Capítulo — Sombras del pasado Las luces blancas de la sala de urgencias caían sin piedad sobre camillas, cuerpos agotados y rostros marcados por el miedo. Era uno de esos días en los que la clínica parecía respirar a un ritmo propio, acelerado, inestable. Pacientes entraban y salían, las enfermeras corrían de un lado a otro, monitores pitaban sin pausa. Naty llevaba más de diez horas de guardia. El cansancio le pesaba en los hombros, pero no en la mirada. Se movía con la precisión de siempre, dando indicaciones claras, sosteniendo manos temblorosas, calmando voces quebradas. Su vientre, ya visible bajo el ambo, no había cambiado su forma de trabajar. Si acaso, la había vuelto más cuidadosa. —Doctora Gómez —la llamó una enfermera desde la puerta—, necesitamos su ayuda en emergencias. Ya

