5 La noche del incendio

1719 Palabras
Cada día, Flor se preguntaba qué había pasado aquella noche. Cómo era posible que Manuel, con toda su experiencia, no hubiera logrado salir. Ese enigma la consumía como una brasa que no se apaga: no la quemaba de golpe, la quemaba de a poco, en silencio, cuando estaba sola y el pueblo dormía. Había intentado reconstruir la escena con retazos: comentarios a medias, miradas esquivas en la feria, frases que se cortaban cuando alguien la veía venir. Pero nadie se animaba a contarle el horror completo. Como si nombrarlo pudiera volver a encender el fuego. Hasta que un día, Luis —el compañero al que Manuel salvó— decidió visitarla. Flor lo vio llegar desde la ventana. No tocó bocina. No saludó a nadie. Caminó despacio hasta el porche, con los hombros hundidos y la mirada opaca, como si todavía llevara el humo pegado a la piel. Traía una bolsa de pan bajo el brazo, una excusa simple para no presentarse con las manos vacías, como si el dolor se pudiera disimular con algo cotidiano. Cuando Flor abrió la puerta, Luis bajó la vista. —Flor… —dijo apenas. Ella no lo abrazó. No porque no quisiera, sino porque había algo en el aire que se lo impedía: la certeza de que, si lo tocaba, se iba a desarmar. —Pasá —susurró. Adentro olía a manzanilla y a ropa limpia. Dylan dormitaba en su cuna, y ese detalle —la vida siguiendo— era casi una crueldad para Luis. Se sentó frente a ella, en la mesa donde Manuel había tomado café mil veces, y se quedó un segundo con las manos entrelazadas, mirando la madera como si fuera un altar. Flor sostuvo la taza con ambas manos para que no se notara el temblor. —Decime… —pidió, con una voz que no le salió como orden, sino como ruego—. Decime qué pasó. Necesito entender. Luis tragó saliva. Cerró los ojos un instante, respiró hondo. Y cuando los abrió, Flor supo que lo que venía iba a cambiarla para siempre. —Esa noche… cuando sonó la alarma… algo en mí supo que no iba a ser como otras veces —empezó, despacio—. Nos preparábamos siempre igual: el equipo, las botas, el casco… el olor a combustible y metal. Pero esa vez… esa vez me temblaban las manos. Flor lo escuchaba sin pestañear. —Estábamos en la cena de Nochebuena, ¿te acordás? —Luis apretó la mandíbula—. Yo había brindado con mi vieja, con mis hermanos… me había reído. Y cuando sonó la alarma, fue como si la risa se cortara de golpe. Subimos al camión en silencio. Nadie hizo chistes, nadie dijo “otra noche más”. Solo se escuchaba el motor y… esa sirena… como un grito largo. Luis se frotó la cara con una mano, como si quisiera borrarse la imagen. —En el camino pensé en mi familia. Pensé en tu casa, en vos, en Dylan… pensé en Manuel y en cómo te miraba cuando hablaba de ustedes. Y me agarró un miedo que me erizó la piel. Un presentimiento… como si el cuerpo supiera antes que la cabeza. Flor tragó saliva. —¿Adónde fueron? —Al hotel —respondió él—. Al hotel de la ruta. ¿Te acordás? Ese que siempre estaba lleno en verano… Esa noche estaba lleno también. Había gente celebrando, familias, parejas, algunos chicos. Cuando llegamos, ya se veía desde lejos: una lengua de fuego saliendo por una ventana del segundo piso. Y el humo… el humo era n***o, espeso. Te juro, Flor, parecía una tormenta encerrada adentro del edificio. Los ojos de Flor se humedecieron, pero no lo interrumpió. —Nos bajamos y la gente estaba afuera, gritando. Algunos en pijama. Otros descalzos. Había uno que quería entrar porque decía que su hija seguía adentro. Había otro que se tiraba al piso tosiendo… era un caos, un infierno con voces humanas. Luis apretó las manos. —Manuel miró todo eso y… no lo pensó. Nunca lo pensaba. Se ajustó el casco, me miró y me dijo: “Entramos”. Así, seco. Como si fuera lo más natural del mundo meterse en el fuego. —Él era así… —murmuró Flor, con la garganta cerrada. —Sí. —Luis asintió, pero en su cara no había orgullo, había dolor—. Entró primero. Con esa determinación que tenía… como si el miedo fuera un lujo que no se podía permitir. Yo entré atrás, con otros dos. El calor te golpeaba en la cara aunque tuvieras la máscara. El aire era pesado. Y el sonido… el fuego no es silencioso, Flor. El fuego ruge. Crac-crac de la madera. Vidrios estallando. Gente llorando. Luis respiró hondo, como si todavía le costara. —Manuel iba adelante, guiando. Con la linterna. Tocando puertas. Gritando para que lo escucharan. Sacó a un hombre de un pasillo lleno de humo. Sacó a una mujer que estaba desorientada, chocando contra las paredes. La empujó hacia la salida y volvió a entrar. Volvió. Siempre volvía. Flor apretó la taza con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. —¿Y… la explosión? Luis bajó la mirada un segundo, como si esa parte le quemara más que todo lo anterior. —La situación empeoró cuando uno de los chicos del equipo nos avisó que había un auto cerca de la entrada, demasiado cerca. Al principio pensamos que era cualquier cosa, un auto mal estacionado. Pero cuando nos acercamos, vimos el baúl entreabierto… y adentro… Flor, estaba lleno de fuegos artificiales. De esos grandes. De los que se usan para shows, no para un festejo de patio. Flor sintió que el estómago se le hundía. —¿Cómo…? —Los responsables… —Luis se tragó el orgullo—. Los pibes que provocaron el incendio se habían ido. Dejaron el auto ahí, abandonado, como basura. Sin advertirle a nadie. Ni a los huéspedes. Ni a nosotros. Luis levantó la vista, y Flor vio un odio contenido. —Manuel se dio cuenta al instante. Me agarró del brazo y me dijo: “Luis, esto puede volarnos a todos”. Me ordenó que sacara a la gente de esa zona, que despejara. Yo corrí a gritar, a empujar, a pedir que se alejaran. Y cuando volví… vi que una de las ruedas estaba ardiendo. El fuego había llegado por debajo del auto… y fue cuestión de segundos. Luis se quedó quieto, mirando un punto fijo en la pared. —Fue un instante, Flor. Un solo instante. Se escuchó un estallido seco, como un trueno, y después… un fogonazo blanco. Yo sentí que el aire explotaba. Me tiró hacia atrás como si me hubiera pateado un gigante. Y lo último que vi fue a Manuel… girándose hacia mí. Flor se llevó una mano a la boca, conteniendo un sollozo. —Me empujó —dijo Luis, y la voz se le quebró—. Me empujó con todo. Me tiró fuera del alcance. Y después… después se puso delante. Usó su cuerpo para cubrirme. La casa de Flor se llenó de un silencio insoportable. Dylan se movió en la cuna, hizo un ruidito, y ese contraste fue una puñalada. —Yo intenté volver —continuó Luis—. Intenté levantarme, correr hacia él. Pero Manuel me miró… Flor, me miró como si ya supiera. Y me gritó: “¡Salí! ¡Ellos te necesitan afuera!” Me lo gritó como una orden. Como un padre. Como un hermano mayor que te sacude para que vivas. Luis se pasó la mano por los ojos, derrotado. —Lo vi luchar. Lo vi levantarse entre las llamas. El uniforme prendido en partes. Lo vi querer avanzar hacia la salida… pero el humo era demasiado, el fuego era demasiado. Y el hotel… el hotel estaba cediendo. Sonaban vigas. Se caían pedazos. Era como estar dentro de una bestia que se derrumba. Flor no lloraba todavía. Se había quedado dura, como si la verdad la hubiese congelado. —Cuando por fin lograron sacarlo, ya estaba gravemente herido —dijo Luis—. Lo arrastraron entre varios. La ambulancia llegó. Yo lo acompañé hasta la camilla. Él estaba… quemado, Flor. Pero consciente. Y aun así… aun así, lo único que hizo fue agarrarme la mano. Luis apretó su propia mano como si sintiera ese contacto todavía. —Me apretó fuerte. Y yo… yo entendí que no me estaba reclamando nada. Me estaba diciendo que no cargara con esa culpa. Que siguiera. Que viviera. Flor dejó la taza sobre la mesa. Le temblaban los dedos. —¿Dijo algo? —No llegó. —Luis negó—. Movía los labios. Yo me acerqué. Creo que quiso decir “Flor”… o “Dylan”… no sé. Pero después se lo llevó el dolor. Se lo llevó el cuerpo… y se le cerraron los ojos. Luis respiró como si le faltara aire. —En la ambulancia, cuando salimos del hotel, empezó a llover. Una lluvia fuerte, de esas que esperábamos esa noche para que aflojara el calor. Llegó tarde. Yo miraba por la ventana y veía las gotas golpeando el parabrisas, lavando las cenizas del aire. Y pensé… pensé que el cielo estaba llorando con nosotros. Luis bajó la mirada. —Manuel murió para salvarme, Flor. Para salvar a otros. Para salvar a los que estaban ahí. Y lo único que puedo hacer ahora es honrarlo… vivir de un modo que lo enorgullezca. Aunque esta culpa… —se tocó el pecho— no se vaya nunca. Flor se quedó en silencio. El dolor le subía lento, como un mareo. Entonces, desde la cuna, Dylan balbuceó una sílaba dormida, suave, inocente: —Pa… pa… Y ahí, recién ahí, Flor se quebró. No con un grito. Con un llanto apretado, profundo, como si su cuerpo se hubiera guardado todo para no asustar a su hijo. Luis se levantó de inmediato, pero Flor alzó la mano, pidiéndole que no se acercara. Porque si lo abrazaba, se caía. —Gracias… —dijo apenas, con la voz rota—. Gracias por contármelo. Luis asintió, y antes de irse, dejó algo sobre la mesa. Era el casco de Manuel. —Me lo dieron… para vos. Yo… yo no podía tenerlo.
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