La ciudad de Valencia despertaba envuelta en una luz dorada, como si el sol supiera que ese día no debía haber sombras. Después de tanto dolor, después de tantas despedidas, los sobrevivientes del caos comenzaban a respirar distinto. Con los corazones reconstruidos a golpes y ternura, la paz finalmente parecía más que una promesa: era presente, la calma era tan profunda que ya no daba miedo reírse o estar feliz, , donde las paredes pintadas a mano, los lienzos secándose al sol y el murmullo de jóvenes artistas daban vida al nuevo mundo de Salomé. Coordinadora de proyectos, amada por su equipo y admirada por los alumnos. Su cabello recogido en una coleta alta, camisa celeste arremangada y jeans oscuros con manchas de pintura la hacían ver libre. Completa. Viva. Pero ese día, al girarse tra

