Su piel se erizó bajo mi toque. Sentí cómo su respiración se volvía errática, cada inhalación más pesada que la anterior. Presioné un poco más mi agarre en su cuello, sintiendo la calidez de su espalda pegada a mi pecho. Mi nariz se deslizó hasta su cuello, aspirando su aroma. Cerré los ojos un instante, permitiéndome ese placer.
Su mano subió hasta la mía y, en lugar de apartarme, acarició mis dedos, recorriendo la línea de mis brazos con la yema de los suyos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, una corriente ardiente que se acumuló en mi pecho. La tensión era palpable, pesada, como un hilo invisible que nos ataba en ese instante.
Y de pronto, sin aviso, sentí cómo tomaba mi muñeca y la retorcía en un movimiento limpio, haciéndome rodar sobre su hombro. Mi espalda golpeó el césped con fuerza.
Me miró desde arriba, una sonrisa burlona dibujada en sus labios. Me puse de pie de un salto, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente. Raquel adoptó una postura de ataque y yo hice lo mismo.
Lanzó el primer golpe. Lo esquivé con facilidad.
Pero estaba cansada. Sus movimientos se volvían más lentos, menos precisos. Ya la tenía.
Levantó la pierna en un ataque alto, pero la atrapé en el aire, sosteniéndola con una sonrisa de triunfo. Pensé que la pelea había terminado.
Grave error.
Raquel enredó su otra pierna en mi brazo, y antes de que pudiera reaccionar, usó su peso para girar sobre mí. Me inmovilizó en el suelo, sujetando ambos brazos. Su respiración agitada se mezclaba con la mía.
—Te dije que no era la misma, Kiral —soltó una carcajada—. Ríndete, o estaremos todo el día así.
—Nunca —gruñí.
Liberé una de mis manos con un movimiento brusco y la deslicé hasta su muslo, apretándolo con firmeza.
Sus músculos se tensaron bajo mi agarre, y su expresión cambió por una fracción de segundo. Lo suficiente para que me aprovechara. Me giré, liberando mi otro brazo y quedando sobre ella. Sujeté sus muñecas por encima de su cabeza, asegurándome de que no pudiera moverse.
—Yo nunca pierdo —susurré contra sus labios.
Raquel no dudó. Enredó sus piernas en mi cintura y, con un giro experto, me dejó bajo ella, su peso firme sobre mi cadera.
—Yo tampoco, Kiral —susurró en mi oído.
Su aliento caliente me quemó la piel. Su pecho subía y bajaba, apenas rozando el mío con cada jadeo. Y entonces la sentí. Su calor, la fina tela que nos separaba, la electricidad que chisporroteaba entre nosotros.
Nuestras miradas se encontraron. No podíamos dejar de observarnos, como si buscáramos una respuesta en el otro. Podía ver la lucha en sus ojos. La misma lucha que ardía en mi interior.
Y luego, apartó la vista.
Levantó la cabeza y supe al instante por qué.
El silencio.
Todos los ojos estaban sobre nosotros.
Raquel se apartó de inmediato y se puso de pie con naturalidad, lanzándole una sonrisa a Luz antes de alejarse sin decir nada.
Yo seguía en el suelo, tratando de controlar mi respiración.
—Dioses, eso fue intenso —murmuró Luz, apareciendo a mi lado—. La tensión entre ustedes es una locura.
—No sé de qué hablas —respondí, tomando mi botella de agua.
—Claro, claro. Oye, la entrenaron bien. No muchos han logrado vencerte.
—La dejé ganar —bufé.
Luz soltó una carcajada.
—Por supuesto que sí. Y seguro la posición en la que quedaron al final tampoco te afectó en lo más mínimo.
Rodé los ojos, ignorándola.
—Mira, solo te diré una cosa —continuó Luz—. Con Raquel, nada será fácil.
No respondió nada más y se alejó.
Después del entrenamiento, me dirigí a mi habitación para ducharme. Pero al pasar junto a la de Raquel, noté que la puerta estaba entreabierta.
Me acerqué sin hacer ruido.
A través del reflejo en el espejo, la vi.
Vestía un conjunto rojo de encaje.
Mi boca se secó.
Su cabello caía en suaves ondas sobre sus hombros desnudos. Se aplicaba crema en sus muslos, sus manos deslizándose con movimientos lentos, casi sensuales. Ni siquiera intentaba ser provocativa, pero joder… lo era.
Mi respiración se volvió pesada. Mi mano bajó a mi pantalón sin que pudiera evitarlo, buscando aliviar la presión creciente.
La veía a través del espejo, mis ojos recorriendo cada centímetro de su piel mientras mi otra mano se movía al ritmo de su toque sobre su propia piel.
Cuando mi liberación llegó, gruñí suavemente, cerrando los ojos y apoyándome en la pared.
Pero no fue suficiente.
No lo sería jamás.
—¿Kiral?
Su voz me hizo girar bruscamente.
Ahí estaba, con una camisa que le quedaba tres tallas más grande, apenas cubriéndole los muslos.
Me recorrió con la mirada y frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
Mi mente estaba nublada por el deseo, la piel aún ardiendo.
No respondí.
En su lugar, avancé.
Mis manos encontraron su cintura y la empujé contra la pared.
Ella dejó escapar un jadeo.
Hundí mi rostro en su cuello, aspirando su aroma. Su piel era suave, cálida. Dejó escapar un suspiro tembloroso cuando rocé mis labios contra su clavícula.
—Kiral… —jadeó.
Su voz era un maldito veneno.
Mis manos se deslizaron bajo la tela de la camisa, recorriendo su estómago antes de subir hasta sus senos.
Dioses…
Ella también me deseaba.
Lo sentía en la forma en que su pecho subía y bajaba, en la manera en que sus manos se enredaban en mi cabello, en cómo sus piernas se aferraban a mi cintura cuando la levanté.
Avancé con ella hasta su habitación, cerrando la puerta de una patada.
Cuando la miré, sus mejillas estaban sonrojadas, su respiración descontrolada.
Era jodidamente hermosa.
Y lo peor de todo…
Era que la quería. La quería más de lo que estaba dispuesto a admitir.