Adkik no entendía cómo la mujer no se cansaba ni se rendía ante sus negativas. Cuando Adkik decía no, Lionetta se excitaba aún más. Adkik no la veía como algo diferente. Era una más del montón de putas con las que no quería acostarse. No cogería con ella aunque fuese la última mujer en el puto planeta.
Adkik dio dos pasos hacia ella y se inclinó sobre sus ojos.
—Busca un puto consolador —gruñó en sus labios.
Iba a esquivarla cuando Lionetta apretó su codo. Adkik sintió el calor de la mano de la mujer en su piel, lo que lo enojó aún más.
—No quiero un maldito consolador. Quiero a un puto ruso.
Adkik oprimió la muñeca de la mujer y apretó los dientes. No estaba ni siquiera cerca de estar en su mismo rango de placer, menos en su escogencia de mujeres. No fue fortuito que conociera a Milán y que ella se convirtiera en su Dama Roja. La mujer era todo lo que él quería en ese momento, desde la mujer con la que cogería, hasta morir en medio de un allanamiento. Después de tener a una diosa espía como Milán, no tendría a una como Lionetta, que aunque era excelente con el arco, no lo excitaba.
Adkik estuvo con demasiadas mujeres, la mayoría para complacerlo sexualmente. Fueron tantas las que conocieron su cuerpo, que una más no sería diferente. La diferencia la marcaba quien era capaz de enfrentarse a un asesino para salvarle la vida; aquella que no temía decir lo que pensaba aunque la apuñalaran por ello; una que estaría dispuesta a matar en nombre de él. Para el sexo cualquiera era buena, pero ninguna tocó lo que Milán hizo.
—Hay más putos rusos en el barco —replicó Adkik—. No soy diferente, extraordinario, ni mejor en la cama que ellos.
Lionetta estaba completamente segura de que era una gran mentira. Estaba determinada a que ese hombre le sacara los más temidos gemidos que alguna vez alguien tuvo en su puta vida. Por ello se zafó de su agarre y lo miró enfurecida. No estaba conforme con su negativa, así como tampoco lo estaba con el hecho de que fuese la única mujer en el crucero que no era deseada. Una mujer como ella, que se vanagloriaba de su belleza, osadía e inteligencia, no soportaba los desplantes de los jodidos rusos.
—¿Por qué te resistes? —inquirió—. ¿No soy suficiente para ti?
Adkik no sostuvo su pregunta.
—Nadie es suficiente para mí —respondió.
Sin darle mayor importancia a la mujer a su lado, continuó caminando. Lionetta estaba tan enfurecida que no midió sus palabras, ni la persona a la cual se las vociferó.
—¡Ella lo era! —gruñó enojada—. Lástima que su amiga la mató.
Adkik se detuvo de inmediato, con las manos empuñadas.
Lionetta no se detuvo. Dio tres zancadas hacia él, no lo bastante grandes para acercarse, pero sí lo suficiente para hacerse notar. Ella no era una mujer que pasaría desapercibida. Y si necesitaba remover la sangre en el agua para lograrlo, lo haría.
—Apuesto que era asombrosa, pero era una maldita espía. —Sonrió tal como deseaba hacerlo—. No lo lamento, Adkik. Me alegra que los malditos tiburones se comieran su cuerpo.
Adkik no soportó más. Giró. Tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada, las manos abiertas. Dio dos zancadas hacia ella. Bastaron para sujetarla del cuello y colgarla sobre sus pies. Lionetta sintió la dura presión en su cuello, pero ni siquiera bastó para tragarse sus propias palabras. Ella haría lo que fuese para obtener algo de él, así tuviera que rememorar a un fantasma.
—Abres la puta boca de nuevo, y meteré más que mi puño en ella —le gruñó Adkik tan cerca del rostro que Lionetta inhaló el aroma del whisky—. Abre la boca y será lo último que hagas.
La mujer le mantuvo la mirada. Se miraron a los ojos. No había deseo, había una pelea por poder, por sumisión, por doblegarse ante el otro. Lionetta lo pateó con fuerza y ni así la soltó. Cuando Adkik miró que su rostro se tornaba morado, aflojó su mano. El cuerpo de Lionetta aterrizó derecho. Sus piernas no se doblaron y sus pies la soportaron. Ella arrojó el cabello hacia atrás, soltó el aliento que contuvo mientras él la ahorcaba y se enderezó.
—Tu puta espía se esta quemando en el maldito infierno.
Adkik estuvo a milésimas de golpearla, de no ser porque Viktor llegó a la escena. Viktor escuchó la discusión, así como también supuso que Adkik la mataría. Muerta no le serviría, así que decidió unirse a ellos. Lionetta inhaló el aroma del perfume de Viktor, por ende, supo que él estaba detrás. Adkik no quitó la mirada de Lionetta, mientras ella continuaba extasiada por su fuerza.
—Vete de una puta vez antes de que me arrepienta de no romperte el cuello. —Ella se mantuvo allí. No se marcharía porque el jodido Antonov lo quisiera. Ella no era una de esas perras que tenían en sus calabozos—. ¡Qué te largues, maldita sea!
Lionetta entendió que ese no era el mejor momento, sin embargo, no se arrepintió de decirle lo que pensaba sobre Milán. La maldita estaba muerta, pero continuaba inmiscuyéndose en sus planes de llevar a Adkik a la cama. No se rendiría, así tuviese que ir al mismísimo infierno a buscar valor para continuar su cacería. Mientras él pensara que sus intenciones eran malas, jamás estaría con ella, así que en lugar de suplicar, idearía un nuevo plan.
Lionetta giró sobre sus talones y golpeó el hombro de Viktor cuando cruzó la esquina. Adkik miró a su hermano. Se entendían con una mirada. Y mientras Adkik se dirigía a ducharse para cenar, su hermano siguió las pisadas de Lionetta. La mujer subió el ascensor y apretó el botón, pero la mano de Viktor lo detuvo. Lionetta miró el traje verde que constantemente usaba y dirigió toda su atención a los ojos azules que compartía con sus hermanos.
—¿Qué demonios quieres? —le preguntó.
Viktor se detuvo junto a ella y pulsó el botón.
—Quiero unir fuerzas. —La miró de soslayo—. Tienes tus propias intenciones con Adkik, y yo tengo las mías.
A Lionetta no le importaba si quería idear algún experimento social con él o las mujeres que los seguían en el buque. Ella solo quería llegar a tierra firme para comenzar su plan. En ese momento no pensó en la traición. Los Antonov la recibieron, no la mataron ni la trataron como la hermana de una escoria, así que de cierta manera estaba en deuda con ellos, una deuda que solventaría cuando ofreciera un alto precio por la mafia siciliana.
Por su parte Viktor la veía como la única mujer que lo acercaría lo suficiente a Maurizio, hombre que tenía a Nina. Si Lionetta lo ayudaba a pactar una reunión con él, no le entregaría su cabeza en una caja. Todos querían algo, y dependían de alguien, sin embargo, Viktor era el estratega de la organización; aquel que en una era anterior, habría movilizado las tropas del rey.
—No hago planes con rusos —afirmó Lionetta.
—El mío te gustará.
Cuando las puertas se abrieron, Viktor salió y la miró. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, seguido de una pregunta que no solo lo cambiaría todo, sino que colocaría las cartas ganadoras en las manos de su mejor jugador: Ignati Antonov.
—¿Qué te parece el reinado de la mafia italiana solo para ti?
Eso era lo único que ella quería, pero sabía que él no se la daría sin ejecutar un plan y sin seguir las absurdas reglas que colocaría.
—¿Qué debo hacer? —inquirió ella—. ¿Cogerte?
Viktor enarcó una ceja.
—No quiero cogerte. —Frunció el ceño—. Quiero a tu hermano.
Lionetta lo sabía. Estuvo a punto de matarlo en Venecia.
—¿Quieres matarlo?
—Mejor que eso. —Detuvo el ascensor con la punta de sus mocasines—. Quiero que tú lo mates.