Raquel se alejó de mí. Su corazón latía desbocado, lo escuchaba tan claro como si golpeara mi propio pecho. Caminaba de un lado a otro, pasándose las manos por el rostro una y otra vez. Sabía que su cabeza estaba trabajando a mil por hora, procesando lo que acababa de decirle.
—Raquel...— Intenté acercarme, pero levantó una mano, deteniéndome en seco. Se giró hacia la ventana y abrazó su propio cuerpo.
Esperé unos segundos.
—Todo este tiempo, Kiral. Todo este maldito tiempo ocultándome algo tan importante... — Su voz se quebró, y cuando se giró para mirarme, sus mejillas estaban bañadas en lágrimas. Quise acercarme de nuevo, pero otra vez me detuvo con un gesto de la mano. —¿Sabes cuántas veces pedí ser tu compañera? ¿Cuántas veces deseé que me miraras como yo te miraba?
Sentí un nudo en la garganta. Asentí en silencio.
—¿Sabes cuánto sufrí por tu rechazo?
—Raquel, yo...
—¿Por qué, Kiral? — Su voz era un lamento.
—Solo quería protegerte. Solo quería mantenerte a salvo. Eres humana, Raquel, no tienes la fuerza para combatir si alguna vez hay una guerra.
—¿Y por qué me lo dices ahora?
—Porque desde que volviste, me di cuenta de que no puedo vivir sin ti. No quiero volver a perderte.
Di un paso al frente y enredé mis brazos en su cintura.
—No quiero estar lejos de ti. No quiero sentir este vacío nunca más. Fui un cobarde, y lo sé... Pero ya no quiero alejarme. No otra vez.
Junté mi frente con la suya, sintiendo su respiración entrecortada.
—Pero ya me has perdido, Kiral.
Me separé apenas un poco, negando con la cabeza.
—No, Raquel. Eres mía.
—¿Esperabas que volviera corriendo a tus brazos? — Rió con amargura y pasó las manos por su rostro, secándose las lágrimas. —Me has perdido, Kiral. Yo tengo novio y lo quiero. Tengo una vida que no voy a dejar por ti.
Se soltó de mis brazos, y el vacío que dejó en mí fue brutal. Caminó hasta la puerta, pero se detuvo con la mano en la cerradura.
—Tal vez si hubieras luchado por mí... si me hubieras buscado... todo esto sería distinto. Pero ya no hay vuelta atrás.
Su voz tembló.
—Yo... yo te amé tanto que siempre tuve la esperanza de que algún día volvieras por mí. Que sintieras lo mismo que yo. Pero ese momento llegó tarde. Yo ya no te amo, Kiral. Mi corazón pertenece a otro.
Y sin más, salió del despacho, dejándome solo en esas cuatro paredes.
Sus palabras se repetían en mi mente como un eco tortuoso.
"Mi corazón pertenece a otro."
"Llegaste tarde."
No podía ser cierto. No quería que fuera cierto.
La había perdido.
Y todo por culpa de mi propio egoísmo.
Había perdido a la mujer de mi vida. Había perdido a mi compañera. Había perdido su amor, sus besos, sus caricias. Perdí todo de ella.
Quise correr tras ella, gritarle que nunca la dejaría ir, que lucharía hasta recuperar su amor. Pero... ¿tenía sentido? La lastimé demasiado. Tal vez ya era demasiado tarde.
Las horas pasaban más lento de lo normal. No había salido de mi despacho en toda la mañana. No podía verla. No podía mirarla a los ojos y contener las ganas de abrazarla.
Esmeray se había marchado hace unos minutos. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza:
"Te lo dije, Kiral. Todo tiene su consecuencia."
Le conté lo que pasó con Raquel.
"Solo dale tiempo. Deja que lo piense."
¿Pero qué tenía que pensar? Raquel fue clara. Su corazón ya no me pertenecía.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—Kiral, la cena está servida. — Luz asomó la cabeza.
—No tengo hambre.
Ella suspiró y entró cerrando la puerta tras de sí.
—¿Qué pasó? Raquel tampoco quiso bajar a comer. Se ve mal, pero no me quiso decir qué tiene.
Tragué saliva.
—Le conté todo.
Luz soltó un jadeo de sorpresa.
—¿Y? ¿Qué te dijo?
—¿Tú qué crees?
Ella bajó la mirada.
—Me lo imagino... Pero, Kiral, ¿puedes culparla? Después de tres años, el hombre que ella tanto amó, el mismo que la rechazó, le confiesa que siempre fueron compañeros. Después de todo lo que luchó para salir adelante...
—No la culpo. Jamás lo haría. Me odio a mí mismo por esto. Lo que me destroza es que me di cuenta demasiado tarde.
Mi voz sonaba quebrada. Tenía ganas de romper todo a mi alrededor.
—Lucha por ella, Kiral. Lucha por su corazón. — Luz tomó mis manos y esta vez la miré a los ojos.
—Ella ya no me ama, Luz. Me lo dejó claro. La perdí. No me dio ni una mínima señal de esperanza.
—Ella jamás te lo pedirá. Tú solo tienes que hacerlo. Escucha a tu corazón. ¿Qué es lo que realmente quieres?
No dudé.
—La quiero a ella. Pero tampoco quiero volver a hacerla sufrir.
—Entonces no la hagas sufrir. Ve por ella. Pelea por su amor. Llénala de momentos inolvidables. De instantes que queden grabados en su alma. No dejes que nada ni nadie te impida luchar por lo que amas.
Apretó mis manos, se levantó y salió, dejándome sumido en un mar de pensamientos.
Luz tenía razón.
¿Por qué debía rendirme tan rápido? Raquel nunca me pidió que me alejara. Nunca me dijo que no intentara recuperarla.
Yo sé que puedo remediarlo.
Sé que puedo hacer que vuelva a enamorarse de mí.
Pero debo ir con calma. No quiero ahogarla. No quiero presionarla hasta que termine por marcharse de nuevo.
Debo ser paciente.
Porque jamás la perdí.
Ella siempre fue para mí.
Y aunque su boca diga que su corazón pertenece a otro, sé que aún ocupo un espacio en él. Aunque sea uno muy pequeño.
Y lucharé por ese espacio.
Lucharé por ella.
Porque Raquel siempre ha sido mía.