Deborah miró la ropa ensangrentada de Levka en el cesto de la habitación. Por más costosos que fuesen los trajes de los rusos, no repetían su ropa, a menos que fuese Ignati, quien poseía una fascinación por usar las ropas manchadas con la sangre de sus enemigos. Después de conocer a Nina, fue que eligió cambiarse un poco más las franelas blancas y lavar la sempiterna chaqueta negra. Deborah elevó la camisa empapada de sangre seca y escaneó la dimensión de la mancha. Parecía de días, lo que la llevó a pensar que fue durante los dos días que estuvo encerrada. Levka abrió la puerta y sus ojos azules impactaros los de su Dama. Levka guardó sus manos en los bolsillos y dio varios pasos hacia ella. Se podía cortar la tensión con la navaja que guardaba en su bolsillo. Deborah terminó de extraer

