Cuando Serena despertó, lo primero que sus ojos lograron enfocar fue él: ese hombre tan cercano, tan presente en su realidad.
Su rostro, aún sumido en el sueño, permanecía sereno, como una obra de arte perfecta.
La luz suave de la mañana tocaba su piel, acentuando su atractivo, dándole una calma inquietante.
Durante un segundo, el tiempo se detuvo. Serena, perdida en el desconcierto, no sabía si lo que estaba viendo era real o si aún se encontraba atrapada en una pesadilla.
¿Acaso todo esto no era solo un sueño? Su mente, aún turbia, luchaba por encontrar sentido.
Intentó mover su cuerpo, levantarse, alejarse de los brazos que la rodeaban, pero en el preciso momento en que intentó liberarse, el pánico la invadió.
Algo inconcebible la paralizó. ¿Qué había sucedido? En ese instante, su mundo se desmoronó cuando se dio cuenta de la aterradora verdad: ¡estaba completamente desnuda! Y no solo eso, estaba en los brazos de un hombre desconocido.
Un desconocido que, por alguna razón, también parecía estar en la misma situación.
Un sudor frío recorrió su espalda mientras su corazón latía desbocado, como si quisiera escapar de su pecho.
Serena se cubrió rápidamente con las sábanas, tragándose la vergüenza que cubría su rubor. Su cuerpo temblaba sin control, la sensación de vulnerabilidad era aplastante.
¿Cómo había llegado a esto?
Fue entonces cuando Leonid, con el rostro aún adormilado, comenzó a moverse.
Sus ojos se abrieron lentamente, buscando un lugar familiar, pero algo en el aire le hizo detenerse.
En un parpadeo, sintió cómo las manos de Serena, con desesperación, empujaban su pecho, apartándolo de ella, como si todo en su ser quisiera huir de lo que había ocurrido.
La tensión fue inmediata.
El odio y la ira comenzaron a hervir en las entrañas de Serena. Su voz, aunque temblorosa, salió de lo más profundo de su ser, como un grito ahogado que se transformó en una acusación feroz:
—¡¿Qué demonios me hiciste?! ¡Aprovechado!
Las palabras salieron con tanta fuerza, cargadas de rabia,
La habitación, antes silenciosa, ahora parecía un escenario de caos.
El hombre salió de la cama con una calma perturbadora, como si nada pudiera alterarlo.
Estaba desnudo, sin ninguna inhibición, como si la vergüenza no existiera en su mundo.
Serena lo observó, sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo sin poder evitarlo.
Una mezcla de incomodidad y fascinación la invadió, pero pronto, como si el pudor la despertara, entrecerró los ojos para intentar apartar la mirada, intentando escapar de la intensidad del momento.
—¡¿Qué haces?! ¡Cúbrete! —su voz tembló, no solo por la sorpresa, sino por un miedo que no podía identificar completamente.
Él soltó una risa, un sonido grave que resonó en el aire, como si no comprendiera la gravedad de la situación.
—¿Y por qué? ¿Qué tiene de malo? Nacemos desnudos, nos entierran desnudos… ¿No es algo natural? —su voz tenía un tono tan desafiante como despreocupado que hizo que el pecho de Serena se tensara aún más.
Serena tragó saliva, un nudo le ahogaba la garganta mientras lo observaba, con los ojos clavados en él, aunque su mente trataba de buscar alguna lógica en sus palabras.
Sí, tenía razón… pero algo dentro de ella comenzaba a arder, una llama intensa que no podía controlar.
—Sí, pero… ¿Por qué me desnudaste? —su voz salió casi como un susurro, un susurro lleno de preguntas que aún no lograba formularse.
Leonid la miró sin apartar la vista, como si estuviera evaluándola, pero la rabia que se reflejaba en sus ojos no pasó desapercibida.
—Ayer casi mueres de hipotermia, niña… ¿Qué estuviste haciendo? —su voz era fría, cortante, y Serena sintió cómo la culpa la envolvía, la mirada de Leonid se volvía más dura, como si la estuviera castigando con cada palabra.
La tensión se sentía en el aire, como si algo más estuviera a punto de estallar.
Él se sentó en la cama con un movimiento brusco, sus manos se posaron con fuerza sobre su barbilla, levantando su rostro hacia él.
Un escalofrío recorrió la columna de Serena cuando vio el gesto de Leonid, su mirada fija en su cuello, donde una marca roja brillaba contra su piel pálida.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó con voz grave, la dureza de su tono hacía que Serena se sintiera aún más vulnerable.
El pecho de Serena se apretó.
La intensidad de su mirada parecía atravesarla, como si pudiera ver cada rincón de su alma, como si la condenara sin necesidad de pronunciar palabras.
—¡Ayer! Anain… se volvió loco, era como… ¡como si estuviera en celo! —las palabras salieron atropelladas
—¿Te hizo daño? —preguntó él, y en su voz había una sombra de algo oscuro, algo que no era solo preocupación, sino una rabia contenida.
Serena negó, con la cabeza, casi como si quisiera olvidarse de lo que había sucedido, pero su cuerpo aún temblaba, su mente aún revivía aquel encuentro.
—Logré escapar a tiempo… pero caí al río —le dijo, tratando de suavizar lo ocurrido, pero las palabras le quemaban la garganta, como si no pudiera escapar del horror de lo vivido.
Leonid asintió lentamente, sus ojos seguían fijos en ella, como si intentara leer cada pensamiento que cruzaba por su mente.
—Serena, debes tener cuidado —le dijo con voz grave, y algo en su tono hizo que un escalofrío recorriera su piel.
Sin decir una palabra más, Leonid se levantó y caminó hacia el baño, su cuerpo desnudo deslizándose con una naturalidad aterradora.
Serena lo observó en silencio, su mente un torbellino de pensamientos que no lograba ordenar.
Cuando él se perdió en la intimidad del baño, Serena se levantó de la cama, su cuerpo aun temblando, pero con una determinación naciente.
Se vistió rápidamente, sin mirar atrás, y salió de la habitación.
***
Corrió hacia el río, el mismo río de aguas frías que casi la había congelado el día anterior. Su cuerpo aún recordaba la sensación de ese frío mortal, pero hoy, el sol brillaba con fuerza sobre ella, calentando la tierra, la piel, y transformando el río en algo completamente distinto.
Las aguas, ya cálidas bajo el toque del sol, la envolvían como una caricia.
Se sumergió en ellas, el agua acariciando su piel, pero su mente no podía escapar de él, de él.
Su cuerpo, contra todo lo que intentaba razonar, reaccionaba de una forma que no entendía.
Sentía un nudo en el estómago, una inquietud creciente, como si cada fibra de su ser estuviera en guerra consigo misma.
Odiaba sentirse de esa manera. Era como si cada pensamiento sobre él la estuviera consumiendo por dentro, pero no podía dejar de pensar en él, en su mirada, en su voz.
"No quiero sentir nada… ¿Por qué me siento así? Él no es nadie para mí…", pensó, repitiéndolo como un mantra, pero las palabras no lograban calmar la tormenta que rugía en su pecho.
En ese momento, sin que lo hubiera notado, Leonid ya estaba allí.
Sus ojos la seguían mientras nadaba desnuda en el agua, observándola con una intensidad.
La tentación era un veneno que recorría sus venas, y no podía escapar de ella.
Su respiración se volvió más pesada, como si el mundo a su alrededor se hubiera detenido.
Cuando ella salió del agua, su cuerpo empapado en una mezcla de agua y sol se sobresaltó al verlo.
Allí estaba él, inmóvil, sosteniendo la toalla que ella tan desesperadamente necesitaba.
El corazón de Serena dio un vuelco en su pecho, y por un segundo, se sintió atrapada en su propia desnudez, como si él ya la hubiera poseído sin necesidad de tocarla.
—¡Leonid! —su voz salió como un susurro, tensa y temblorosa.
Él la miró fijamente, sin prisa, sin titubeos. Dio un paso hacia ella y, con una calma perturbadora, se acercó.
La envolvió con la toalla con una firmeza que no dejaba lugar a rechazos.
Su cuerpo, aún empapado, sintió el calor de la tela en su piel, pero la cercanía de Leonid hizo que un estremecimiento recorriera su columna.
—Serena, debemos hablar —dijo él, su voz grave y cargada de una seriedad que le heló la sangre.
Antes de que pudiera responder, él la levantó entre sus brazos sin previo aviso, sin pedir permiso.
La sensación de ser cargada por él fue como un golpe de realidad, su corazón acelerándose aún más por la cercanía.
Sin un segundo de respiro, Leonid recogió sus ropas del suelo y las arrojó a un lado antes de empezar a caminar, llevándola con él como si fuera una muñeca de trapo, sin importarle lo que ella pudiera decir o hacer.
Serena, completamente perdida en el caos de sus emociones, no sabía si resistirse o rendirse.
Al llegar a la cabaña, Leonid la sentó sobre la mesa con una firmeza que la dejó sin palabras.
Serena, aún cubierta solo por la toalla, se sentó allí, su cuerpo temblando ligeramente, mientras sus ojos se cruzaban con los de él, esa mirada intensa que la desbordaba.
No podía apartarse de él, aunque su corazón latiera desbocado, llenándola de miedo y confusión.
—¿Qué hace… señor…? —su voz temblaba, tan frágil como su control.
—¿Señor? —su tono era grave, pero un tanto burlón—. Este señor será tu esposo. Te prohíbo que te bañes desnuda en el río. Ningún otro hombre puede verte, solo yo.
Las palabras de Leonid hicieron que los ojos de Serena se abrieran de par en par, como si hubiera escuchado un ataque directo a su libertad.
—¡Yo… yo… no voy a casarme contigo! —gritó, el pánico creciendo en su pecho, pero las palabras se ahogaron en su garganta cuando vio la intensidad de su mirada, algo peligroso, posesivo.
Sin pensarlo, Serena saltó de la mesa, corrió con rapidez hacia su habitación, su corazón latiendo con desesperación.
«¡No, no puedo permitirlo!» pensaba, pero la sensación de estar atrapada la ahogaba.
Leonid la alcanzó sin esfuerzo.
Entró en la habitación con una calma aterradora, y antes de que pudiera reaccionar, le arrancó la toalla con una rapidez brutal.
Serena, completamente desnuda ante él, sintió cómo la temperatura de la habitación subía de golpe.
El contacto de sus manos la quemaba, y antes de que pudiera escapar, Leonid la envolvió en sus brazos, aplastándola contra su pecho.
Estaba atrapada, y no solo físicamente.
La presión de su cuerpo sobre el suyo la hacía sentirse como si ya no tuviera control sobre nada.
Su frente se unió a la suya con una suavidad cruel, y la mirada que Leonid le lanzó estaba llena de una furia contenida, de un deseo feroz que la asfixiaba.
Serena trató de moverse, de liberarse, pero no podía. No podía escapar de la fuerza de su abrazo ni de la intensidad de su presencia.
—Quieras o no, Serena, serás mi esposa —susurró en su oído, sus palabras eran como un maldición, como una promesa que la aterraba.
En ese instante, Leonid la besó.
Fue un beso lento, calculado, un pequeño roce sobre sus labios, que se sintió como una caricia cruel, una sentencia que la dejó sin aliento.
Los labios de Serena se estremecieron bajo el contacto, y a pesar de su rechazo, algo dentro de ella se disparó, una chispa que no podía apagar, una mezcla de miedo y algo más, algo que no quería reconocer.