Cuando Fer pasó por su hermana al trabajo la puso al tanto de todo lo que había sucedido hasta el momento. Aun sin conocer a Andrés, Fer y su familia sienten una verdadera preocupación por su estado, ya que alguna vez ellos también ocuparon ayuda y hubo personas de noble corazón que les tendieron la mano cuando más lo necesitaban.
—Muchas gracias por su ayuda ¬—anuncia el doctor Eduardo a la familia de Don Memo—, tal vez este joven hubiera muerto sin ustedes. Su estado actual es delicado y está en coma debido al accidente. Posiblemente, tarde de uno a dos días para que despierte.
—Son muchos días, Lalo. No podemos pagar tanto —confiesa el patriarca con pesar, ya que la economía de su familia no ha estado en su mejor momento durante un tiempo.
—Lo sé, pero dejémoslo aquí lo necesario. Sus signos vitales son estables. El estado comatoso en el que se encuentra es debido a un golpe que recibió en la cabeza y a la pérdida de sangre. Su cerebro necesita tiempo para desinflamarse por sí solo, esperemos que no queden secuelas. Pero en el momento que veamos reacciones favorables en él podrán llevarlo a su casa en lo que aparece la familia.
— ¿Dices que podemos llevárnoslo a casa? Ahí cuidar de él. ¿Por qué solo está dormido? —pregunta Don Memo sin saber mucho del léxico de los médicos.
—Algo así, pero no por el momento. Al menos esperemos de uno a dos días para ver si da signos de despertar. ¿Siguen sin saber nada de la familia? —inquiere el médico.
—No, el teléfono que encontramos no tiene un chip y quedó totalmente destruido. Así que no. Solo tenemos su nombre, pero tú sabes que aquí no hay red. Tendríamos que ir al otro pueblo a buscar datos de él en internet, a ver si de casualidad encontramos algo.
—Ok. Y otra cosa. ¿Los gastos? ¿Quién se hará cargo? Podemos esperar a que se encuentre a un familiar para que se haga cargo de los honorarios de los chicos. Ustedes saben que por mí no hay ningún problema, pero ellos tienen bocas que alimentar —pregunta el doctor y sugiere a la vez pues conoce de la situación de la familia.
—En lo que eso pasa yo puedo pagar lo que tú me digas que corresponde a la estadía y el pago de los chicos. Ya veremos que sucede con el resto cuando despierte —informa Don Memo sin dudar, su generosidad es tan grande que no le importa quedarse sin un centavo con tal de hacer lo correcto—. Además, es navidad y no es justo para Javier, Margarita y Romina que no se les pague, y por ti querido amigo, prometo saldarte tu honorario en cuanto pueda.
Sus hijos, Zil y Fer se ven uno al otro. Saben que si la decisión está tomada ya no hay más nada que hacer.
—Como digas Memo. Pero igual podemos esperar, unos días no harán la diferencia.
—Lo sé. Pero ya te debo mucho. No quiero deberte la vida de alguien más, también —afirma Don Memo con agradecimiento haciendo énfasis en lo último recordando aquella vez en la que les ayudó.
Años atrás Eduardo Vega le salvó la vida a su hija Zil. El junto a Doña Tita, madre de Don Memo, cuidaron de ella en la pequeña clínica hasta que sanó completamente y pudo unírseles de nuevo en casa. Fueron momentos difíciles para su hija y para ellos como familia, pero con amor y esfuerzo lograron salir de ello.
—No me debes nada. Te lo he dicho cientos de veces, pero, como eres un cabeza dura te dejaré ser. Tengo que irme. Quiero ver al paciente una vez más antes de ir a casa —les informa Eduardo.
—Es cierto. Y nosotros que no hemos comido nada —dice Fer recordando que no habían ni desayunado y ya pasaban las dos de la tarde y aun no probaban alimento.
—Oye Lalo. ¿es necesario que alguien se quede con el joven? —pregunta Don Memo a su amigo de toda la vida.
—Sí, lo olvidaba. Es indispensable por si despierta. Pónganse de acuerdo y le avisan a Margarita. Ella se quedará aquí de guardia. Nos vemos —dice esto y se va por la misma puerta donde minutos atrás había salido.
—Adiós —dicen los tres García.
—Yo me quedaré. Ustedes ya estuvieron aquí todo el día. Es hora de que vayan a descansar. Mañana puede venir uno de los dos a medio día. Mandaré recado al trabajo —informa Zil a su padre y hermano, mientras camina junto con ellos por el pasillo hasta llegar al pequeño cuarto donde está en una camilla el desconocido.
——No hija, debes ir a casa a descansar ——suena más a petición que a sugerencia la voz de Don Memo pues sabe la larga jornada que ella ya ha tenido en su trabajo.
——Está bien papá, no importa, el hombre está dormido y yo puedo acostarme en la camilla de un lado. Mira ——dice señalando la cama vacía, por un lado, de Andrés—— no hay nadie. Puedo hacerlo, ustedes vayan, coman algo y descansen. Mañana temprano vienen a relevarme, además mamá y Tita deben estar preocupados por ustedes.
—¿Estas segura Zil? ——cuestiona Fer.
——Sí, ustedes ya estuvieron aquí todo el día. Necesitan comer y darse un baño, apestan a sangre ——dice mientras hace cara de asco.
Pero lo hace de una forma graciosa que a su padre y hermano les causa risa.
—Está bien Zil, pero antes debes comer —le advierte su padre.
—No papá así está bien. No tengo nada de hambre —desayuné tarde, miente.
Zil le resta importancia ya que sabe que no tienen mucho dinero para sobrevivir la semana y el hecho de que su padre quiera pagar la estadía del joven en la clínica solo hace que la carga económica sobre ellos sea más pesada. Así que se niega a gastar un peso más en una comida.
—Anda, hermanita —abrazándola por el cuello, su hermano le pellizca una mejilla con ternura para luego decirle en todo burlón— estos cachetes necesitan más comida, este re flaca.
Zil pone los ojos en blanco y le da un golpe de puño en el brazo instándolo a dejarla en paz, nunca le ha gustado que le digan que es delgada, ella ya lo sabe. Siempre ha sido así, pero a causa de la situación familiar últimamente está más que nunca
—Ya, ya, niños. Vengan mejor, yo también tengo hambre. Seguro, mamá Tita ha de estar ocupada y tu madre también. Vamos —señala con la cabeza la salida de la clínica—, Doña Lupe ya se puso en la esquina de enfrente con los tamales. Yo pago.
El par de hermanos que hasta el momento seguían molestándose sonrieron con entusiasmo ante la propuesta de su padre. Abrazados caminaron detrás de él hasta salir y llegar al puesto de tamales.
Zil, que no dejaba de preocuparse solo pide uno de elote con rajas, por ser de los más baratos, pero Don Memo y Fer piden dos cada uno de carne y acelgas. No porque fueran más baratos sino porque sabían con certeza que la vida es un tobogán, a veces vas tan deprisa que no reparas en disfrutar del momento; así que ellos si lo hacían, en eso se parecían padre e hijo. Mientras Zil reparaba en todas las necesidades ellos se dispusieron a disfrutar lo que la vida les daba en ese momento y eso era un par de tamales para cada uno.
Después de compartir juntos aquellos alimentos Don Memo y Fernando se despiden de Zil para ir a descansar. Una larga jornada tuvieron y ahora era tiempo de ir a ver al resto del clan García, que aguardaban laboriosamente en casa, pero antes tenían que ir a dejar los productos que les encargaron.