| Me encanta |

1849 Palabras
Capítulo 15 Nicolle Estoy tan complacida con lo que logré. No puedo esperar a hacer mi maleta. Debo decir que estaba tan segura de lo que lograría que hasta pedí una semana libre. Rose me la dio sin problema; la señora Evie ya había hablado con ella, así que no hubo ningún inconveniente. Extrañaré a Evie… pero estaré toda la semana con su abuelo. —Que tengas una linda tarde —le digo a Alex cuando está por salir de casa. —Gracias. Se acerca para despedirse de Evie. —Hasta luego, preciosa. Le da un beso en la frente y luego levanta la mirada hacia mí. Se queda observándome unos segundos más de lo debido. Eso basta para que mi corazón se acelere. Aunque me crea fuerte para jugar a la seducción, la verdad es que soy débil. Débil cuando me mira. Cuando me sonríe. Cuando observo sus labios. Cuando habla. —Hasta luego, Nicolle —se despide antes de dirigirse hacia la puerta. Me quedo de pie junto a Evie observándolo. Cuando abre la puerta, lo detengo con mi voz. —Alexander. Se gira. —Dime. Sonrío lentamente, provocadora. —No olvides que después de mañana… dormirás conmigo. —Dormiré en mi departamento —me corrige. Inclino ligeramente la cabeza. —Pero conmigo dentro. Sostiene mi mirada durante unos segundos. Sus ojos se oscurecen apenas. Luego niega con la cabeza y sale del departamento. La puerta se cierra. Prepárate, Alexander. Porque no será fácil. Y esta vez… tú tendrás que dar el primer paso. … Esa noche llego a casa dando pequeños saltos de felicidad. No sé exactamente por qué me siento tan emocionada. Tal vez porque sé que lo que viene será peligroso. Pero también se siente como si estuviera a punto de caminar sobre una cuerda floja. Y sé que en cualquier momento… todo podría derrumbarse. … Mi habitación está hecha un desastre, ropa y zapatos por todos lados. Mi armario está abierto de par en par. Estoy buscando las prendas correctas para estos siete días. Quiero algo que me haga ver bien sin mostrar tanto, aunque con las pijamas no puedo hacer mucho. Llevo un par de vestidos ajustados, algunos cortos otros no tanto. Unas camisetas, un par de jeans. —Esto es una locura —murmuro para mí misma. Doblo otro vestido con cuidado y lo coloco dentro de mi maleta. ¿Demasiado? Tal vez. Sonrío. No, definitivamente no. Guardo otro par de prendas, mi cepillo de cabello, mi perfume y también un libro. No sé si lo leeré pero me gusta la idea de llevarlo. Cierro la maleta con un poco de dificultad. Creo que exagere un poco, parece que en verdad me estoy mudando. Sonrió como boba. No puedo dejar de emocionarme. Aún no estoy en su departamento y ya respiro la tensión entre nosotros. Me dejó caer sobre la cama, miró hacia el techo sonriendo. Esto es algo extremo para mí, arriesgado para mí sentimientos y excitante. Pero voy por lo que quiero. Y yo lo quiero a él. Porque hay noches que parecen no pertenecer al tiempo. Noches que marcan la piel, los labios, la memoria. Y aunque uno quiera olvidarlas… no se puede. Porque hay noches que se quedan. Como él. Quiero más noches con él… noches que no sean un error. ALEXANDER No me puedo creer que esté haciendo esto. Me encuentro limpiando todo el departamento. Todo porque mañana llega ella. Aún no logro entender porque acepté esa estúpida apuesta. Porque para mí lo es. La cocina ya está impecable, la sala también. Falta mi habitación. Voy y cambio las sábanas por unas más limpias. Reviso que mi ropa esté muy ordenada y luego voy a la mesita de noche, cuando abro el cajón encuentro las bragas de Nicolle. Trago con dificultad. Las he guardado desde aquella noche. No entiendo porque no sé va de mi cabeza. Cierro los ojos y todo lo que veo es su cuerpo desnudo sobre el mío, su cabello pegado a su piel sudada, sus labios entreabiertos gimiendo mi nombre, sus pechos rebotando, tan redondos y firmes con un hermosa pezón rosadito que me encantó morder y chupar. Mi polla palpita dentro de mis pantalones, se me pone dura sola de recordar esa noche. Esa noche que no debió suceder. Y aquí estoy casi dos semanas después preparando todo para recibirla en este departamento. Dejo las bragas en el cajón y lo cierro con llave. No debería guardarlas. Me levanto y camino a la sala, hay una botella de whisky sobre la mesa baja. Me sirvo un poco y salgo a la terraza. La noche está fría, mi pecho está caliente. Estoy cometiendo más errores de los que debería. Soy un imbécil. Nicolle tiene algo que hace que sea difícil no mirarla. Ella no merece perder su tiempo conmigo aunque sea solo por diversión. Pero de una extraña manera pensarla con alguien más me produce un extraño sentimiento, uno que no recuerdo haber sentido antes, ni siquiera con la madre de Rose. Bebo un poco de vino y observo el cielo. Quizás es demasiado tarde para querer la vida que dejé pasar. Pero no me arrepiento. Me dediqué a mi hija, y verla feliz ha reconstruido cada pedazo de mi corazón roto. Lo hice bien. Fui un buen padre para mi pequeña Rose. Lo sigo siendo. Estoy orgulloso de ella. La pregunta que a veces me persigue es otra. ¿Estaría ella orgullosa del hombre que soy? No de su padre. Sino del hombre. El que se permite… o se niega cosas. Este que desea a una chica que no se si es menor o mayor que ella. Exhalo lentamente mientras observo la ciudad desde la terraza.. Las luces se extienden bajo mis pies como un mar brillante. Ese brillo juguetón y arriesgado que Nicolle tiene… debería desaparecer en estos días. La deseo. Me encanta. Pero no merece ser un juego. Todo lo que ella es… me atrae demasiado. Su sonrisa. Su forma de mirarme. Esa manera descarada de provocarme como si supiera exactamente lo que está haciendo. Aprieto la mandíbula. No es mía. No es para mí. Y yo no soy para ella. Pero algo en mi pecho no parece entender eso. Mi mente tiene claro lo que es correcto. Mi corazón… no tanto. Me bebo el contenido de la copa de un solo trago. El whisky quema al bajar. Justo en ese momento escucho el timbre. Frunzo el ceño. Ryan no dijo que vendría. Y definitivamente no tengo ganas de salir esta noche. Dejo la copa sobre la mesita y camino hacia la puerta. Cuando la abro… mi corazón da un salto dentro del pecho. Nicolle está ahí. Con una sonrisa traviesa y brillante. Maldita mujer. Esta chica me está volviendo loco. Y lo peor… es que creo que me encanta que sea así. La observo sin entender qué hace aquí a estas horas. Luego mis ojos bajan. La maleta está a sus pies. Una maleta muy grande. Por dentro… sonrío. Y se que a partir de esté momento mi tranquilidad acaba de terminar. —¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la noche o vas a dejarme entrar? Su voz me saca de mis pensamientos. Sigo mirándola. Luego a la maleta. Y otra vez a ella. —Nicolle… —digo despacio—. Dijimos mañana. Ella se encoge de hombros con una calma que me desespera. —Lo sé. Levanta ligeramente la maleta. —Pero decidí adelantarme. Frunzo el ceño. —¿Por qué? Sus labios se curvan en esa sonrisa suya en la que parece esconder algo. Da un pequeño paso hacia mí. Demasiado cerca. —Porque será más fácil para mí. Sus ojos se clavan en los míos. —Pensé que sería mejor despertar aquí… contigo. Ya sabes así no llegaba tarde o muy temprano a despertarte. o muy temprano a despertarte. El aire entre nosotros cambia. Denso. Caliente. Peligroso. La observo en silencio Esta mujer es un problema. —Eso no era parte del trato. Ella alza una ceja con diversión. —¿Te molesta? La miro unos segundos más. Luego me hago a un lado. —Pasa. Nicolle entra al departamento como si siempre hubiera pertenecido aquí. Deja la maleta junto al sofá y gira lentamente observando todo a su alrededor. —Vaya… —dice con una sonrisa—. Antes no pude apreciarlo, está muy hermoso tu departamento. Cierro la puerta detrás de ella. Claro que no lo apreció, si cuando llegamos aquí aquella lo único en lo que nos concentramos fue en quitarnos la ropa y cuando se marchó lo hizo de la manera en que no hubiera querido. —¿Trajiste toda tu casa? —señalo la maleta. Ella se gira hacia mí. —Solo lo necesario. Sus ojos recorren la sala y luego vuelven a los míos. —¿Ya sabes en qué habitación dormiré?. Cruzo los brazos. —En la de invitados, claro está. Su sonrisa se ensancha. —Perfecto. Camina hasta el ventanal y observa la ciudad. La luz ilumina su silueta. Hermosa, perfecta y no debería verla. —Tienes una vista increíble. Me apoyo contra la pared observándola. Sí, es increíble. Demasiado. —No viniste por la vista. Ella se gira lentamente. —No. Se acerca unos pasos. Ahora está frente a mí otra vez. —Vine por ti. Aprieto la mandíbula. No respondo. Se inclina un poco hacia mí, lo suficiente para que pueda sentir su perfume. Mi mirada baja a sus labios antes de que pueda evitarlo. Cuando vuelvo a mirarla, ella lo ha notado. Por supuesto que lo ha notado. Sonríe apenas. —Relájate, Alexander. Da un paso atrás. —Hoy solo voy a dormir. —En la habitación de invitados —aclaro de inmediato. Ella se ríe suavemente. —Sí, sí… en la habitación de invitados. Camina hacia su maleta. Pero antes de tomarla se gira hacia mí otra vez. —Aunque es curioso. Frunzo el ceño. —¿Qué cosa? Sus ojos brillan con picardía. —Que parece que estás tan preocupado por algo que aún no ha pasado. La observo en silencio. Ella levanta la maleta. —Buenas noches, Alexander. Camina hacia el pasillo como si conociera el lugar desde siempre. Antes de desaparecer en la habitación, se detiene y gira la cabeza hacia mí. —Descansa. Hace una pequeña pausa. —Porque mañana empiezan nuestros siete días —me guiña un ojo y me da la espalda. La puerta se cierra. El departamento queda en silencio otra vez. Me paso la mano por el rostro. Maldita mujer. Camino hacia el balcón y miro la ciudad. Ella está aquí. Durmiendo bajo mi techo. A solo unos metros. Siete días. Y algo me dice que… estos días va a poner a prueba cada maldita parte de mi y hay unas que reaccionan ante ella aunque ella no esté. Estoy jodido, demasiado jodido. Y aún así no quiero que se vaya, deseo que esté aquí. Deseo verla mañana al levantarse, deseo tanto ver su sonrisa. Cada maldito deseo es un error. Un hermoso error.
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