Juliett le hizo un gesto con un movimiento de cabeza. —Vamos, te mostraré algo —la invitó. Isabell tomó la mano que le ofrecía su hermana y sólo se dejó guiar por los deseos de esta. Entonces en menos de lo que para el mundo de los vivos podría ser un minuto, ambas estaban a orillas de un mar bravío en las costas de Rusia. Las olas se levantaban a una altura de algunos veinte metros y se estrellaban contra las rocas y la arena con violencia, emitiendo un zumbido fuerte. A esa hora de la madrugada el agua tenía un aspecto azul fosforescente en combinación con un tono grisáceo. —Caminemos —la invitó de nuevo, proponiéndose a avanzar hacia el agua. —¿Sobre el mar? —preguntó escéptica Isabell. —O por debajo —se encogió los hombros tras esa respuesta—. Somos fa
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