El estruendoso sonido de un horrible trueno me hace abrir los ojos de golpe, pero vuelvo a cerrarlos cuando el dolor en mi pierna hace presencia y el recuerdo de Aldo apuñalándome regresa con fuerza. —¡Auch!— me quejo en un sollozo y alzo un poco la cabeza para ver que tan mal está la herida en mi muslo. Me sorprendo al verla envuelta con una venda, pero más cuando noto mi alrededor. No estoy en un sótano, ni amarrada en una silla. —¡Oh, despertaste!— exclama con tono aliviado Seth —¿Cómo te sientes? «De maravilla», me gustaría responderle sarcásticamente, pero me abstengo. —¿Y los otros?— pregunto con desconfianza. Me asusto al oír mi propia voz, que suena irreconocible. —Salieron por un momento. —¿Tú me sacaste del sótano? Asiente —Claro... Tuve que pedirle permiso a Alko.

