Layla empezó a patalear contra la cama, pero pronto la silencié al enganchar mis pies en la parte posterior de sus pantorrillas, inmovilizándolas contra el colchón. Esto le dio a mi pene un nuevo ángulo para penetrar a mi indefensa hija, tendida debajo de mí. Al principio intentó forcejear, pero pronto se rindió, su cuerpo relajándose bajo mi peso. "Tan lleno, papi, tan profundo en mi culo...", jadeó, con los ojos cerrados, mientras su cuerpo dominaba su mente con las dolorosas señales de placer que le enviaba. Esto solo me animó a follarla con más fuerza, mis caderas golpeando contra las nalgas de mi preciosa hija, el cosquilleo en mis testículos aumentando. Layla seguía empujándose contra mí con cada embestida y juro que podía sentir cada ondulación dentro de su recto en mi pene de acer

