El aire era denso dentro del galpón abandonado en las afueras de Valencia. El metal oxidado de las vigas goteaba agua, y cada sonido parecía multiplicarse entre las paredes de cemento desnudo. La humedad calaba en los huesos, pero lo que verdaderamente helaba la sangre era la presencia de Catalina Creel, caminando con calma casi teatral frente al cuerpo amarrado de Biannca. —¿Te crees más lista que yo, Biannca? —susurró Catalina, agachándose hasta quedar a su altura—. Siempre con esa mirada de superioridad. Esa maldita actitud de reina… pero mírate ahora. Biannca, atada de pies y manos, con los labios partidos y una herida reciente sobre la ceja, alzó la mirada con determinación. —No soy más lista que tú… sólo menos predecible. Catalina sonrió, pero era una mueca torcida, enferma. —Lo

