Capítulo 6

949 Palabras
Veo que el jefe toma un ascensor y yo voy al otro. Como no traje auto salgo del edificio y espero para verlo pasar cuando salga de estacionamiento. Asumo que es el ejecutivo que sale, por suerte lleva los vidrios bajos y me percato que es quien conduce, antes de subirlos y sumirse en la negrura del polarizado. Pienso que es raro que no tenga conductor personal, es lo normal. Sin embargo, eso me hace pensar que debe ir a algún otro lugar que no sea su casa o algún compromiso de negocios. No tengo idea de eso porque no tengo acceso a su agenda todavía, así que le sigo a la loca. Busco un taxi y cuando por fin logro subirme a uno le pido que tome esa misma dirección. El auto del jefe se detiene en un semáforo y eso me alegra porque ya lo tengo a la vista. El señor del taxi me mira con recelo, le sonrío y le digo que voy hacia la misma dirección del auto de adelante, solo que no hubo cupo para mi allí. ―¿Lo está persiguiendo o algo señorita? ―pregunta con perspicacia. Muy astuto el hombre. ―¡No para nada! Pero sería bueno que no lo perdiera de vista o no sabré a donde llegar. En parte no es mentira; pero es lo que me he obligado a hacer solo por encararlo y descubrir por qué me tiene alergia. El recorrido que hace me resulta extraño porque no vamos a ningún barrio residencial exclusivo, o zona de restaurantes, en cambio toma una ruta un tanto diferente, si residencial, pero más corriente. No puedo pensar que viva por allí, no, conociendo su estatus. El auto se detiene frente a un edificio de apartamentos bastante normal, sin ninguna información de entrada. Entra directo al estacionamiento por lo que debe tener un lugar allí. Le pido al señor del taxi que se detenga en la esquina, después pregunto por la tarifa. El hombre responde, le pago, y me bajo antes de que diga alguna cosa. Me arreglo la ropa y toco el timbre de entrada. Me dejan entrar y voy hasta la recepción. Cuando estoy allí me siento estúpida porque no tengo idea de en qué piso vive. También me encuentro con que será muy tedioso preguntar y obtener respuestas sin que se piense que puedo ser alguien problemática. ―Buenas noches, ¿que desea? ―me pregunta el hombre. Piensa, piensa. ―Ah, el hombre que acaba de entrar al estacionamiento ―digo y me quedo callada por cómo me mira ladeando su cara. Hay una extraña cautela en su mirada. ―Un momento ―dice revisando algo en su monitor―, ¿es quién viene a ver al señor W? ¿Señor W? Su pregunta me deja un poco pensativa, además de sorprendida; sin embargo, esa inicial es obvio que debe ser de su apellido. ―Eh, sí. Tiento a mi suerte. ―No luce como la persona que espera ―advierte de sopetón, lo que me obliga a pensar cómo salir de este embrollo. El teléfono del mostrador suena como una salvación y el hombre lo toma de inmediato sin dejar de mirarme. Me debato entre si dejar esta locura y salir corriendo de allí. No obstante, gesticula monosílabos y termina con un: si ya llegó y la enviaré de inmediato, que hacen que me detenga de mi huida. ―Bien, la está esperando ―me anuncia a mí y yo entreabro mi boca―, tome el ascensor y suba directo al ático ―informa y vuelve a ocuparse de lo suyo. Aguardo a que diga algo más, pero parece que no lo hará, y creo que espera que me mueva de allí. Aun sin saber si estoy haciendo lo correcto me encamino hacia el ascensor con algo de ansiedad, porque ahora empiezo a caer en cuenta que quizás ese hombre se verá allí con alguien más y me he entrometido; no obstante, tengo mucha curiosidad, tanta que me causa nervios por la locura que estoy cometiendo. ¡Ya qué! Si ya se había enojado antes, es probable que se ponga furioso como el demonio ahora. Sin embargo, no creo que tenga otra oportunidad. «¿Y si le agarro en alguna falta grave?», medito maliciosa. Tal vez eso funcione a mi favor. Me decido y subo hasta el ático. El corazón me palpita en el pecho como si se me fuera a salir, por lo que trato de calmarme cuando llego y estoy ante la puerta. Antes de tocar me fijo en la mirilla, así que me hago a un lado para que no me vea y me descubra, y seguido toco la puerta. ―Entra. ―La orden de acceso es intransigente, pero sin duda es su tono de voz. Giro el pomo y entreabro la puerta―, ¿Qué esperas? ―agrega exasperado y entonces asomo la cabeza. Dentro está en penumbras, hay muy poca luz, pero aun así me quedo de piedra con lo que hay allí, porque parece un cuarto de tortura. Él está allí de pie y brazos cruzados al pecho en una actitud exasperada. Se ha quitado la chaqueta, se ha sacado la corbata y ha remangado sus puños dejando ver sus muñecas blancas. Mi espanto es equiparable al suyo, porque lo último que esperaba era encontrarme con todo esto, tanto como él seguro no se esperaba a que yo lo descubriera. ¡Me lleva! Su espanto es monumental y no sé si soy la primera en reaccionar, pero retrocedo más rápido que una bala y salgo huyendo de allí como alma que lleva el diablo.
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