Buenas intenciones

1285 Palabras
Es cuando sale a la sala de recepción que se da cuenta que una vez más su amigo y el hijo de este se encuentran ayudando a los desconocidos.  —Memo, Fer, ¡qué bueno que están aquí —los intercepta con premura—. Necesitamos trasladar a Andrés a casa de ustedes, no hay espacio para todos aquí. ¿Será posible? —¿Estás seguro? —inquiere Don memo algo preocupado por la estabilidad del joven. —Por supuesto, lo único que necesita es estar canalizado y con la sonda. Sé que ustedes le cuidarán bien. —al ver la duda en los ojos de ambos intenta convencerles—. Ustedes saben que no se los pediría de no ser necesario. Nunca pensamos que algo así —señala el caos de personas entrando y saliendo de aquel pequeño lugar— sucedería de nuevo y tan, pronto.  » Maggie ya viene en camino, ella les ayudará en el traslado y en la instalación del joven. Sé que estará en buenas manos y nosotros estaremos pendientes de él hasta que se encuentre a sus parientes. ¿Está bien? —De acuerdo, Eduardo. Ya nos habías advertido, pero no creemos que llegará a ser necesario. Tu nos qué hacer y con gusto te ayudamos. —Pasen por acá, esperen a que llegue Maggie y ella les dará instrucciones yo tengo que pasar con los nuevos pacientes —dándoles un apretón de manos a cada uno y con una actitud seria se despide del par de hombres. Fuera la mañana comienza a aclarar, no son ni las ocho de la mañana y la acostumbrada quietud de la clínica ha desaparecido por completo. Una vez más Memo y Fer se han encontrado la caravana del accidente, decididos a ayudar se acercaron e hicieron lo que un día antes ya habían hecho: salvar junto a otros dos conductores que también se detuvieron, a la mayor cantidad de personas en aquella parte remota de la sierra.  —¿Papá, no le parece que ya son muchos accidentes en tan poco tiempo? —pregunta el curioso hijo mayor. —Sí, hijo. Solo podemos esperar que todo salga bien y que se salven los que trajimos. —Memo se frota la mente con severa frustración en sus pensamientos— Pobres niños, no merecían morir, que pena no poder haber llegado antes para salvarlos.  —No es nuestra culpa, apa. —Fer abraza a su padre contra su pecho pues sabe que en los últimos años la sensibilidad de él ha crecido y no es para menos, luego de lo que pasó con su hermana hasta él se encuentra así en algunos momentos—. Hicimos lo que pudimos, ellos ya descansan en la presencia de Dios. Solo podemos pedir para que sus familias encuentren pronta resignación y que Dios apacigüe su dolor.  —Así es hijo…. El silencio se instaló en aquel rincón de la fría recepción. Las paredes pintadas de gris por el gobierno y los ausentes cuadros o plantas que podrían darle color a aquel lugar aún siguen sin aparecer.  Javier y Romina, los dos conductores y un par de extraños más entran y salen con los heridos y unas cuantas pertenencias mientras que Guillermo García e hijo intentan asimilar todo lo sucedido en tan poco tiempo.  Al cabo de unos minutos la enfermera Margarita llega presurosa informando a todos sobre la tormenta de aguan nieve que se acerca, lo que provocará que no puedan avanzar por ciertos caminos debido al lodo chicloso que se forma. Padre e hijo siguen todas las instrucciones de la profesional y le ayudan en todo lo que se necesita. Javier acude ayudarles también cuando mueven el cuerpo de Andrés a la vieja furgoneta que funciona como ambulancia.  Para cuando llegan a casa de los García tanto Javier como Maggie instalan al paciente en el cuarto de madera adyacente a la pequeña cabaña de la familia. Normalmente, esa recámara es usada por las miembros de la familia, pero en esta ocasión será usada por él. Mejores condiciones no pueden encontrar en tan poco tiempo.  -*-*-*-*-*-*- —Lamento no tener un lugar adecuado para disponer al joven —confiesa apenado Don Memo. —No se preocupe —Javier se acerca dándole una palmada en la espalda— ustedes están a cargo de él y mejor ayuda no pudo haber encontrado pese a las circunstancias.  —Pero pudo haber sido mejor —se lamenta el hombre mayor por las condiciones económicas en las que se encuentran. —Don Memo, yo estaré viniendo al menos una vez al día para cualquier cosa. Ya dejé anotadas las instrucciones a seguir para el cuidado del paciente. Son fáciles, él no tardará en despertar así que los cuidados serán mínimos —asegura Margarita al tiempo que verifica los vendajes y la sonda—. De cualquier forma, hoy le enseñé a Zil como hacer algunas cosas y dada su experiencia no creo que le resulte difícil.  —Está bien, Maggie —afirma el patriarca con tristeza al recordar la experiencia a la que se refiere su futura nuera—. Estaremos en contacto, entonces.  —Oye, mi niña —llama Tita a la joven—, y ¿cómo cuánto tardará en despertar el hombre? Su familia debe estar preocupada. —No lo sé de forma exacta, pero según el Doctor Vega la inflamación no es mucha así que despertará de hoy a mañana a lo mucho. —Ella gira y se dirige a Fer—. ¿Has podido saber algo de su familia? —No y tampoco lo he vuelto a intentar, el teléfono terminó destruido y no tiene tarjeta sim, mañana iré a la ciudad a buscar información —señala el clima de afuera donde el agua no ha dejado de caer a cantaros—. Hoy ya no podemos salir, y es mejor que ustedes se marchen antes que el arroyo crezca.  —Tiene razón, Maggie. Debemos irnos —Javier observa a los García ahí presentes y se despide con un asentamiento de cabeza— con permiso, estaremos pendientes si algo sucede.  —Vayan con Dios, mis niños —les bendice Tita cuando comienzan a prepararse para salir a la lluvia—. Cuídense mucho, aquí el joven estará bien, no tengan cuidado.  —Gracias Tita —Maggie la besa en la mejilla al igual que a Lucía y Don Memo, sin embargo, cuando llega con Fer ese brillo en los ojos le delata y el beso que le otorga es más lento, más nervioso—. Nos vemos mañana, con favor de Dios.  —Hasta pronto —dicen todos al verla salir corriendo debajo de la lluvia. —Niño tonto, acompáñala con el paraguas —le apura la abuela a Fer—. Córrele. Fer toma el paraguas de la entrada de aquella vieja habitación y sale corriendo tal como le mandó la abuela para acompañar a su amada al auto. Todos en ese lugar observan con alegría el cortejo de los jóvenes pues les traen recuerdos de su ya pasada juventud.  —Abuela, ¿tiene hambre? —pregunta Lucía a su suegra. —Sí, mija, vamos a comer y así Memo nos cuenta el accidente de hoy —Tita comienza a caminar esperando que la sigan—. Dos accidentes en dos días, todo esto está muy raro.  La anciana toma el paraguas y sale a la lluvia para dirigirse a la pequeña cabaña que tienen por hogar, hijo y esposa la siguen hasta ahí. Al cabo de unos minutos Fer se les une y juntos toman los alimentos. Todos cansados, desvelados y con hambre se olvidan de Zil y de que deben ir por ella. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR