Epílogo

2742 Palabras
Narrado por Luz Desde que Kiral se fue, todo fue un caos. Al principio, Esmeray quería ir tras Raquel y contarle la verdad, pero fue una verdadera lucha convencerla de que no podía hacerlo. No era solo por el peligro, sino porque ese había sido el último deseo de su hermano: que Raquel siguiera con su vida, lejos de nosotros, lejos de todo lo que la ataba a él. Ignorar sus llamadas, sus correos y sus cartas fue una de las cosas más difíciles que tuve que hacer. No solo para mí, sino para todos. Raquel había sido parte de nuestras vidas, y su ausencia pesaba como un fantasma. Pero era la voluntad de Kiral, y aunque me doliera en el alma, yo la cumpliría. Con el tiempo, las cartas dejaron de llegar. Nunca abrí ninguna. Las quemaba de inmediato y borraba sus correos sin leerlos. Hasta tuve que cambiar mi número de teléfono, al igual que los demás. Un día, simplemente, dejó de insistir. Y con eso, la herida quedó sellada… aunque nunca cerrada del todo. Han pasado ocho años desde aquel día. Ocho años desde que la manada me aceptó como su alfa, cumpliendo el deseo de Kiral. Tío Volka y tía Amanda se mudaron a la manada de Esmeray, querían estar cerca de ella y de sus sobrinos. La muerte de Kiral sigue siendo una sombra que nunca se disipa del todo. Sé que ninguno ha logrado superarla… y no sé si alguna vez lo haremos. La puerta de mi despacho se abrió, dejando entrar a la mujer más hermosa del mundo: Laura. Llevaba su cabello recogido en trenzas, y su vestido largo se deslizaba con cada paso que daba. Todavía me costaba creer que, después de tantos años, siguiera mirándola con la misma fascinación del primer día. —He recibido la información que pediste —dijo, dejándose caer en la silla frente a mí. Me deslizó una carpeta azul. La tomé y la abrí, repasando los documentos que revisaba religiosamente cada mes. Al terminar, solté un suspiro, cerrándola con un deje de frustración. —Pensé que podría ser de él… pero parece que me equivoqué. Laura tomó mi mano, acariciándola con dulzura. Sus dedos trazaron círculos sobre mi piel, un gesto tan simple y a la vez tan reconfortante. La atraje hacia mí y besé sus nudillos con ternura. —Mi amor, yo también lo pensé… pero era poco probable, cariño. No dije nada. Solo asentí y dejé que la sensación de su tacto me anclara a la realidad. Cinco años después... —Francesca, te lo voy a repetir por última vez: no tienes permiso para ir. La adolescente de trece años frente a mí resopló con frustración. Era idéntica a su madre, sobre todo cuando me miraba con ese brillo desafiante en los ojos. —¡Pero tía Luz, por favor! Irán todos mis amigos… Ethan va a ir. —Ethan tampoco irá —le informé, dejándome caer en mi silla. Me froté las sienes, tratando de calmar la jaqueca que traía desde la mañana—. No sé quién les dijo que pueden ir a fiestas. Francesca juntó sus manos en súplica. —¡Por favor! Prometo hacer el desayuno los dos días que nos quedan contigo. —Ya he dicho que no. Y no insistas. Frustrada, golpeó el suelo con el pie y se giró para salir de mi despacho. —Dile a tu hermano que tampoco puede ir —le advertí antes de que cruzara la puerta—. Y si me entero de que se han escapado, los haré entrenar hasta que les sangren los pies. ¿Entendido? Francesca asintió de mala gana y se marchó, dejando tras de sí un aire cargado de hormonas adolescentes y rebeldía. Me dejé caer contra el respaldo de mi silla, masajeando mi frente con los dedos. ¿Por qué había aceptado hacerme cargo de esos dos demonios? —Deberías dejarlos ir. Levanté la mirada y encontré a mi esposa mirándome con una sonrisa divertida. —Explícame por qué acepté cuidarlos. Laura caminó lentamente hacia mí, rodeando el escritorio hasta sentarse en mi regazo. La atraje más, enterrando mi rostro en su cuello e inhalando su aroma cítrico. —Porque Amanda y Volka tuvieron que viajar a la reunión de antiguos alfas en París. Porque Marcos sería capaz de llevarlos a un club de strippers. Porque Susy y Caleb están visitando la manada de su hijo por el nacimiento de su tercer nieto. Y porque te encanta tenerlos aquí —enumeró, jugando con mi cabello. Solté un suspiro. —Sí… pero era más fácil cuando eran pequeños y los podía sobornar con dulces y películas. Laura rió suavemente. —Solo son adolescentes queriendo divertirse con sus amigos. Todos fuimos jóvenes, Luz. Déjales un poco de libertad. Eres demasiado sobreprotectora con ellos, incluso Esmeray se queja de que la llamas todo el día. Levanté la cabeza para mirarla con el ceño fruncido. —¿Tú y Esmeray chismean a mis espaldas? ¿Desde cuándo? Laura soltó una carcajada. —Desde que te pusiste como una vieja mañosa. Tenía que desahogarse con alguien. Bufé. —Sabes que no puedo evitarlo. Le prometí a Kiral que los cuidaría con mi vida. —Lo sé, mi amor. Sé que te recuerdan a él… porque son él. Francesca y Ethan son su viva imagen. El mismo cabello rojo fuego, los mismos ojos dorados, las pecas en sus mejillas… A veces, cuando los escucho reír juntos, me imagino a Kiral sentado con ellos. Me lo imagino con Raquel. Ese nombre… Desde que Raquel dejó de escribirnos, contraté a un detective para saber de ella. Descubrí que regresó a París y se quedó con su mejor amigo, Adrien. Luego conoció a un hombre: Didier Roux, un doctor infantil con quien empezó una relación. Al principio, me sentí molesta. Raquel no podía haberlo olvidado tan rápido… pero entonces vi la foto de aquel hombre y lo entendí. Era una copia de Kiral. La única diferencia eran sus ojos y la ausencia de pecas. Pero su piel, su cabello, incluso los tatuajes en las mismas partes del cuerpo… Raquel nunca lo olvidó. Tiempo después, supe que había tenido un hijo. Me obsesioné con la idea de que pudiera ser de Kiral, pero tras hacer cálculos y pedir exámenes, la verdad cayó sobre mí como un balde de agua fría. Ese niño no era de Kiral. Pero era de Raquel. Desde entonces, lo he vigilado en las sombras. No porque crea que lo necesita, sino porque no puedo dejarla sola. La he visto sonreír en fotos. Se nota que ha sido feliz. Y eso, aunque duela, me reconforta. —De acuerdo —dije al fin—. Diles que tienen permiso. Pero solo hasta la medianoche. Y yo los iré a buscar. Laura sonrió y me besó suavemente antes de marcharse. Negué con la cabeza, viendo su figura desaparecer por la puerta. Mi corazón dolía… pero al mismo tiempo, se sentía en paz. Narra Raquel Se preguntarán cómo me he sentido desde que volví de Seattle. Pues, me he sentido como la mierda. El dolor en mi pecho es tan profundo que a veces siento que nunca podré recuperarme. Me costaba tanto mirarme al espejo y ver cómo mi marca desaparecía con el paso del tiempo que pasé semanas sin salir de mi habitación, en la casa que compartía con mi mejor amigo, Adriel. Él lograba convencerme de comer, pero incluso cuando lo hacía, mi estómago lo rechazaba y lo terminaba expulsando. Pasaron meses hasta que Adriel me obligó a ir a un evento de caridad. Pensé que mis ojos me engañaban cuando vi a un hombre que me recordaba a Kiral, como si él hubiera venido a buscarme. Pero al mirarlo más de cerca, me di cuenta de que no era él. Claro, ¿cómo iba a volver por mí? Seguramente estaba feliz con su familia mientras yo seguía hecha pedazos. Lo que más me dolió fue que nadie contestara mis llamadas ni mis correos. Con el tiempo, descubrí que todos habían cambiado sus números. No querían que los contactara. Y si ellos habían decidido olvidarme, entonces yo también debía olvidarlos. Aquel hombre que tanto me recordó a Kiral terminó acercándose más de lo que imaginé. Por más que intenté alejarme, más aparecía en mi camino, como si el destino estuviera jugando conmigo. Y a él, al parecer, le divertía. Aquella noche jugamos al gato y al ratón hasta que finalmente me atrapó. Su nombre era Didier Roux, un pediatra con un encanto innegable. Lo intenté, de verdad intenté rechazarlo, pero él nunca se rindió. Aún recuerdo las palabras de Adriel cuando notó que Didier comenzaba a ser parte de mi vida: —Espero que, si te das una oportunidad con él, sea porque realmente lo quieres, y no porque te recuerde a alguien más. Me miró fijamente a través del espejo, como si intentara leer mi alma. —Hasta ahora, me gusta. Y mucho. Me trata bien, me hace reír y me apoya —respondí con sinceridad. Adriel solo asintió, aunque no parecía del todo convencido. Y así, todo fluyó. Tres años después, ya estábamos casados y teníamos un hijo: David. David era idéntico a su padre. Tanto, que Didier solía bromear diciendo que yo solo había prestado mi vientre por nueve meses, porque hasta la personalidad del niño era una réplica de la suya. Cinco años después, descubrimos que alguien lo seguía a todas partes. Lo supe de inmediato. Eran ellos. ¿Kiral pensaba volver para arruinar mi vida? No lo permitiría. Me había costado años sanar, reconstruirme, seguir adelante. No iba a perder lo que tenía por alguien que nunca me quiso. Tuve que contarle la verdad a Didier, aunque omití la parte de los hombres lobo. Al principio, le costó creerlo, pero aceptó mi pasado porque tenía derecho a saberlo. Y, como siempre, me apoyó. Fue peor cuando descubrimos que aquella persona que seguía a David le había robado una pajilla con saliva y había hecho pruebas de ADN. ¿Kiral pensaba que era su hijo? Bueno, se llevaría una gran decepción. 🐺🐺🐺🐺 Hoy celebramos el cumpleaños de David. La casa estaba llena de risas y emoción. Adriel y Antony, su esposo, estaban aquí, junto con la familia de Didier y algunos amigos de David. Le organizamos una fiesta sorpresa, así que Didier lo llevó de compras para distraerlo. Cuando las puertas se abrieron, todos gritamos al unísono: —¡Sorpresa! David sonrió ampliamente, y yo me acerqué a besarlo en la frente. —Feliz cumpleaños, mi amor. —Gracias, mamá —respondió en un español perfecto. Desde pequeño, decidimos enseñarle tanto español como inglés. —Mira qué grande y guapo está mi bebé —dije con ternura antes de besar su mejilla, dejando mi labial marcado en su piel. —Mamá, por favor… están mis amigos —susurró, avergonzado. Didier rió y le dio unas palmaditas en la espalda. —Déjalo, cariño. El niño ya es todo un hombrecito. —¿Ya no serás más mi bebé? —pregunté, fingiendo un puchero. David rodó los ojos, pero terminó sonriendo. —Sí, lo seré. Pero cuando todos se vayan y estemos solos, ¿vale? —Me parece una excelente idea. Lo abracé una última vez antes de dejarlo ir con sus amigos. La noche transcurrió entre risas y felicidad. Cuando la casa quedó vacía, solo quedábamos Didier, Adriel, Antony y yo, rendidos en el sofá. —Estoy agotado —murmuró David, estirándose.— Me iré a duchar y a dormir. Se despidió de todos y subió a su habitación. Adriel se puso de pie con una sonrisa burlona. —Nos quedaríamos a ayudar, pero sabes que no lo haré. Soy un pésimo amigo, pero la limpieza no es lo mío. Me reí mientras lo veía marcharse junto a Antony. Didier se estiró y me miró con cansancio. —Hoy ha sido un día largo. ¿Qué te parece si dejamos el orden para mañana? —Me parece una excelente idea. Mis pies me están matando. Pero antes de que pudiéramos irnos, el timbre sonó. Fruncí el ceño. —¿Esperas a alguien? —pregunté. Didier negó. Abrí la puerta, pero no había nadie. Solo una caja en el suelo. El mismo envoltorio. El mismo mensaje. La misma hora de siempre. Lo recogí rápidamente y cerré la puerta. —¿Escuché el timbre? —preguntó David, asomándose por el pasillo mientras se secaba el cabello con una toalla. Rápidamente, escondí el paquete detrás de mí. —No era nada, cariño, solo se habían equivocado. Él levantó la mirada y, cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí un escalofrío recorrerme. —Está bien. Ah, mamá, se me olvidaba… mañana necesito ir por lentillas nuevas. Hoy perdí una y tuve que usar la de repuesto. Mi corazón se detuvo. —Claro, mi amor, iremos mañana. Me dedicó una sonrisa antes de desaparecer por el pasillo. Didier apareció detrás de mí y susurró con suavidad: —¿Cuándo piensas contarle la verdad? No respondí. En lugar de eso, caminé hasta el televisor, lo moví ligeramente y abrí la puerta falsa oculta detrás. Once cajas. Once años de regalos no abiertos. Once mensajes idénticos: “Feliz cumpleaños, David”. Que se jodan. Que se jodan todos. Didier suspiró. —Sabes que, tarde o temprano, hará preguntas. —Lo sé —respondí con dureza. —Y cuando llegue el día en que descubra su verdad, podrías perderlo para siempre.— soltó un suspiro. —Mira, Raquel, llegará el día en que David cumpla 18 años. Sabes que fue fácil cambiar su fecha de nacimiento. Hoy no cumplió once años, hoy cumplió doce. Llegaste embarazada de Seattle, y después de nueve meses nació David. Didier hizo una pausa antes de continuar, su voz llena de calma, pero con un peso innegable. —Desde que te conocí, supe que contigo podría tener un futuro. Te acepté y acepto todo tu pasado. Pero en seis años más, David cumplirá 18, y no sabes si será mitad lobo o completamente humano. Si llega ese día y descubre que su verdadero padre se llama Kiral Valencia y que es mitad lobo… jamás nos lo perdonará. Y lo perderás para siempre. Me di la vuelta, evitando su mirada, y me acerqué a la ventana. Sentí sus pasos tras de mí, hasta que su mano se posó en mi cintura, atrayéndome suavemente contra su pecho. Su mentón descansó sobre mi cabeza, y su abrazo me envolvió con calidez. —Sé que es difícil y doloroso recordar, pero él merece saber la verdad, bebé. Sus ojos dorados son únicos en este mundo y no podrá ocultarlo para siempre. Si resulta ser mitad lobo, nosotros no podremos controlarlo. Solo piénsalo, mi amor. Besó mi cabeza con ternura antes de alejarse hacia nuestra habitación. Esperé unos segundos y abrí la ventana. El aire fresco de la noche acarició mi rostro mientras levantaba la vista hacia la luna llena. —Diosa, perdóname, pero no puedo. David nunca se va a enterar de la verdad. Sé que me estoy comportando como una perra egoísta, pero simplemente no puedo. Las palabras salieron con un nudo en la garganta. —Kiral tiene su familia. Tiene su hijo. Que sea feliz con él. Pero no le daré al mío. Así que, perdóname, Diosa, pero que se joda Kiral y toda su puta familia. David es solo mío. Ellos dejaron de existir en el momento en que me dieron la espalda. Miré por última vez la luna antes de cerrar la ventana y apagar las luces. Pasé por la habitación de David y lo observé dormir profundamente. Me aseguré de arroparlo bien, besé su frente y salí en silencio. Entré al baño, hice mis necesidades y me di una ducha rápida. Ya con el cabello seco, me acosté al lado del hombre que había estado a mi lado durante trece años. El hombre que me apoyó, que me amó y que crió a David como su propio hijo. Didier era mi familia. Kiral dejó de existir. Kiral tiene su familia. Kiral tiene su otro hijo. Kiral nunca me amó. Pero por más que me repitiera esas palabras… Mi corazón seguía dividido. Quería mucho a Didier, pero una parte de mí seguía latiendo por Kiral. Lo amaba y lo odiaba en iguales medidas. Mi corazón siempre le pertenecería. Hasta la eternidad. Fin.
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