Rojo venganza

824 Palabras
Era una enorme casa con tonos bronces, grandes ventanas traslúcidas con tonos rojos y con estatuas de ángeles en la entrada. Sin duda quien viva allí tiene mucho dinero. — Si escuchas mis plegarias, preséntate ante mi y te daré lo que exijas— La voz femenina habló como si me estuviera susurrando al oído. “La tengo” pensé. Chasquee los dedos y una suave llama ardiente me envolvió por completo. Me mostré ante la persona y pude verla. Era una muchacha de cabellos despeinados, marrón sucio y su piel pálida apenas se podía distinguir entre las manchas de tierra. Lo único impecable de ella eran sus ojos. Sus ojos eran como dos diamantes turquesas, grandes y brillantes. Aquella muchacha retrocedió un poco cuando me vio y estaba algo asustada. Pero aquí lo importante no era eso, sino sus deseos. — Me gustaría sacarte esos preciosos ojos. — Fue lo primero que le dije, pero ella no movió ni un músculo y su expresión de sorpresa era divertida como ver a un mono salvaje. — Entonces eres… ¿El Dios de la venganza? — Pregunto insegura, mientras volvía a ponerse de rodillas. Tienen sangre. — Tu me llamaste y me pediste que me presentara ante ti, así que tus deseos son peticiones aceptables. — Me acerque a ella y contemple su cara sucia, creía que se trataba de una sirvienta, pero hasta ellas tienen mejor aspecto. — ¿Para que me has llamado? — Me hinque apoyándome en una de mis rodillas y acerque mi rostro al suyo. — Quiero… Quiero que mates a alguien. Quiero que mates a mi amo. — Su sangre era cada vez más caliente — Quiero que lo hagas sufrir, que lo hagas lamentarse por haber nacido y que muera en agonía por cada tortura que me provocó. — Es demasiado caliente. Su expresión y sus puños apretados eran fascinantes. Había conocido mortales que sus deseos vengativos son tan puros y tan ardientes como las llamas de una chimenea, esa clase de personas me gustan. Esta mujer, su odio y rencor son preciosos; debe ser para mi, su cuerpo, su sangre y sus deseos deben ser solo para mi. Acerque mi mano a su rostro y toque una de sus mejillas, era suave. Baje hasta su cuello, largo y delgado… Me encantaría poner mis manos sobre el para escucharla ahogar y rogar por su vida, sería hermoso. — Quieres hacerlo sufrir, por que te a echo mucho daño, tanto para que recurras a un demonio eh? — — Si. Quiero ser libre, pero no creo que pueda seguir existiendo si supiera que ese horrible monstruo sigue con su lujosa vida…— Más caliente. Ella observó una pintura, la cual captó mi atención. Era de un hombre adentrado a sus 40, gran barba, alto y con algo de sobrepeso. Portaba un traje militar oscuro y en su derecha portaba un rifle de caza; a su lado estaba un Niño n***o arrodillado con una bandeja de plata en sus manos. “Un esclavista” pensé. Se veía desagradable. Observe el lugar donde nos entrábamos, un gran salón con una gran chimenea, había todo tipo de armas de fuego, cuadros y un olor a sangre que provenía de todos los rincones. — Este lugar tiene un olor muy curioso. Temes que tú sangre se vuelva parte de estas pinturas, entiendo. — Pase mi mano por su cabello, estaba bastante enredado y sucio, pero nada que una buena lavada no ayude. Pero tengo que ir al grano. — Déjame probarla. — — Probar… ¿Qué? — Su pulso de acelero. — Tu sangre. Solo así podremos hacer un contrato, pero toma en cuenta que cuando tome de tu líquido, tú alma será mía y el día que mueras tendrás que venir a mi. — Dije y sostuve su mano para acariciar su muñeca, podía saborear su sangre desde aquí. Con mi uña le empecé hacer un corte. Su expresión se torció un poco y el olor de la sangre se intensificó en el cuarto. Tengo tantas ganas de morderla, pero no soy un vampiro. — ¿Aceptas el trato? — Lamí los dedos de su mano, mientras la observaba fijamente. Curiosamente sus palmas estaban limpias y eran bastante blancas. — Aceptó. — Dijo mirándome a los ojos, estaba sudando pero no dejo de mirarme. Sonreí — Empecemos el contrato. — Pase mi lengua por muñeca y saboree cada gota de sangre que brotaba de su herida. Su sangre era dulce, caliente y olía penetrante. Me aparte una vez que la herida se secó. — Ahora tu vida me pertenece, al igual que tu cuerpo. — Bese su mano y la solté. — … Es un sacrificio que estoy dispuesta a aceptar. Quiero que lo hagas sufrir, señor. — Incluso con toda la suciedad en sus cabellos pude ver el rojo oscuro en ellos, un precioso color que combina bien con la venganza.
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