La noche se tragaba los últimos rastros del día con voracidad. En una pequeña sala de hospital, la familia de Salomé intentaba reconstruir pedazos de calma. Aún no sabían que la verdadera guerra apenas comenzaba. Mateo la miraba dormir, frágil y hermosa incluso en su debilidad. Acariciaba con los dedos una hebra de su cabello mientras su mente repasaba los eventos del día: el ataque a la caravana, los disparos, los gritos, el caos. Habían sobrevivido, pero no salieron ilesos. Nada volvería a ser igual —Mateo —susurró Salomé, abriendo los ojos apenas. —Estoy aquí —respondió de inmediato, inclinándose sobre ella—. ¿Te duele algo? Ella negó con la cabeza, con una sonrisa breve. —No… solo tuve otro sueño. Catalina… otra vez. Pero esta vez, no estaba sola. Mateo frunció el ceño. —¿Quién

