Capítulo 5

1104 Palabras
No pasó mucho tiempo desde que llegué a la habitación cuando alguien tocó a la puerta. — Adelante. — dije incorporándome de la cama. — Hola, Esteban. — me dijo Emily pasando a la habitación. — ¿Cómo te encuentras? — Jodido, pero voy tirando. Emily se acercó y se sentó en el borde de la cama, a mi lado. — Entiendo. ¿Y cómo llevas lo de ser Alfa? — Mal. ¿Yo, un Alfa? No sé quien en su sano juicio lo ve una buena idea. — Creo que Alfred lo veía así. Y supongo que la Diosa también. — Todos personas externas. — Yo también te veo como un buen Alfa, sólo necesitas confiar un poco mas en ti mismo. — Emily me cogió con delicadeza la mano. — Quizás tengas razón. O quizás tan sólo sea un fraude y una decepción. — No digas tonterías, Esteban. Lideraste una aldea de pícaros durante diez años. — Eso es totalmente diferente a lo de ahora. — No tanto. ¿Qué es lo que cambia? ¿Que son bastantes mas lobos y son dos manadas? — Sí, en parte. — ¿Y cuál es la otra parte? Liberé mi mano de la de Emily y me recosté en la cama. — Que soy un jodido Bendito, no un Alfa al uso. Todos van a esperar mucho de mi. — ¿Y tienes miedo de no estar a la altura? — No es miedo, Emy, es una certeza. ¿Has visto a Mar, cómo maneja todo? Yo no soy capaz de hacer eso. Emily se movió por la cama y se tumbó a mi lado, boca arriba. — ¿Y por qué te fijas en ella? — Ella y su hija son las dos únicas Benditas que quedan aparte de mi. ¿En quién mas voy a fijarme? No es que haya Alfas benditos en cualquier esquina para tomar ejemplo. — En nadie, Esteban. No tienes que fijarte en nadie, sólo ser tu mismo. Me reí con amargura. — Ya. ¿Y a quién le va a gustar eso? — A mucha gente. Mira como cuando fuisteis a la manada de Alfred, la gente te buscaba para escucharte, o como te hacían caso en la aldea de pícaros, aún sin ser un Alfa. No estaban obligados a ello. — Sí, pero no era un Bendito. Los demás van a esperar que vuele, llame a los animales o haga mil cosas fabulosas, y no tengo nada de todo eso. — Creo que estás equivocado, Esteban. Creo que sólo buscarán una manada dirigida con justicia e igualdad. Con firmeza y autoridad, pero también con cercanía y amabilidad. — Claro, porque soy la persona mas amable y cariñosa del mundo. — le dije con ironía. — Bueno, no tienes que hacerlo solo. Puedes tener una Luna que te ayude. Un dolor cruzó mi corazón y vi durante unos momentos, la imagen de los cuerpos de mi mujer y mi hija. — Lo siento, Emy, pero no puedo. Ya tuve una pareja y una hija y fueron asesinadas. Además, ¿qué mujer querría estar conmigo, sabiendo que mi corazón pertenece a otra? Sólo las interesadas en ser Lunas. — Quizás el tiempo te ayude a sanar esa herida. — Han pasado diez años. No hay tiempo que pueda curarme. — Diez años que estuviste de luto. Pero, ¡mírate ahora! — dijo Emily incorporándose sobre las rodillas y señalándome entero con las manos — No eres el mismo de antes. Has cambiado. — Sí, ahora soy un condenado Bendito. Emily me golpeó con suavidad las rodillas. — No eres sólo eso. Eres un general de guerra. Tu grupo fue el que tuvo menos bajas en la última batalla. — Y el único que perdió a un Alfa. Sí, soy un maravilloso general. — dije con ironía. Emily puso cara de desesperación. — Deja de compadecerte, Esteban. Todos cometemos errores. — Ninguno tan grande como los míos. Emily se acercó a mi y me dió un golpe suave en la cabeza. — No digas tonterías. Los padres de Mar se equivocaron y casi matan a todos los Benditos. ¿Vas a decirme que en una batalla por la libertad, la muerte de un Alfa cuenta mas que todo eso? — Pero... — Ni peros ni nada, Esteban. Eres un Alfa hecho y derecho, con grandes capacidades de mando. La gente te sigue por cómo eres, no por ser un Bendito. — ¿Y lo de tener una Luna..? — Que esperen. Tendrán que entender que necesitas sanar aunque ahora mismo sea algo que ves imposible. — ¿Y si no sano? ¿Y si... no puedo dar un descendiente o encontrar una Luna? — pregunté com temor. — Entonces, háblalo con una chica en la que confíes, Esteban. Hazla tu Luna y ya se verá qué decís para que no haya descendientes. O podéis ir a una clínica humana de esas que se encargan de fecundar óvulos con semen: así ni siquiera es necesario que tengas sexo para dar un hijo. — Nadie querrá hacer eso por mi. — Te sorprenderías de lo que la gente está dispuesta a hacer por ti, Esteban. Sentí la mirada intensa de Emily y la miré a los ojos durante unos segundos, antes de desviar la mirada, incómodo. — Supongo que tienes razón, Emy. Pero, ¿quién podría sacrificar una vida junto a su pareja, por mi? Joselyn sé que aceptaría pero ella aún no ha encontrado a su pareja y me niego a quitarle esa posibilidad. Me quedáis Isa y tú, porque Elisa ya está con Yo. Y no quiero condicionaros. — Yo tuve una pareja, Esteban y empezamos a salir. Me rechazó cuando descubrió que mis prioridades eran bastante distintas de las suyas. Murió en el ataque de hace quince años. — Yo... lo siento mucho, Emy. — No pasa nada. No sé la situación de Isa, pero yo no tengo ataduras. Y no quiero verte sufrir, Esteban: eres una gran persona. Si necesitas algo, llámame. Incluso si es para hacer un poco de teatro ante la manada. — dijo riéndose. — Eres de lo que no hay. — Eso ya lo sé. Soy la única herrera que ha conseguido hacer una armadura portátil. Me reí y aquello alivió un poco mi tensión. Estuvimos hablando un par de horas mas, de temas aleatorios, antes de que se despidiese y marchase a su habitación. "Es una buena amiga." — me dijo mi lobo mientras me acomodaba para dormir. "Sí, lo es." — dije con una sonrisa en los labios y me dormí.
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