| Alexander |

1188 Palabras
Capítulo 2 Nicolle —Me gusta mucho tu sonrisa —dijo, peligrosamente cerca de mí. Su aliento, tibio, con un ligero olor a vino, me rozó la piel y me hizo contener la respiración. No era desagradable. —Hay muchas más cosas de mí que podrían gustarte —respondí, reduciendo apenas la distancia entre nosotros—. Cosas que quizá ahora no eres capaz de ver. ***************** Alexander… Su mirada había quedado clavada en mi mente. Después de ese día lo había visto un par de veces, y en cada una de ellas fingí que no había nada en él que me inquietara. Siempre que podía, cuando nadie me observaba, era yo quien lo miraba a él. No entendía por qué algo dentro de mí se agitaba cada vez que sus ojos se encontraban con los míos. Creí que se quedaría en casa de Rose, pero supe que le habían dado un departamento en la ciudad. Aun así, ella siempre le decía que podía quedarse en su casa cuando quisiera. Alexander Durand era imposible de ignorar. No buscaba mi atención… pero tampoco la evitaba. Había fantaseado con él en más de una ocasión. Tal vez estaba volviéndome loca. O tal vez necesitaba, con urgencia, la compañía masculina. —Buenos días, Nicolle —saludaba siempre que llegaba por las mañanas a ver a su nieta. —Buenos días, señor Durand —respondía yo en voz baja, evitando mirarlo más de lo necesario. Necesitaba dejar de pensar en cómo se vería sin camisa.Quizá se vería mal y yo aquí imaginándolo con un cuerpo que ni siquiera sabía si tenía. A veces lo encontraba observándome mientras jugaba con Evie en la sala. Fingía leer el periódico, pero sus ojos se alzaban una y otra vez. Yo lo sentía. Siempre lo sentía. Y cuando levantaba la vista y lo descubría mirándome, no apartaba la mirada de inmediato. Tampoco yo. No eran miradas descaradas. Eran miradas lentas. Cuidadosas. Como si ambos supiéramos que cruzar cierto límite sería peligroso. Debía evitarlas. Una tarde, mientras Evie dormía, coincidimos en el pasillo. Era estrecho. Demasiado. Intenté pasar sin rozarlo. Fallé. Su brazo rozó el mío. Apenas un contacto. Inocente. Pero mi piel reaccionó como si hubiera sido fuego. —Perdón —murmuré. —No pasa nada —respondió. Su voz sonó distinta. Más grave. Más cercana. No se movió de inmediato. Yo tampoco. El pasillo se volvió pequeño. Íntimo. Pude oler su perfume, sobrio, masculino, de esos que no buscan llamar la atención… y aun así lo hacen. —Deberíamos… —empezó él. —Sí —dije al mismo tiempo. Pero ninguno se movió. Finalmente, fue él quien dio un paso atrás. Yo me quedé allí, con el corazón desbocado, odiándome un poco por desear que no lo hubiera hecho. La noche antes de la boda, Rose me invitó a una pequeña reunión con sus amigas. Me sentía nerviosa entre ellas, no las conocía, solo a Rose. Me preguntaron si había alguien en mi vida y negué con la cabeza. Luego Ruby, la prima de Rose, se ofreció a presentarme a su hermano. Me puse roja. Sentí el rostro caliente. No por la propuesta… sino porque, en ese instante, mi mente solo podía ver a una persona. Alexander. Bebí la copa que Ruby me entregó. Luego bebí otra. Y otra más. No estaba bien pensar en un hombre como él. No por lo que dirían los demás, sino porque Rose me consideraba su amiga… y yo estaba pensando demasiado en su padre. Ruby y yo fuimos las que más bebimos. Nos subimos a una mesa y bailamos al ritmo de la música. Rose y las demás solo aplaudían, animándonos a movernos más. Hacía meses que no me divertía tanto con un grupo de chicas. Tenía amigas, sí, pero casi no nos veíamos. La vida, el trabajo… todo se interponía. Esa noche me sentí ligera. Libre. Y peligrosamente distraída. … El día de la boda desperté con un terrible dolor de cabeza. Tomé analgésicos, me di una ducha rápida y me dirigí a la mansión Fletcher. Allí Rose se prepararía para la ceremonia. Yo ayudaría en lo que hiciera falta y luego regresaría a cambiarme. —Oh, cariño, qué bueno que llegas —la señora Evie se acercó a mí—. ¿Me ayudas con la pequeña Evie? Debo ayudar a Rose y revisar algunos detalles. Quiero que todo esté perfecto. —No se preocupe —sonreí—. Yo me encargo de esta preciosura. Me acerqué a Evie, que estaba sentada sobre una alfombra rodeada de juguetes. —¿Tu vestido está listo, cariño? —preguntó antes de irse. —Sí. En cuanto todo esté listo aquí, iré a prepararme. La señora Evie estaba radiante. Emocionada como pocas veces la había visto. No como en la boda anterior. Todos sabíamos que Thomas no iba a ser feliz con esa mujer. Pero ahora era distinto. El amor se veía en los ojos de Tristán y Rose. En sus sonrisas. En la forma en que se buscaban incluso en medio del caos. Me senté en el suelo junto a Evie, no tenía idea de que ese día… todo lo que había intentado controlar estaba a punto de desbordarse. … Horas más tarde, después de haber dejado a Evie lista, con su vestido rosa pareciendo toda una princesa, por fin pude ir a arreglarme. Me puse el vestido que había elegido para mí. Uno sencillo, pero hermoso. Me quedaba muy bien, me maquillo y dejé mi cabello suelto. Mientras me miraba en el espejo mi vida cayó en la foto de mamá. La extraño mucho y espero que desde dónde esté me sonría y esté orgullosa de mí. Sonreí al verme una vez más y salí de casa. Regrese a la mansión Fletcher. Tristán ya estaba listo esperando a la novia. Busqué a la señora Evie para saber si ya no necesitaba nada más de mi. Y entonces ocurrió. Doble por uno de los pasillos laterales y choque de frente con un cuerpo sólido firme, que no esperaba encontrar ahí. El impacto me hace perder el equilibrio. Unas manos fuertes me sujetan por la cintura antes de que caiga. —Cuidado —dice una voz profunda, justo encima de mí. Alexander. El mundo se detiene. Levanto la vista lentamente y me encuentro con sus ojos, tan cerca que me olvido de todo lo demás. Me sostiene aún, como si no se hubiera dado cuenta de que ya estoy bien… o como si no quisiera soltarme. Sonrió por dentro, su agarre se siente tan firme. Después de aquel cruce en el pasillo no lo había tenido tan cerca. —Lo siento —murmuro—. No estaba mirando. —No —responde—. Fui yo. Su voz suena distinta. Más baja. Más cargada. Su mirada desciende, sin prisa, recorriendo el vestido, mis hombros, la forma en que respiro demasiado rápido. Vuelve a mis ojos y algo se tensa en su expresión. Aprieta ligeramente la mandíbula, como si estuviera luchando contra un pensamiento peligroso. Lo único peligroso aquí podría ser yo. Podría, pero no lo seré. No para él.
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