3 Recuerdos y Nostalgia

1054 Palabras
CAPÍTULO 3 Recuerdos y Nostalgia Esa mañana, mientras el sol despuntaba tímido entre los cerros, Flor se despertó con una sensación de vacío en el pecho. No fue un sobresalto ni una pesadilla: fue ese hueco silencioso que se instala cuando la ausencia ya es costumbre. Aún era temprano y Dylan dormía profundamente en su cuna, con su suave respiración llenando la habitación de una paz frágil. Flor se quedó unos segundos contemplándolo, apoyada sobre un codo, pensando en cómo esa pequeña vida había llegado a cambiar la suya en formas que apenas podía imaginar. Pero en su corazón, junto a esa inmensa felicidad, también sentía un hueco. Una tristeza que, por más que intentara, no conseguía disipar del todo. Su amor. Su compañero de vida. Su Manuel. El silencio de la casa se lo recordó con una crudeza inesperada. Se quedó en la cama, abrazando una almohada, apretándola contra su pecho como si pudiera reemplazar ese cuerpo que ya no estaba, mientras una ola de recuerdos la transportaba a aquellos días felices, a los comienzos con Manuel, cuando la vida era tan solo ellos dos y un mar de sueños por cumplir. Recordó su primer encuentro en el liceo. Esa chispa especial que había surgido entre ellos sin previo aviso. Cómo él, con su eterna sonrisa y esos ojos verdes que parecían iluminar cualquier lugar, la había mirado nervioso aquel primer día. Flor sonrió con nostalgia al recordar cómo le había pedido prestada una lapicera, claramente solo buscando una excusa para hablarle, y cómo ella había fingido no notarlo. Desde entonces, no se habían vuelto a separar. Habían crecido juntos. Se habían elegido todos los días. Fueron años maravillosos. A medida que el sol iluminaba la habitación, Flor cerró los ojos y se dejó llevar, como si al hacerlo pudiera retroceder el tiempo. Recordó cómo, en aquellos años, caminaban juntos por los pasillos del liceo, compartiendo sueños y confidencias, hablando del futuro como si todo fuera posible. Manuel solía hablarle de su deseo de ayudar a otros, de convertirse en bombero, de hacer la diferencia en el mundo. Y ella, como quien se descubre a sí misma en las palabras de otro, escuchaba cada sueño, cada anhelo, y sentía cómo, poco a poco, sus propios sueños se entrelazaban con los de él. Los recuerdos la llevaban a ese momento de sus vidas en el que ambos eran jóvenes e invencibles. Creían que el amor podía con todo. Cada fin de semana era una aventura: recorriendo el pueblo, caminando junto al río, quedándose hasta tarde solo para ver cómo las estrellas se reflejaban en el agua. Manuel la abrazaba y entonces Flor sentía que el mundo entero podía detenerse en ese instante. Se acurrucaba contra su pecho y escuchaba los latidos de su corazón, memorizando ese sonido, prometiéndose que, pasara lo que pasara, nunca se separarían. Pero, como toda historia de amor, la suya también tuvo sombras. Flor sintió cómo las lágrimas le nublaban la vista al recordar la pérdida de los padres de Manuel. Era apenas un muchacho de dieciocho años y la tragedia había cambiado su vida para siempre. Aun así, Manuel nunca se dejó vencer. Siempre fue un luchador. Luchó y se aferró a su sueño de ser bombero como a una promesa de vida, algo que le daba fuerzas para seguir adelante. Flor fue su sostén en esos días oscuros, y juntos aprendieron a ser más fuertes, a sostenerse uno al otro cuando todo parecía derrumbarse. Mientras sus dedos jugueteaban inconscientemente con el borde de la manta, Flor recordó la primera vez que compartieron su sueño de formar una familia. Después de una de sus salidas al río, Manuel la había abrazado más fuerte de lo habitual y le dijo, casi en un susurro: —Un día, Flor, me gustaría que este lugar fuera nuestro hogar. Que tengamos a nuestros hijos corriendo por aquí. Quiero envejecer a tu lado… ver crecer a nuestra familia. Esas palabras quedaron grabadas en su corazón. Y aunque la vida les puso muchos obstáculos, ambos sabían que querían construir un futuro juntos. Cuando Manuel finalmente se convirtió en bombero y ella en maestra, decidieron mudarse al pequeño pueblo. Era un lugar sencillo, tranquilo, pero lleno de calidez. Allí encontraron el hogar que tanto habían anhelado, un rincón del mundo que parecía esperarlos. Flor comenzó a enseñar en la escuela, rodeada de niños que pronto se convirtieron en sus “pequeños”, mientras Manuel, con su entrega y valentía, se ganaba el respeto de todo el pueblo. Ella recordaba cómo se sentía cada vez que él partía hacia el cuartel, con esa mezcla de orgullo y preocupación que nunca desaparecía. Cada vez que se iba, una parte de ella quedaba en pausa, sin saber si volvería. Sabía que él amaba lo que hacía. Y aunque entendía que el peligro formaba parte de su vocación, no podía evitar desear, cada vez, que regresara a salvo. El llanto suave de Dylan la devolvió al presente. Flor se levantó con lentitud y acunó a su hijo entre sus brazos. Al mirarlo, sintió cómo el amor y la tristeza se entrelazaban en su corazón, sin pelearse, coexistiendo. Veía en los ojos de Dylan destellos de Manuel. Esos mismos ojos verdes llenos de vida que la habían cautivado desde el primer día. Se permitió sonreír, aunque fuera una sonrisa teñida de dolor, porque sabía que en cada gesto, en cada mirada, Manuel seguía vivo a través de Dylan. —Tu papá era un hombre increíble, Dylan —le susurró mientras lo balanceaba suavemente—. Era valiente, generoso y tenía un corazón enorme. Acarició su mejilla con el pulgar, con una ternura casi reverente. —Sé que desde donde esté nos cuida, nos ama… y nos recuerda cada día que tenemos que seguir adelante. Y así, Flor se quedó un rato más, acunando a su hijo, recordando cada momento compartido con Manuel: cada promesa, cada sacrificio, cada palabra. Sabía que debía ser fuerte. Que ahora tenía a Dylan. Que él era el motivo para seguir adelante. Sin embargo, en esos momentos de soledad, cuando el silencio llenaba la casa, se permitía llorar. Llorar por el amor de su vida. Por el hombre que le había enseñado el verdadero significado de amar. Y a quien siempre, siempre, llevaría en su corazón.
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