XXXVIII —¡Trátalo con cuidado! ¡Ese abono es muy costoso! —gritó el jardinero a su ayudante. El muchacho estaba haciendo el máximo uso de su fuerza física, cargar esos bultos lo estaba llevando al límite. —Señor, por favor, un descanso —suplicó el chico. Eran las 9 de la mañana y él no se había detenido desde muy temprano en los quehaceres. Lamentó haberse topado con el jardinero y haberle ofrecido su ayuda, que ahora le costaría una dosis alta de relajante muscular. Sudaba a cántaros. No hacía mucho calor, pero el ejercicio extremo había exigido mucho de sí. Además, había llegado muy tarde de la escuela nocturna, deseaba dejar todo listo para tener el mínimo de pendientes la noche siguiente. Luego de escuchar los regaños del viejo que hacía lucir el jardín muy bello, por unos minutos m

