LAS ESPINAS DE LANCE

2821 Palabras
Pero los ojos no siempre saben ver. Hay que buscar con el corazón. (“El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry) El día en "El lugar” comenzaba muy temprano. Y aunque Lance casi nunca salía de su habitación, sabía en qué momento empezaba el día de todos. Allá afuera de las ventanas el ruido de los autos se escuchaba y al otro lado de su puerta las personas caminaban por el pasillo: los enfermeros, los médicos, los voluntarios, los maestros, los familiares de todos los pacientes aquí. Él sabía que la mayoría eran de entrada por salida, es decir, venían a sus terapias o clases y después se iban. Lance hace mucho que no tomaba ninguna clase. Ya no era un niño necesitado de aprendizaje. Hacía años que había dejado de serlo. Sabía todo lo que pudo haber aprendido ya: podía vestirse y desvestirse solo, sabía leer Braille y cómo usar sus aparatos eléctricos, incluído el móvil donde también tenía audiolibros —aquel al que nunca nadie llamaba—, podía moverse sin problemas por toda la habitación —allá afuera no, pero por eso nunca salía—, podía bañarse sin ayuda y había aprendido a leer alos demás, no sólo a verlos con sus manos, sabía cómo eran sin necesidad de sus ojos. No necesitaba ayuda y podría pagar a alguien que lo acompañara y lo tratara bien, aunque fuera por obligación, pero ¿dónde quedaría la diversión en eso? No. Lo único que lo sacaba de su oscura rutina eran ellos. Los voluntarios que venían aquí con su lástima hacia él y se iban, a los pocos días, odiándolo. Hoy, nada raro en realidad, no se sentía bien. Era martes y un nuevo voluntario vendría, un tal William. No sabía mucho de él, sólo que debía hacer una especie de servicio social y que era extremadamente millonario y superficial. Un niño rico cualquiera. Y no tenía ganas, pero lo hizo: salió de la cama, arregló las cobijas lo mejor que pudo, se dio una ducha, se puso ropa limpia y espero el desayuno aunque no tenía hambre. Sabía que si no lo hacía un psicólogo vendría y él no quería eso. Llevó la mecedora del abuelo frente a la ventana. Tocó el cristal con su palma extendida sólo para asegurarse que era el lugar correcto; aunque después de tantos años aquí era casi imposible equivocarse. Se quedó un momento así, de pie frente a la ventana, con una mano alzada, su rostro hacia la calle dando la ilusión de ser un persona cualquiera mirando el tráfico de allá afuera, las personas yendo de prisa a sus trabajos, niños siendo apresurados por sus padres porque iban tarde a clases... Mirando la vida pasar. Pero era sólo eso: una ilusión. Él no podía ver nada. Al final, con un suspiro cansado, dejó caer su mano y se sentó en la mecedora. Sabía que no era cierto, pero a veces creía que el olor a tabaco del abuelo seguía ahí. El abuelo. Extrañaba mucho al abuelo. Él había sido el único que lo trató como una persona, pero cuando él murió... Lance gruñó. Podía sentir la luz del sol dándole de pleno en el rostro, pero para eso estaban las gafas oscuras. Por lo demás no le molestaba. Le gustaba la sensación cálida en su piel, uno de los pocos momentos en que se sentía vivo. Y eso estaba haciendo, nada, cuando lo escuchó entrar. Se puso tenso, aunque no supo la razón. Lo escuchaba moverse y pisar con cuidado, como si no quisiera hacer ruido. Lance casi sonrió, era imposible entrar sin que él lo supiera. No poder ver había agudizado sus otros sentidos. Lo escuchó también maldecir y mascullar otras palabras. Su voz, aunque baja, le provocó un escalofrío. No era cómo se había imaginado la voz de un chico rico al que no le importaba nada más que su dinero. Sintió, o presintió, que él estaba por irse. Y no debería importarle, a este le sucederían otros tantos voluntarios. No era nada importante su huida, como no era nada especial su presencia. No le afectaba que se fuera. No debería importarle. Pero se encontró abriendo la boca y diciendo: —No te equivocaste. Es aquí donde debes estar, Will. Él odiaba los apodos y los motes cariñosos. Permitía en su persona sólo "Azul" por lo que significaba. Pero nunca los usaba en nadie más, así que no supo por qué lo llamó a él así. Sólo se sintió correcto: Will. Fue agridulce probar el nombre en su lengua, porque se sintió casi...bien. Así que intentó ignorar la sensación y se giró para "mirarlo". No podía verlo obviamente y se sintió como garras arrastrándose hacia su pecho saber que nunca sabría cómo era él. Era algo a lo que no creyó que pudiera acostumbrarse nunca. Aunque no debería importarle cómo era este tipo que se moría de nervios ahora mismo. Había pasado ya un buen rato cuando él contestó cortante: —Soy William. Lo que le hizo pensar que tampoco le gustaban los apodos, sobrenombres, motes cariñosos o, en este caso, los hipocorísticos. Ya sabes, el acorraló de nombres; de William, Will. Así que, por supuesto, de ahora en adelante él sería sólo "Will" para Lance. Sus mejillas dolieron un poco. Un recuerdo lejano de los efectos secundarios de las sonrisas. —Lo sé. —Tú eres Lance. Yo vine a... Lo cortó rápidamente, porque no le interesaba una larga introducción. Entre menos tiempo estuviera aquí, mejor. Y no quería que le dieran de comer o lo vestieran —-muchos parecían pensar que por ser ciego era un inútil, esos eran los peoresSólo aceptaba a los voluntarios porque podían leerle, prestarle sus ojos y su voz un momento. De niño le había gustado leer, tanto. Quizá lo que más le dolía haber perdido; el Braille no era lo mismo y, además, no había tantos libros como quisiera. Sólo le pidió una cosa: nada de religión. No quería escuchar de ningún Dios; porque si él existiera realmente, no lo dejaría sufriendo así. Ni de ángeles de la guarda o algo por el estilo, porque ellos no habrían dejado que sucediera. Y, por supuesto, no le milagros. Porque no son reales. Él había pedido tantas veces antes de dormir que al despertar todo fuera diferente, pero nunca fue así. Cada amanecer era igual: n***o. Y su malestar aumentó cuando William leyó. Tenía que ser una broma. No pudo aguantarse la risa, aunque nada de esto era divertido. Pero era eso o ponerse a llorar. Y lo último que quería era la pena del chico nuevo. Cuando pudo controlarse un poco le pidió leerlo de nuevo. Quizá había escuchado mal. «Por favor, por favor, que haya sido un error...» Pero ningún error. William, con su inusual voz rota y melancólica, leyó las mismas palabras tan familiares y de las que ya estaba harto: “He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Se rio tanto que dolió y eso fue bueno. El dolor en sus costillas le hizo olvidar el de su corazón. Hacía frío, o quizá sólo era él, cuando le dijo: —¿De verdad? ¿Eres tan poco original? Porque, por supuesto, como soy ciego elegiste El principito para leerme. —Pero... —Will empezó a balbucear, obviamente sorprendido y avergonzado. Para pasar después a furioso—. ¡Te estoy haciendo un maldito favor! Estoy siendo amable, además. Eres ciego y he elegido UN... —¿Un fragmento que habla de que lo más "importante" se puede ver con el corazón, que no necesito mis ojos para ser feliz? ¿Qué puedes saber tú de eso cuando puedes ver todo lo que quieras? —Yo... —William parecía no saber qué decir. Pero Lance sí lo sabía. —Vete. —-Pero... —¡Vete! —se puso de pie, furioso. Y quizá no era culpa de William, pero no era un buera día para él. Y entonces lo sintió y lo escuchó más cerca. —¡No puedo irme! Podía imaginarlo, aunque no supiera cómo era, pataleando o pisoteando con fuerza. ¿Haría pucheros? La idea casi lo hace sonreír. Fue suficiente para perder parte de su furia. —Sólo vete. No vuelvas. No te quiero. Hubo un momento de silencio. Después sintió la mano de Will en el hombro. —No puedo irme, yo... Y Lance sintió el pánico crecer. No le gustaba que lo tocaran y definitivamente no un desconocido. Se sacudió la mano haciéndose para atrás. —No me toques y no vuelvas. Ya te lo dije. Sal de aquí. Eres un idiota superficial que lo tiene todo, obviamente no hay nada que te falte. Así que no puedes entender el dolor de los demás y lo peor es que pretendes fingir que lo haces, viniendo a decirme que ”Lo esencial es invisible a los ojos...” Él todavía no terminaba cuando lo escuchó decir “Idiota”, seguido de sus pasos apresurados y la puerta azotándose. No supo si lo decía para él mismo o para Lance. Pero este, mientras se dejaba caer de nuevo en su mecedora, sabía que lo era. Era un idiota ciego. ***** — ¡idiota! —William dijo, por enésima vez, cuando entró al departamento que compartía con Joseph desde hace un año. Lanzó el libro -que aparentemente no tenía que comprar y que se había negado a donar a la biblioteca del Lugarsobre el sofá y fue a servirse un trago de vodka. Quizá era demasiado temprano para beber, pero el idiota de Lance lo había sacado de sus casillas. Mira que llamarlo superficial y además asumir que si vida era perfecta, que nada le faltaba... —¡Ja! —apretó con fuerza el vaso que ya estaba vacío, su garganta dolía, aunque no pensaba que fuera por el alcohol. Quizá era el grito que se estaba callando, las lágrimas acumulándose o la risa histérica que no había notado ni sabía en qué momento comenzó. Su mano ardió y miró, con la vista empañada, la sangre. ¿En qué momento el vaso se quebró? ¿Y cuánto llevaba llorando? —Idiota —dijo de nuevo, aunque ya no sabía si era para Lance o para él mismo. Se secó, con la otra mano, los ojos y se apresuró a limpiar todo. Aunque Joseph no llegaría hasta tarde, no podía permitir que viera este desastre. Diría de nuevo que no debía tomar tanto, le recordaría lo que ya se decía de él en sus círculos sociales y que no era una buena imagen para su importante novio abogado y, por último, sugeriría de nuevo —como desde la muerte de sus padresir a terapia o a alguna exclusiva reunión de alcohólicos anónimos. De esas VIP donde nadie diría su nombre. Ni siquiera supo qué fue lo que lo hizo terminar ahí, pero se acurrucó en el sofá. Buscando algo que ver en televisión. El libro le picaba una pierna y, cuando lo tomó para arrojarlo a la basura -¡Al diablo con Lance y el trabajo comunitario; él iba a pagar la multa mañana mismo!-, sucedió: Recordó las palabras de una de sus profesoras. No recordaba la clase exacta, aunque quizá era Literatura porque hablaban de libros. Ella siempre decía que las palabras de los libros son más que eso, que no son sólo letras o textos, que son sentimientos, saberes, experiencias... Él había amado su carrera y la lectura. Pero después...todo se había ido al diablo. Dejó la Universidad, se mudó con Joseph, empezó a beber y vivió del dinero que sus padres ya no necesitaban. Porque estaban muertos. —Estúpido Lance —dijo, de nuevo. Pero estaba sonriendo, triste, cuando apagó la televisión y abrió el libro. Le iba a demostrar que había elegido este libro por algo más que esa cita aunque sí lo había escogido por eso—. Por puro orgullo le iba a enseñar que él era más que un niño rico superficial y que "El principito" era más que un cuento con una bonita frase cliché para ciegos. No supo cuántas horas estuvo leyendo y releyendo el libro. Incluso había ido por un cuaderno e hizo anotaciones y hasta subrayó varias frases. Pero cuando la puerta se abrió, haciéndolo saltar, notó dos cosas: que empezaba a oscurecer allá afuera y que tenía mucha hambre. —¿Qué hora es? —dijo, dejando todo a un lado y levantándose para estirarse. Ay, todo le dolía. Escondió su mano mal vendada cuando Joseph murmuró que eran las 6:30 pm y se acercó a él mirándolo con sospecha, o mejor dicho mirando las cosas en el sofá. —¿Qué es eso? —él se rio. No feliz u orgulloso, más bien una burla—. No me digas que vas a volver a estudiar a estas alturas. ¿Y que tendría de malo? William no entendía lo gracioso. El mismo Joseph se la vivía hablando de hacer pronto una maestría. ¿Por qué él no podría, si quisiera, regresar a la Universidad? —Nada —le dijo, con los dientes apretados. Lo interceptó antes de que llegara al sofá y, sólo para distraerlo, intentó besarlo. Joseph se hizo para atrás con una mueca extraña. —Apesto. Todo el día en la oficina... —se aflojó la corbata y comenzó a sacarse el saco, alejándose más. William frunció el ceño ante una mancha roja a un lado de su cuello. Definitivamente él no había hecho eso. Se tocó él mismo el sitio de la marca en su propio cuello y preguntó: —¿Eso en tu...? —¡Uf, sí, la corbata me lastima! —Joseph se quejó. Dijo que tomaría una ducha y que si podría pedir comida para ambos. China estaba bien. ¿La corbata? ¿Desde cuándo las corbatas dejan esas marchas? Pero no dijo nada. Pidió la comida y tomó su cuaderno. Miró algunas de las frases que había copiado y lo que anotó al lado. Dos en particular llamaron su atención, era como si el libro le quisiera decir algo. La maestra tenía razón, eran más que simples palabras y contaban más que una historia. La primera -“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaría a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón...”lo hacía preguntarse desde hacía cuándo él no sentía emoción alguna ante la llegada de Joseph. ¿Por qué su corazón, incluso sabiendo sus horas de llegada, no se aceleraba? Su ceño se frunció más al ver la segunda: “Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden y las espinas son su defensa”. Quizá Lance no era malo. Era débil y sus espinas eran sus palabras. Necesitaba defenderse de alguna manera. Y esa era la que había encontrado. La comida china llegó. Comieron juntos, no dijeron más de tres o cuatro frases. Joseph no notó su mano herida ni preguntó cómo le fue en su primer día, aunque sí le informó que se había asegurado de que William en realidad acudió a su cita. Quizá hizo alguna broma de que al menos así leería algo por fin, si es que todavía recordaba cómo... —Es un chiste —dijo, al final. Se puso de pie y tomó ambas cajas de la comida para llevarlas a la basura; la de Will todavía tenía un poco, pero no le preguntó. Después se encerró un rato más en su oficina y sólo salió cuando ya era su hora de dormir. Joseph era muy estricto en su horario de sueño. William le dijo que se quedaría un momento más. Joseph no preguntó qué estaba haciendo, aunque sí se sorprendió de que no fuera a irse de fiesta. Se echó para atrás cuando Will quiso darle un beso de buenas noches. —Acabó de usar un exfoliante en los labios —fue su excusa. William no veía nada en sus labios y no entendía cómo un exfoliante le impediría besar, pero no dijo nada. Él tampoco se moría por un beso. Empezó a leer por última vez El principito. Ya casi se lo sabía de memoria, pero quería estar listo para demostrarle a Lance que no era un tonto que eligió el primer libro que iba a leerle sólo por una frase popular. Ni siquiera sabía por qué quería demostrarle algo o si se suponía que mañana debía volver, pero así lo haría. Al final se quedó dormido en el sofá. Joseph no lo despertó para que fuera a la cama con él.
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