Me da la vuelta sin que pueda replicar o detenerle, mis palmas chocan con la piedra húmeda y siento su aliento abrasador en mi cuello mientras sus manos se aferran a mis pechos, magreándolos con la misma rudeza con la que me mira. Sus dedos expertos pellizcan mis pezones hasta endurecerlos, arrancándome un jadeo que se ahoga entre mis dientes apretados. ―Son míos ―gruñe con voz gutural, oscura, poseída. ―Púdrete ―farfullo con furia, pero mi cuerpo, traidor, se arquea ante su contacto. ―Malcriada. ―Su tono está cargado de gracia, como si mi resistencia le divirtiera en lugar de molestarle. ―Puedes darme el divorcio y así nunca más sabrás cuán malcriada puedo ser ―escupo entre dientes. ―Jamás ―espeta con absoluta certeza. Antes de que pueda replicar, un restallido seco llena el aire. U

