Abrí los ojos, y todo se volvió confuso. Me percaté rápidamente que estaban llevándome en una camilla a alguna parte. Mis manos seguían atadas al igual que mis piernas. Veía personas vestidas de blanco a mi alrededor, manejándome, y con barbijos en sus bocas, y sostenían la mirada al frente. Me encontraba tan adormecida que en cuanto quise gritar, sólo logré balbucear palabras indefinidas. Una de ellas me miró. Se trataba de una mujer de ojos negros, y de más de treinta años. —No sentirás dolor alguno, cariño. ¿Qué?¿Que iban a hacerme? Quería salir de allí. Sentí las lágrimas brotan de mis ojos. Estaba aterrada. La angustia me invadió. La camilla paró con brusquedad, y un montón de luces blancas me cegaron por momentos. ¿Estaba en un quirófano? Dios mío. Sentí como me sacaban las

