Veinte años después —¡Alza la guardia! —le gritó Shaindel a Alenka—. Tienes que ser más rápida que el oponente, más inteligente y más letal. Peleaban con nunchaku. La habilidad de la hija de Adkik era golpear al oponente con uno de esos palos. Alenka se protegía el rostro con los brazos, mientras giraba el antebrazo con el pulgar hacia arriba, girando el palo en direcciones opuestas. Shaindel, aun con la edad que tenía, no aparentaba que le dolían los músculos en la noche ni que su cabello comenzaba a encanecerse. No era aquella mujer indómita que no tenía contrincantes, ni la que se dejaba golpear con más facilidad que en ese momento. Sus nunchaku golpearon las costillas de Alenka. El dolor se propagaba por su cuerpo. Eso era algo que aún no controlaba del todo, pero trabajaba en ello.

