XLVI El pequeño se pasaba los días sentado en el pórtico, abrazando un osito n***o de felpa, esperando por alguien que volviera por él. Desde su llegada hacía meses no había pronunciado palabra, no deseaba estar en las clases, no jugaba con nadie, solo se limitaba a respirar. Las monjas de la comunidad estaban ya seguras que él sufría de algún tipo de trastorno, pero para un orfanato tan pobre era imposible conseguir la ayuda de un psicólogo de paga, así que debían esperar la ayuda de los estudiantes que en ocasiones iban a hacer alguna práctica de psicología infantil. La doctora del pueblo más cercano los visitaba dos veces por mes y les decía que físicamente estaba perfecto, mucho mejor que los niños de ahí. Se notaba que donde lo tenían usaban excelentes productos para sus cabellos, p

