- Cariño, tengo muchas ganas de que compres algo para ti. Hago hincapié. Me haría más feliz que cualquier cosa que me hayas dado.
Cuando llegaron a casa, Mãe Esperança ya los estaba esperando con una tina llena de agua tibia para el baño. Tamí se sentía tan en deuda con sus viejos padres adoptivos. Ellos habían hecho todo por ella. No sabía si sus verdaderos padres habrían sido tan amorosos y cariñosos como lo fueron.
Él nunca le dijo nada a ella, especialmente amor. Y ahora trataban a Albert con el mismo cariño que le habían dado a ella toda su vida. La criaron desde que era un bebé, tras la muerte de sus verdaderos padres. Nunca tuvieron hijos... Sólo tuvieron a Tamí y Albert.
Tamí bañó a su hijo y luego entró en la tina tibia y jabonosa. Cerró los ojos y respiró hondo. Esto era lo que necesitaba después de un largo día de trabajo. No tenían agua corriente y usaban el cobertizo en la parte trasera de la casa para lo que necesitaban. Tampoco tenían electricidad, ya que era demasiado cara y estaban acostumbrados a vivir de esa manera.
En el pueblo garimpeiro todos llevaban esa vida. Tenían casas sencillas pero buenas en grandes terrenos que debían pagar mensualmente a la Compañía. Los que fueron ascendidos tenían mejores condiciones, como inspectores de minas.
Terminan viviendo cerca del puerto, donde había comodidades como electricidad, agua corriente y alcantarillado. Pero estos beneficios tuvieron un precio: ser ojos y oídos para la Compañía y, a menudo, ir en contra de su propia gente.
Pero al parecer todos eran fácilmente comprados por estos beneficios, ya que nunca un “ascendido” volvía a la antigua vida de prospector. No entendían que ellos también eran explotados, solo que de otra manera.
Cuando salió del agua, se secó. Se miró en el pequeño y viejo espejo roto detrás de la puerta mientras desembarcaba y alborotaba los mechones de cabello envueltos en la toalla vieja. Era una mujer muy alta y delgada, por lo que destacaba entre las demás. Pelo claro, amarillento, largo hasta la cintura y siempre enredado por el viento. Tenía pecas en la nariz y un poco cerca de las mejillas. La piel pálida de su cuerpo contrastaba con sus brazos y rostro quemado por el sol. Tenía labios carnosos y dientes blancos y rectos. Sus ojos, verde esmeralda, eran herencias de su hermosa madre.
Su belleza llamó la atención de los hombres y mujeres de la isla... Pero pocos hombres intentaron acercarse a ella, pues ella había marcado su territorio como quería: lejos de ellos. Se puso un vestido de lino blanco, muy raído y sin nada en los pies.
Cuando fue a la playa, no vio otra manera de sentir su libertad y felicidad excepto la arena bajo sus pies. Iría a ver a la Vieja del Mar. Siempre que iba allí, prefería no decírselo a sus padres, ya que sabía que no aprobaban sus visitas, aunque estaba bastante segura de que fingían no saber que ella iba allí la mayoría de los días.
- Mamá, voy a dar un paseo por la playa. - ella dijo.
- ¿Para ver el mar? preguntó Esperanza.
- Sí...
- Tienes cuerpo de mujer, pero sigues siendo la misma chica. – dijo Esperanca sonriendo mientras organizaba la cena.
- Soy una mujer. ella respondio.
- Sí... Aunque nunca dejó de ser la niña.
Tamí sintió los últimos rayos del sol del día rozar su piel y caminó por la orilla del mar, sintiendo el agua un poco fría jugando con sus pies descalzos. Sabía que el camino hacia su amiga era largo.
Esa sensación de libertad, todo ese lugar, la encantaba y era parte de ella. No había un día que no fuera al mar a sentir la brisa, la arena y el agua. El trabajo era duro, pero sabía que al final del día estaría allí, viendo un espectáculo que a pocos interesaba, pero que para ella era el más hermoso del mundo: el atardecer en la isla.
Recordó lo feliz que había sido su infancia antes de que Todi la deshonrara. Sí, era una niña alegre, una niña del mar. Se preguntó si alguna vez Dios la perdonaría por lo que había hecho. Ella no iba a la iglesia como sus padres, todos los domingos, sin importar el clima o lo que sucediera. Tenía dudas acerca de Dios... por todo lo que había pasado hasta ahora.
Se preguntó si este Dios, tan amable como pensaban sus padres, se había olvidado de ella en esa isla, llevándose a sus verdaderos padres a través de la muerte y dejando que ese horrible hombre le quitara la infancia a los 13 años. Pero al mismo tiempo pensé que tal vez ese perdón de Dios había venido en forma de su hijo... Albert podría ser su perdón.
A pesar de todo lo que había pasado, ese chico era un regalo, lo más importante que tenía, un amor que nunca pensó que sentiría. Hizo que ni siquiera pensara en la forma en que fue concebido, sino simplemente en que vino al mundo para ser su ángel, para enseñarle el amor más profundo y puro. Sin embargo, el odio no abandonaría su corazón. El niño fue el único capaz de calmar su cuerpo y alma heridos.
Aparte de eso, solo había tristeza y odio. A menudo pensaba en olvidar su pasado y vivir el presente, pero no podía. Cuando cerraba los ojos por la noche, todavía recordaba todo.
Todi también venía en sus pesadillas muchas noches, cuando despertaba sudorosa, con un grito ahogado y lágrimas en los ojos, tomándose tiempo para comprender que todo había pasado hacía tanto tiempo y él ya no estaba.
Esos amargos recuerdos la hicieron crecer diferente a todos los demás. Era una mujer fuerte a la que no le importaban los sentimientos. Se centró sólo en lo que quería y sus objetivos. Sabía que a pesar de todos sus esfuerzos, tratando de crear asociaciones de vecinos, pensando siempre en el bien de todos, no era muy bien vista por la gente del pueblo.
Pero sí, ella tenía corazón, pero él no tenía espacio para el amor, porque el odio se apoderó de ella. Cuando un hombre la miraba con otras intenciones, ella se disgustaba. Odiaba cuando la miraban. Le recordaba a Rotsey... otra triste historia del pasado.
Albert era todavía pequeño, Esperança y João estaban en las minas y ese día ella no había ido porque el niño no estaba muy bien. Fue a cortar un poco de leña para cocinar y cuando lo vio ya la estaba sosteniendo por los senos, detrás de él... Todo fue muy rápido y no tuvo tiempo de pensar. Todo lo que vio fue a Todi y ese día volviendo a su cabeza. Así que cuando volvió en sí ya le había tirado el hacha al pie.
Rotsey era un buscador de oro que no era muy querido en el pueblo. Un borracho pervertido que decía tonterías cada vez que pasaba junto a él. Ella no se defendió, simplemente se escapó de él. Cuando él tenía esa actitud ella no tenía nada que hacer. Le haría bien a cualquier hombre que la tratara de esa manera. Y el hecho de que tuviera un hijo pequeño hizo que algunos hombres pensaran que era una mujer que todos podrían usar. Esto hizo que ella necesitara imponerse de esa manera. El pie del prospector tuvo que ser amputado.
Y con eso, se ganó su reputación de maquiavélica, porque a nadie le importaba por qué había hecho eso, sino la forma violenta en que reaccionaba. ¿Arrepentimiento? No estaba segura... a veces sí, a veces no. Y lo cierto es que ese acto hizo que todos se alejaran de ella, menos Junior, que cuando llegó a la isla no la conocía. Y se sentía segura de esta manera. Muchos pensaron que Junior era el padre de Albert, ya que había llegado a la isla de la nada... Pero nunca sabrían si o no, y les impresionó que Tamí tuviera una buena relación con él de alguna manera.
A menudo, cuando pasaba por el pueblo, especialmente en el centro comercial de la isla, veía miradas curiosas y conversaciones cerca de su oído sobre ella, quién sería el padre del niño, etc. Trató de no preocuparse por lo que pensaran los demás.
Tenía demasiado que ver con su vida como para darle importancia a comentarios que no lo ayudarían en nada. Y aún con todos los juicios , todos la conocían...
La niña que nació en la mina de oro, hija de la pareja que vino a la isla para transformarla en un lugar hermoso y perfecto para que todos pudieran vivir en armonía. . No conocía ningún otro lugar más que la isla. Sabía que nunca podría vivir lejos de ese lugar... moriría si nunca veía el mar, si no se mojaba los pies o si no olía el polvo de la minería. Además, nunca pudo salir de esas tierras, pues allí estaban enterrados sus padres.
Trató de ir más rápido porque pronto subiría la marea y sería difícil volver a casa. Pronto vio la vieja casa hecha de hojas de palma. Allí vivía la Vieja, casi en el mar. Un gran misterio se cernía sobre ella, haciendo que nadie en la isla acudiera a ese lugar.
Le tenían miedo, pensando que era una bruja. A la Vieja del Mar no parecía importarle mucho eso... o cómo se llamara.
Se contaban muchas leyendas sobre ella, pero la que más llamó la atención fue que la mujer era una sirena que había sido maldecida por un pescador cuando era joven y convertida en una anciana. No satisfecha, recurrió a la brujería para romper el hechizo y volver a su forma anterior.
Por eso vivía allí, sola. Pero Tamí de niña la conoció en la playa y se hicieron amigas. Tamí la buscaba cada vez que podía y traía ricas comidas hechas por Esperanca, aunque no sabía. Y sí... Dijo que vio el futuro a través del mar. Y eso impresionó a Tamí. Le gustaba escuchar sus predicciones, aunque no sabía si realmente las creía.
Cuando se acercó, la mujer estaba sentada en una vieja silla frente al mar, envuelta en sus propios pensamientos, buscando una respuesta desconocida. El mar ya tomaba tonos negros, debido a la noche que venía a tomar el lugar del día.
- Tamí, niña... ¿qué te trae por aquí? preguntó sin mirar a Tamí.
- Vine a ver si estabas bien.
Ella se rió, mostrando unos dientes oscuros y desaliñados:
- Sí, estoy vivo. Dile a la gente que aún no estoy muerto, si eso es lo que quieren saber.
Tamí se sentó en la arena a su lado, sintiendo sus pies hundirse en la suavidad.
- Creen que nunca morirás... porque eres una bruja. ella observó.
- ¿Y usted cree en ellos?
- Por supuesto que no... Si fueras una bruja no serías tan buena conmigo.
Ella volvió a reír:
- No soy bueno contigo, niña. Tú que eres bueno conmigo. Si no fuera por ti, no tendría humanos con quienes hablar. Solo tendría a mis buenos viejos amigos del mar.
Tami se quedó en silencio. Había oído hablar de los amigos del mar.
- Me gustaría llevar a mi hijo a conocerte. Creo que ya es hora.
- Lamentablemente no conoceré a tu hijo, mi niña. El destino así lo decidió. Y si insistes, sabes que algo malo puede pasar.
- Pero... me gustaría mucho que te conociera, que fuera tu amigo tanto como yo. Es un chico encantador y...
- Me gustaría conocerte también. – dijo, interrumpiendo a Tamí. – Pero no lo haré.
Tamí se quedó en silencio, observándola sin apartar los ojos del mar.
- ¿Ves algo sobre mí? - Preguntó.
- Sí, te veo, Tamí... Y un gran odio.
- Yo se. - dijo ella confundida.
- Tienes que tratar de olvidar lo que pasó en el pasado, Tamí. Necesitas sacar este odio de tu corazón. Ya te has vengado de todo lo que te hizo... No hay nada más que hacer. No puedes traerlo de vuelta para matarlo de nuevo. Necesitas liberar tu corazón para el amor.
- No puedo... Lo he intentado, pero nunca podré olvidar ese día. Creo que nunca dejaré de odiar a Todi y lo que me hizo.
- Piensa que te dio lo que más amas: tu hijo.
- Su espíritu vaga por esta isla. Y solo tú puedes liberarlo.
- Creo que lo que pensarían mis padres de todo lo que pasó... ¿Serían capaces de perdonarlo siendo tan buenas personas?
- El perdón no depende de tus padres... Este perdón solo lo puedes dar tú y nadie más.
Tamí sintió una gruesa lágrima correr por su rostro:
- No puedo... Nunca seré capaz de perdonarlo.
- Entonces tu camino seguirá siendo oscuro y triste.
- Yo no creo en estas cosas. – dijo Tami, levantándose. - Mi vida no depende de nadie.
- El mar no miente.
- ¿Toda esta oscuridad en mi futuro es por el odio que siento? – preguntó Tami.
- Tal vez... Pero no se necesita mucho conocimiento para saber que quien vive con tanto odio no puede ser feliz.
- Necesito irme... Volveré tan pronto como pueda. - Dijo cambiando de tema.
- Cuídate, niña.
Tamí emprendió el camino de regreso a casa. La luna iluminaba el mar oscuro y también su camino. Le tenía mucho cariño a la Vieja del Mar, pero no sabía si creía en sus predicciones sobre el futuro. Hacía poco tiempo que había empezado a hablar con Tamí al respecto, al principio impresionándola, pero luego pensó que podría ser la vejez. Decía que el destino de las personas estaba en el agua del mar... Que cada gota era un destino. Y ella siempre decía que todo lo que el mar nos da, nos lo quita. Eso molestó un poco a Tamí. Siempre recordaba la forma en que Albert había sido concebido y nacido... Todo junto al mar. De hecho, él era un regalo del mar para ella. Y cualquier cosa que le dijeran que mencionara la pérdida de su hijo la hacía muy vulnerable.