendiría frutos durante años. A los muchachos como él se les enseña así; con causas y consecuencias.
A las niñas como ella, con límites y golpes invisibles que sangraran toda su vida.
Y a los perros con hambre como Héctor, con huesos arrojados en el momento justo para que se entretengan.
—Héctor… Hecticor —mascullé entre dientes—. Debo enseñarte a no morder la mano de tu amo. ¿Tal vez partirte una muñeca…?
Respiré hondo, satisfecho. La primera ficha ya había caído. Las demás la seguirían por pura gravedad.