Ah, sí, el tapón anal. Me llamó la atención como un faro de tormento, subiendo y bajando dentro del pequeño agujero dilatado de mi hija, la base de silicona negra brillando con lubricante. Recorrí suavemente con mis dedos la carne hinchada del pequeño y perfecto trasero de Layla, sintiendo el calor que irradiaba de ella como si la hubiera quemado un sol sádico. «Ahora, ¿qué podemos hacer con esto?», me pregunté retóricamente, sabiendo ya el plan que mi mente, nublada por la lujuria, había ideado. Lentamente, rodeé la base del tapón con el pulgar y el índice, dándole un ligero tirón que hizo que mi hija jadeara. Miré a Evan; sus ojos estaban fijos en el grosor que se expandía mientras yo jugaba con él dentro del apretado anillo anal de Layla. —Papá, ¿qué estás haciendo? —gimió Layla, gir

