Catalina apagó la pantalla de su teléfono con una sonrisa torcida. Desde su penthouse en el centro de la ciudad, se inclinó sobre la barandilla con una copa de vino blanco entre los dedos. La vista nocturna de Madrid se extendía como un tablero de ajedrez, lleno de piezas que ella aún no había movido. —Salomé... tan ingenua —susurró—. Y Mateo... aún cree que puede esconderse de mí. Se volvió hacia el interior del departamento, donde Ethan se encontraba recostado en el sofá, sin camiseta, con un cigarrillo apagado entre los labios y los músculos aún marcados por el show de hace unas horas. —¿Te aseguraste de que no te siguieran? —preguntó Catalina, con tono seco. —Por favor —respondió Ethan, sin mirarla—. Soy stripper, no amateur. Nadie me vio. —Perfecto. Ahora escucha: dile a Gerardo

